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sábado, 26 de enero de 2008

La maldición de Terry Gilliam

Si un marciano borracho me preguntase a punta de láser cinco cosas que pasaron en 1969, éstas serían mis cinco respuestas:

1) Woodstock
2) El ser humano holla la superficie lunar por primera vez
3) Led Zeppelin lanza su primer album
4) Se envía el primer mensaje a través de ARPANET
5) Nacen los "Monty Python"

Los Monty Python no son un grupo cómico más. Cuarenta años después de su nacimiento siguen siendo un referente para casi toda la comedia actual. En nuestro propio país gente como Joaquín Reyes o Faemino y Cansado se reconocen admiradores de su humor, absurdo, negro y en ocasiones escatológico.


La base de la genialidad de los Monty Python reside en la genialidad de cada uno de sus miembros: Graham Chapman, Michael Palin, John Cleese, Eric Idle, Terry Jones... y Terry Gilliam.

Así es. Terry Gilliam, que empezó haciendo los cortes de animación de "The Monty Python's Flying Circus", pasó a ser el más celebrado de los ex-Python tras la disolución del grupo. Películas como "El rey pescador", con la que consiguió un Oscar, pero sobre todo "Brazil", le encumbraron a la fama artística en lo que se prometía una apasionante carrera como director de cine.


Sin embargo, la realidad ha sido muy dura con Gilliam, y es que su cine es de esos que, por desgracia, no consigue aunar éxito de crítica y público. Además, con "Las aventuras del barón Munchäusen" prácticamente arruinó a la productora, y ese lastre le ha pesado desde entonces. Aunque con "El rey pescador" se volvió a ganar el aprecio de la crítica y un premio de la Academia, y con "12 monos" pareció ganarse el aprecio del público, lo cierto es que su siguiente película ("Miedo y asco en las Vegas") fue demasiado arriesgada: concretamente, fue un delirio de LSD, anfetas y todo tipo de drogas ilegales. Y aunque se vuelve a demostrar como un visionario director de actores, (re)descubriendo a gente como Johnny Depp, Benicio del Toro, Ellen Barkin, Tobey Maguire, Christina Ricci o Cameron Díaz, fue otro bacatazo de taquilla... y de crítica.

Este golpe no le hizo desistir de su sueño de rodar una versión de "Don Quijote de la Mancha", con el actor francés Jean Rochefort interpretando al ingenioso hidalgo. Pero un presupuesto muy limitado impuso unas condiciones de rodaje tan precarias que una serie de incidentes (malas localizaciones, una inundación, problemas con los productores) hirieron de muerte la producción. La puntilla fue la enfermedad de Jean Rochefort, sin cuya presencia era imposible finalizar la película. Terry Gilliam amenazó entonces con esperar lo que fuese necesario para recuperar al actor y a la película.


Tras este bacatazo y esta amenaza, todos recibimos con interés las nuevas películas de Gilliam, que se habían hecho esperar siete años. La primera de ellas, "El secreto de los hermanos Grimm", era un proyecto de estudio que Gilliam ejecutó con maestría pero frialdad. Aunque se pueden apreciar detalles de su arte en ella, en general es un producto muy menor dentro de su filmografía, y no es imposible que algún día la firme como "Alan Smithee". Una de las pocas cosas destacables de la cinta es la aparición de Heath Ledger, que se haría enormemente popular en su siguiente actuación en "Brokeback Mountain".


Pero la verdadera intención de Gilliam era hacer una película que atrajese al público a las salas, y volverse a ganar el favor y la confianza de los productores. Simultáneamente, Gilliam rodó una película de bajo presupuesto y mucho más intimista, titulada "Tideland", para la que volvió a contar con Jeff Bridges (actor que le dio suerte con "El rey pescador").

Todos pensábamos que Gilliam iba a utilizar la táctica empleada por otros directores para poder seguir financiando sus sueños artísticos: firmar una película comercial que le permitiese financiar otra película más intimista.

La pregunta era: ¿cómo sería su siguiente película, "The imaginarium of doctor Parnassus"? ¿Sería una película fría y taquillera, o sería una película de auteur?


Es posible que no lo lleguemos a saber nunca, porque esta semana ha muerto Heath Ledger, uno de los protagonistas principales (y que había trabajado antes con Gilliam en "El secreto de los hermanos Grimm"), cuando ya se había rodado un tercio de la película. Tres opciones se barajan para salir de este desastre en el que la película se ha metido sin querer: sustituir a Ledger por otro actor y volver a rodar los planos en los que éste aparecía, modificar el guión para que el personaje no vuelva a aparecer en pantalla... o renunciar a la producción... una vez más.

Una suerte de extraña maldición parece perseguir a Terry Gilliam. Aún no se ha cerrado el capítulo de esta historia, pero lo que parece seguro es que Gilliam se está ganando un áurea de director maldito que, me temo, eclipsará el talento de uno de los mejores directores de finales del siglo XX.

jueves, 24 de enero de 2008

¿Nos vamos a Jerusalén?

Acabo de ver un documental en La Sexta sobre las reliquias sagradas de las tres religiones que confluyen en Jerusalén: judaísmo, cristianismo e islamismo. Desconocía que las tres religiones contienen historias comunes, como la de Abraham y su hijo Isaac (o Ismael, dependiendo de la religión). Tampoco sabía que el islamismo, al igual que el judaísmo, considera a Jesús un profeta y padre del islamismo. Ni mucho menos que las oraciones se orientaban a Jerusalén mucho antes de que se dirigiesen a La Meca.

En Jerusalén hay tres grandes lugares sagrados:

1) El Templo del Santo Sepulcro, donde se cree que no solo está el lugar de crucifixión de Jesucristo (el Calvario), sino también su sepulcro, del que resucitaría dos días después de ser asesinado.


También en Jerusalén está el Cenáculo (el lugar donde ofició la Última Cena), la Iglesia del Paster Noster, la Iglesia de Santa Ana (donde nació la Vírgen María), la Basílica de la Dormición (donde murió) y, por supuesto, la Vía Dolorosa.


2) El muro de las lamentaciones es el lugar más sagrado de los judíos, y forma parte de uno de los muros de la ampliación del gigantesco templo que levantó Herodes sobre las ruinas del templo original edificado por Salomón.


3) Desde el siglo VII hasta el el siglo XX (con un breve interludio en el que los cruzados retuvieron la ciudad durante algo menos de un siglo, precisamente hasta que Saladino la reconquistó) los musulmanes ocuparon Jerusalén y edificaron sobre las ruinas del Monte del Templo el Domo de la Roca.


En dicha roca, actualmente bajo una enorme y magnífica cúpula de pan de oro, se cree que se produjo la prueba de fe de Abraham y se selló la Primera Alianza. De hecho ahí se conservaba el Arca de la Alianza hasta que los babilonios conquistaron Jerusalén en el siglo III a. C., fecha a partir de la cual se pierde su rastro.

Actualmente la Ciudad Vieja está bajo control judío, excepto precisamente el Domo de la Roca, que sigue en manos árabes. Tengo que informarme un poco más de cuál es la situación real y qué riesgo supone visitar el Jerusalén moderno, pero creo que podria ser un viaje espectacular. Aun siendo un ateo convencido tiene que ser fascinante recorrer la ciudad en la que cristianos, judíos e islámicos se ponen de acuerdo en que Dios se hace historia y está más cerca del hombre que en ningún otro sitio del planeta.


Si queríais viajes culturales, creo que no hay ninguno mayor que éste. Nos guste o no, uno de los pilares más sólidos a lo largo de la historia del hombre es la religión, y no hay mejor sitio mejor que Jerusalén para comprender los orígenes de las tres religiones más importantes de Occidente.

Os animo por tanto a apuntaros a este viaje, que me gustaría hacer a lo sumo en uno o dos años.

lunes, 21 de enero de 2008

Tetas y culos

Me gustaría creer que es un error, pero por desgracia sé que no es así: Google Analytics no miente, y dice que el 21,62% de la gente que entra a mi blog lo hace a través de mi post "La postura del helicóptero".

Fijándome bien, resulta que los de La Coctelera habían enlazado mi página, sin duda después de haberla encontrado en Google (aparece segunda con las palabras "postura + helicóptero").

Eso me pasa por poner nombres confusos a mis artículos, y me enseña una valiosa lección: a partir de hoy todos mis posts van a tener un título pornográfico :)

¡Vivan las tetas!


¡Vivan los culos!

viernes, 18 de enero de 2008

Futurama: the movie(s)

Unos cuantos años han pasado ya desde la cancelación de Futurama. Cuatro inolvidables temporadas (en España; en USA los mismos capítulos se dividieron en 5 temporadas) que alcanzaron unas cimas de humor geek/friki difíciles de superar.

Ahora, cinco años después del último episodio (en él Groening hacía un guiño a sus fans y aún confiaba en que otro canal compraría los derechos de la serie), parece que por fin van saliendo a la luz las películas, que irán directamente a DVD. Los rumores indican que tras la cuarta película podrían dividirlas en capítulos y montar de esa manera una quinta (sexta) temporada para la televisión; algo que ya pasó con Padre de Familia.


Los motivos de las películas y de su no distribución en salas comerciales hay que entenderlos desde el éxito que alcanzó la serie en el mercado del DVD; un éxito mucho mayor que el que tuvo en la televisión, donde apenas se le dio bola.

La primera película, titulada "Bender's Big Score" película, ya fue estrenada en DVD en Estados Unidos hace un par de meses, y se filtró rápidamente por la red.


La segunda película se titula "The Beast With a Billion Backs", y acaban de lanzar por YouTube un preview muy rudimentario:


Tengo la sensación de que estas películas van a ser algunas de esas pocas que sí merecerá la pena comprar.

Y atención a Los Cronocrímenes, que ya está en Sundance.

lunes, 14 de enero de 2008

El héroe de las mil caras

No me hagáis callar diciendo "esto ya me lo sé", porque si lo hacéis la mitad de la ciencia ficción y como unos dos tercios de la fantasía que hay en los estantes desaparecerían con una explosión de ectoplasma.

Nuestra historia comienza en los límites de la civilización, donde un joven aparentemente normal está sufriendo los tormentos de la angustia adolescente. Sin que lo sepan los patanes que le rodean (y quizá sin que lo sepa él mismo), es, de hecho, el heredero legítimo aunque exiliado del trono del Imperio, o un superhombre mutante de incógnito, o el propietario de poderes mágicos latentes, o un ciberbrujo de tres pares de narices o quizá, sencillamente, un fuera de serie con la espada de doble filo.

Pero las Fuerzas Oscuras están en auge, se está cociendo un Apocalipsis como la copa de un pino entre el Bien y el Mal, y nuestro héroe está destinado por imperativos genéticos, hereditarios o argumentales a ser el campeón de los Ejércitos de la Luz. Unos siniestros personajes merodean por Villaconejos de Abajo buscándolo, y puede que hacia el final del primer capítulo hayan estado cerca de cargárselo.

No tarda en aparecer un forastero procedente de los mundos centrales, un forastero Poseedor de conocimientos avanzados, perspectiva histórica, visión política y la misión de buscar al Enchufado del Destino para entrenarlo y conseguir que se enfrente a Darth Vader en la gran pelea por la corona de peso pesado del universo.

Así comienza la educación errante de nuestro héroe bajo las directrices de Merlín el Mutante. Irá desarrollando sus poderes potenciales en un viaje organizado por la galaxia, e irá abriéndose paso a tortas desde la nada de la que vino en una lenta trayectoria espiral hacia el Trono del Imperio.

Por el camino sufre el desprecio de la Princesa, va acumulando a su alrededor un abigarrado sistema satélite de duros tenientes y sargentos de primera, monta un Ejército del Pueblo, salva a la Princesa de un destino peor que Gor —ganándose su amor de paso—, y por último le revela su Identidad Secreta de legítimo Emperador de Todas las Cosas y la convierte a la causa.

El ejército guerrillero se abre camino luchando hasta Roma, y consigue llegar al Palacio Presidencial tras una batalla de unas sesenta páginas llena de sacrificios y proezas. Pero el Señor Oscuro no ha llegado a convertirse en Maestro del Mal chupándose el dedo, muchachos: el Señor del Mal se mete una herradura en el guante de una mano y un disruptor neurónico en el guante de la otra, y el héroe y él se disputan quince asaltos mano a mano en lucha por el destino del universo.


Pero resulta que el Tío Feo no ha oído hablar de las reglas de boxeo del Marqués de Queensbury: tumba al árbitro sobre la lona y nuestro chico recibe palos durante catorce asaltos, dos minutos y cuarenta segundos. Maloman va muy por delante en las tarjetas de puntuación de los jueces, y además está a punto de noquear al Blanco Chico de la Luz, así que parece que al universo le espera una mala racha de un millón de años.

Pero, justo cuando está en el suelo y a punto de oír el final de la cuenta atrás, sus poderes mágicos entran en acción, la princesa le lanza un besito, Obi Wan Kenobi le recuerda que la Fuerza le acompaña, su intelecto mutante le permite fabricar un lanzarrayos de partículas con mondadientes y clips, y un criado al que una vez salvó la vida le inyecta un chute consistente en 100 mg. de anfetas sagradas.

Nuestro héroe se levanta de la lona a la cuenta de nueve y lanza un inspirado discurso: "Eh, tío —le dice al Villano Definitivo— se te ha desatado el cordón del zapato." Cuando Ming el Implacable baja la vista para comprobarlo, el Héroe del Pueblo le lanza un gancho a la mandíbula que lo saca del cuadrilátero y de la novela, haciéndole volar hasta el segundo libro de la serie.

El bien triunfa sobre el mal, se hace justicia, el héroe se casa con la princesa y se convierte en Emperador de Todas las Cosas, y todo el mundo vive feliz por siempre jamás.... o, por lo menos, hasta que llegue el momento de fabricar la segunda parte.

Suena familiar, ¿no? Los estantes de la ciencia ficción gimen bajo el plúmbeo peso de estas «sagas épicas sobre la lucha entre el Bien y el Mal» fabricadas mediante clonaje, de estos «poderosos héroes» embutidos en trajes espaciales ajustados y suspensorios con remaches de bronce, de estas «trepidantes historias de acción y aventuras». Con un programa medianamente decente de Búsqueda y Sustitución en el ordenador, lo antes expuesto podría servir (y es probable que haya servido) como resumen argumental publicitario de la mayoría de la ciencia ficción que se ha publicado.

Si existiera una fórmula a toda prueba para fabricar basura, sería ésta. Es la ecuación milenaria para el esqueleto argumental de la ciencia ficción comercial, con todas las variantes elevadas hasta el máximo de sus límites teóricos. El personaje con el que identificarse no es simplemente un héroe que inspira simpatía: es la fantasía masturbatoria definitiva, el lector como Emperador del Universo, como Divinidad. Lo que está en juego es nada menos que el destino de la humanidad por los siglos de los siglos, y la princesa siempre tiene el mejor trasero de toda la galaxia. El villano es lo más parecido a Satanás que se puede ser prescindiendo del rabo y los cuernos, no deja de retorcerse el bigote negro mientras se regocija con el tormento de las masas oprimidas, lleva a cabo prácticas sexuales indescriptibles y exprime animalitos encantadores sobre copas de vino para beberse su sangre.

Ah, pero no existe la fórmula a toda prueba para fabricar basura, y ni siquiera el argumento de El Emperador de Todas las Cosas lo es. Cierto, durante un tiempo la aplicación diligente de esta fórmula ha permitido que ejércitos de plumíferos mercenarios fabricaran montañas de fantasías adolescentes para deleite masturbatorio de jovencitos acomplejados por el acné y la timidez; pero, maravilla de maravillas, también es cierto que muchas auténticas obras maestras del género encajan cómodamente dentro de estos parámetros formales.

Dune, Neuromante, El libro del Sol Nuevo, ¡Tigre, tigre!, la mayor parte del ciclo Dorsai de Gordon Dickson, El Señor de los Anillos, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, El Señor de la Luz, Nova, La intersección Einstein, las novelas del Mundo del Río de Philip José Farmer, Forastero en tierra extraña, Tres corazones y tres leones, y otras muchas novelas de auténtico valor literario son hermanas entrecubiertas, al menos en términos argumentales, de esta Ur-fórmula primigenia para la acción-aventura.


Y, si a eso vamos, también lo son el Libro del Éxodo, el Nuevo Testamento, el Bhagavad Gita, las leyendas del Rey Arturo, Robin Hood, Sigfrido, Barbarroja y Musashi Murakami, las vidas de Alejandro el Grande, Napoleón, George Washington, Simón Bolívar, Tokugawa Ieyasu, Lawrence de Arabia y Fidel Castro, por no mencionar Una tragedia norteamericana, El conde de Montecristo, David Copperfield, El hombre que podía hacer milagros (1) y Superman.

Por tanto, es obvio que nos enfrentamos a algo más profundo que una simple fórmula de ficción comercial: se trata de una historia arquetípica intercultural que parece surgir del inconsciente colectivo de la especie, presente allí donde se cuenten historias, e incluso hay quienes aseguran que es la historia arquetípica.

En su obra The Hero With a Thousand Faces (El héroe de las mil caras), Joseph Campbell ofrece la explicación probablemente más exhaustiva, sutil, sofisticada y consciente de esta tesis. Es lectura obligatoria para todo el que quiera captar el significado interno, con abundantes precisiones interculturales.

El Héroe de Campbell, al igual que el héroe del Emperador de Todas las Cosas, comienza la historia siendo ingenuo, consigue un mentor y una misión, se abre camino peleando hasta el centro del inframundo, vence en una batalla culminante en la que consigue aquello por lo que había emprendido su viaje, a menudo consigue una princesa, y se alza triunfante como Portador de la Luz.

Puede que no sea la plantilla formal para toda la literatura de ficción, pero desde luego es una de ellas, junto con la tragedia, la odisea picaresca, el romance, la historia del burlador y la farsa de dormitorio.

Porque el Héroe de las Mil Caras, a diferencia del héroe del Emperador de Todas las Cosas, es un ser humano prototípico embarcado en una búsqueda mística.

Su guía es su maestro espiritual shamánico. Su viaje es la historia de su despertar espiritual. Libra batalla con las facetas más bajas de su propia naturaleza, ya sea de forma abierta o transmutadas en una imaginaría de villanos o monstruos. El inframundo o centro en el que por fin consigue penetrar, es el Vacío que hay en el centro de la Gran Rueda, el nivel de la mente donde el ego y la conciencia emergen de la base colectiva de la creación.

Y la batalla definitiva en el centro es la lucha por conseguir la fusión mística de su espíritu con el mundo, el clímax triunfal mediante el que obtiene una trascendencia espiritual con la que puede volver al mundo de los hombres como Portador de Luz e inspiración heroica.

Eso es lo que hace que esta historia pueda tanto atraer a un público ávido pese a las veces que se ha contado ya, e inspirar más obras maestras de la literatura sin importar el número de grandes escritores que ya la han narrado en el pasado.

El Héroe de las Mil Caras es, después de todo, la historia de nosotros mismos, o al menos la historia de nuestras vidas que todos escribiríamos si pudiéramos poner las manos sobre el teclado del Procesador de Textos del Cielo, y por eso los narradores profesionales nos la siguen contando una y otra vez por todo el mundo a lo largo de los milenios, y por eso siempre estamos dispuestos a vivirla indirectamente una vez más.

Y si se cuenta de forma sincera y sin trucos, como ocurre con los fomas (2) de Vonnegut, puede hacemos sentir valientes, fuertes y alegres, y ello puede animarnos a realizar hazañas de valentía espiritual en nuestras propias vidas. Tomemos por ejemplo ¡Tigre, tigre!, de Alfred Bester, recientemente reeditada en tapa dura por Franklin Watts tras una imperdonable estancia en el inframundo del limbo editorial (3). Esta novela es generalmente reconocida como una de las seis mejores novelas de ciencia ficción jamás escritas, y es el fruto más soberbio producido durante el florecimiento del género en los años 50.

Gully Foyle, último mono de un carguero espacial, Hombre Corriente en pleno nadir kármico, comienza la novela atrapado entre los restos de su nave, a punto de expirar. Otra nave espacial se aproxima hasta la distancia suficiente para rescatarle, pero pasa de largo, encendiendo el fuego de la venganza en las profundidades de su adormilado espíritu.


El odio le impulsa a grandes hazañas. Sobrevive, escapa, comienza su búsqueda para encontrar y destruir la «Vorga», la nave espacial que le abandonó a su destino, y pronto descubre los poderes corporativos y las maquinaciones subyacentes que se ocultan tras lo ocurrido, para acabar siendo arrojado a lo que literalmente es un inframundo, el Gouffre Martel, una profunda caverna en la que los prisioneros se ven sometidos a una oscuridad y aislamiento absolutos. Allí conoce a la Princesa/Guía Espiritual, Jisbella McQueen.

Ambos escapan del Inframundo, y Foyle se convierte en Fourmyle de Ceres, hombre rico y poderoso capaz de perseguir y dar caza a los poderes que apoyaron al «Vorga» desde los más altos niveles políticos y sociales.

Foyle no se limita a amasar una fortuna y asumir la identidad de Fourmyle de Ceres; pasa por un proceso de educación mundana y espiritual durante el que le vemos madurar hasta alcanzar una auténtica humanidad, y contemplamos cómo su búsqueda de venganza se convierte en una búsqueda de justicia social.

En el clímax de la novela Bester utiliza una genial sinergia de prosa y algo semejante a la ilustración para hacer que Foyle y el lector pasen por lo que sólo se puede describir como una auténtica culminación psicodélica. Foyle acaba viéndose atrapado en el infierno llameante de otro inframundo. Sus sentidos se funden y se mezclan en una sinestesia, y Foyle se teleporta enloquecidamente por el espacio y el tiempo mientras se debate con el dilema moral de qué hacer con la sustancia secreta llamada PyrE.

El PyrE es un explosivo termonuclear que se puede hacer detonar sólo con la fuerza del pensamiento. Cualquiera es capaz de hacerlo. Durante su evolución hacia el Héroe de las Mil Caras, Foyle ha conseguido el poder de «espaciojauntear», de teleportarse hasta cualquier lugar de la galaxia. No cabe duda de que se ha convertido en el Emperador de Todas las Cosas. Literalmente, posee el poder de abrir el universo al hombre. Tiene un secreto que, de propagarse, dará a quien lo conozca el Poder de destruir la civilización. Para bien y/o para mal, en sus manos está el fuego de los dioses.

¿Qué debe hacer un auténtico héroe? ¿Conservar el secreto del PyrE y apropiarse del poder definitivo? ¿Dejarlo en manos de los «responsables» del poder?

La grandeza moral de ¡Tigre, tigre! radica en el hecho de que Gully Foyle no hace ninguna de las dos cosas.

Foyle, convertido en avatar del Hombre Corriente que ha llegado a la plena consciencia de sí mismo, le entrega el fuego de los dioses a todos los Hombres Corrientes y pone el PyrE en manos del pueblo.

"Todos estamos en el mismo barco. Vivamos juntos o muramos juntos —le dice al mundo de los hombres—. ¡De acuerdo, que Dios os maldiga! Yo os desafío. Morid o vivid y sed grandes. Volaos en pedacitos o venid a buscarme, venid a Gully Foyle y yo os convertiré en hombres. Os haré grandes. Os daré las estrellas."

El Hombre Corriente transformado en el Portador de la Luz, como el auténtico Bodhisattva, rehuye la cima de la trascendencia ególatra y vuelve al mundo de los hombres no como un avatar de la divinidad, sino como un Hombre Corriente renacido, como avatar democrático del dios que hay en el interior de todos nosotros. Y ésa es la verdadera luz del mundo, no la magnificencia de algún ungido Enchufado del Destino.

Ésta es la historia tal y como debe serle narrada al mundo moderno, una versión que, en cierto sentido, habría sido literalmente inconcebible antes del advenimiento de la moral democrática, aunque aparecen indicios de ella en el budismo y en el mito de Prometeo. Cierto, es un mensaje espiritual que la mayoría de la gente sigue pareciendo no estar muy dispuesta a escuchar: por lo menos, el público que devora ávidamente los clones del Emperador de Todas las Cosas no parece tener muchas ganas de escucharlo.

Las repúblicas degeneran en imperios, los caminos para conseguir la iluminación en religiones jerarquizadas y los líderes inspirados por una idea en tiranos; y lo mismo le ocurre a la historia del Héroe de las Mil Caras, que tiende a degenerar en la del Emperador de Todas las Cosas, y por razones muy parecidas.

Gully Foyle es un auténtico héroe, no por sus proezas, aunque las haga y muchas, ni por los poderes divinos que obtiene, sino porque al final alcanza el heroísmo moral y la lucidez del Bodhisattva.

Pero pocos héroes, ficticios o no, rechazan el trono del poder trascendental. Incluso el noble César, republicano de corazón, aceptó la corona del imperio cuando se la ofrecieron por cuarta vez.

Paul Atreides, el abiertamente trascendente héroe de la saga de Dune (o sea, de Dune, Mesías de Dune e Hijos de Dune las novelas de la serie que relatan su vida), superhombre presciente, se enfrenta a ésta, la misión definitiva del auténtico héroe y, en última instancia, fracasa.

Paul, perseguido por sus enemigos, es el heredero legítimo del ducado de Arrakis. Se somete a toda una serie de misteriosas iniciaciones bajo la instrucción de numerosos maestros y maestras espirituales, y acaba convirtiendo a los Fremen en un Ejército del Pueblo que liberará al planeta de los malvados Harkonnen. Por su herencia genética, Paul está destinado a convertirse en el Kwisatz Haderach, un ser con poderes prescientes de tal nivel divino que será adorado como dios y la jihad emprendida invocando su nombre asolará los mundos de los hombres. En el final triunfal de Dune, no sólo destruye a los Harkonnen, sino que es revelado en su calidad de avatar de la divinidad y, literalmente, se autocorona Emperador de Todas las Cosas.

Superficialmente, Dune parece la fantasía de poder definitiva para adolescentes acomplejados. Se nos presenta una figura con la que identificarse, el joven muy especial que es el yo soñado de uno mismo, lo seguimos a través de sus batallas, aventuras espirituales y hazañas, y al final nos convertimos en el objeto de adoración de todos los mundos y nos coronamos Emperadores de Todas las Cosas. La paja definitiva, o eso parece.

Pero no para Paul Atreides. La droga llamada melange ha hecho presciente a Paul, así que no tarda en tener visiones de la cruzada que está destinado a desencadenar. Y la idea le resulta aborrecible. Todo lo que hace, al menos a cierto nivel de autoengaño, tiene el objetivo de impedirlo, pero todo lo que hace acaba llevándole de vuelta a la línea temporal de lo inevitable. Al final de Dune, lo único que puede hacer es rendirse a su inevitable destino, asumir la divinidad, coronarse a sí mismo emperador y convertirse en el icono de la jihad.


Así pues, la conclusión aparentemente triunfal de Dune en realidad es una tragedia. El héroe lo consigue todo, hasta la corona de dios—rey del universo. Pero, a diferencia de Gully Foyle, no puede trascender su trascendencia, no puede alcanzar la gracia del Bodhisattva, no puede poner el cetro del conocimiento y el poder en manos del Hombre Corriente y ni tan siquiera puede detener su propia jihad.

Y su tragedia personal es que lo sabe. De hecho, lo ha sabido desde el primer momento. Paul se pasa la mayor parte de Mesías de Dune en el papel del mesías entronizado en cuestión, convertido en una figura amargada y gruñona que preside la institucionalización burocratizada del culto a su propia personalidad. Muere en Mesías de Dune, y renace en Hijos de Dune como un Jeremías del desierto, para volver a morir sin haber destruido su propio mito.

Esto es lo que convierte los tres primeros libros de la serie de Dune en auténticos logros literarios, en vez de en fantasías de poder masturbatorias, aunque los elementos de estas últimas se hallen presentes elevados a la máxima potencia. En las tres primeras novelas Herbert usa la ironía, al igual que su Héroe arquetípico. En cierto modo, las novelas son un ácido comentario a la historia del Héroe de las Mil Caras. Puede que Paul se haya convertido en dios-rey del universo, pero no logra escapar al destino que le ha elevado hasta esta cima, no puede abdicar en favor de la república del espíritu y no puede escapar a las terribles consecuencias de su divinidad. Es un dios capaz de conseguirlo todo salvo alcanzar su propia iluminación final, y sin ella su vida es un fracaso y esta nueva versión de la historia, una tragedia.

Esto explica también por qué el resto de los libros de Dune, los que tienen lugar tras la desaparición definitiva de Paul, degeneran hasta convertirse en una serie de nuevas versiones del Emperador de Todas las Cosas donde las figuras mesiánicas y las conspiraciones jesuíticas luchan por controlar un poder espiritual sin sentido durante el largo, larguísimo período pseudomedieval que sigue a la desaparición de Paul.

Tomada como un todo, la serie de Dune es un ejemplo casi perfecto de cómo y porqué la historia del Héroe de las Mil Caras evoluciona tan fácilmente hacia su desdichada imagen en el espejo, el Emperador de Todas las Cosas. Superficialmente hablando, tanto la una como la otra son fantasías de poder, pero la auténtica historia tiene también una dimensión moral y espiritual. Despojado de sus hazañas, el Héroe de las Mil Caras es un mito de iluminación, como Siddartha, La Montaña Mágica o Los vagabundos del dharma (4) en los que el lector se ve recompensado con una trascendencia mística y una elevada consciencia moral vividas de manera indirecta.

Pero, despojada de su corazón espiritual, despojada del clímax de democracia mística vivido por Gully Foyle o de la atormentada presciencia irónica de Paul Atreides, la historia sólo puede convertirse en lo que Hitler hizo de Nietzsche.

Porque, por desgracia, el Principio Führer es el lado oscuro de la historia del Héroe de las Mil Caras. Sin la visión moral de un Bester o la ironía trágica de un Herbert, se pierde la luz interior de la historia, y en vez de un paradigma de madurez moral nos queda la pornografía del poder, con la egoísta fantasía masturbatoria faustiana de la mística fascista, con las manos del lector en sus ajustados pantalones de cuero negro mientras se ve a sí mismo como el superhombre todopoderoso instalado en el podio definitivo.

Después de todo, muy pocos de nosotros somos Bodhisattvas; a casi todos nos gustaría sentirnos mucho más poderosos de lo que en realidad somos y, por lo tanto, un número excesivo de nosotros se siente atraído por el Principio Fuhrer, siempre que podamos imaginarnos como der Führer en cuestión .Y por eso, en una versión razonablemente hábil, el último clon del Emperador de Todas las Cosas seguirá vendiéndose como churros, sobre todo si va bien empaquetado con músculos abultados, armamento fálico y la adecuada parafernalia fetichista. Quita la luz interior de los ojos del Héroe de las Mil Caras, y la cara que te mirará burlona tendrá un mechón de pelo sobre la frente y un bigote a lo Charlie Chaplin.


(extracto de "El emperador de todas las cosas", Norman Spinrad, 1987, extraído a su vez de la web de Kalsbad)

martes, 8 de enero de 2008

Todos contra la "violencia de género"

Y quiero decir, claro, contra el discriminante término "violencia de género". Porque a ver, que alguien me aclare qué demonios significa eso.

Todos los periódicos de hoy citan la noticia del homosexual gijonés acuchillado por su pareja, y algunos incluso se atreven a definirlo como un caso de "violencia machista". Sin pretender ofender a nadie, ¿es que acaso han averiguado las preferencias sexuales del pobre difunto para poder decir que su asesino era un machista? ¿No sería acaso versátil?

En un tono más serio (bueno... la verdad es que no), otros medios (patrocinados por sus esponsors, claro) debaten sobre la necesidad de acuñar un nuevo término para la violencia doméstica entre parejas del mismo sexo, ya que en este caso no hay un género que tenga una clara posición de superioridad física sobre el otro. Y la ley de violencia de género no les ampara.

Les he colado sin que se den cuenta el término que surgió hace unos años y que fue masacrado por el colectivo de marujas y amas de casa feministas: la "violencia doméstica". ¿Por qué no gusta este adjetivo? ¿Acaso recuerda a cacerolas y gamuzas? La forma en que eufemísticamente se ha sustituido la expresión "violencia doméstica" por "violencia de género" demuestra, como todos sabíamos, que lo políticamente correcto predomina lamentablemente sobre lo correcto de facto.

Según el diccionario de la RAE, lo doméstico tiene que ver con lo relativo al hogar, y si hay algo claro es que la violencia se gesta y se suele desencadenar en ese entorno, al abrigo de la intimidad y cuando la ira homicida no se ve contenida por el convencionalismo y las leyes de la sociedad y hay un abuso de poder y de confianza.

Así que veamos qué nuevo término se les ocurre a Zapatero y compañía para etiquetar la "violencia homosexual de género machista", y poder encabezar así sus demagógicas pancartas con una frase corta con gancho y tirón. Ya que fueron capaces de prescindir de lingüistas para redefinir alegremente la palabra "matrimonio", no creo que les cueste mucho hacer algo similar con esto.

Y que conste que no soy una persona a la que le importen mucho las palabras (soy de Quevedo antes que de Góngora), pero este tipo de situaciones consiguen enfurecerme. El bello idioma español, el único que es oficial en todas las comunidades autónomas de este país y que por un capricho del destino hablan más de 400 millones de personas en todo el mundo, no se merece el maltrato manipulador al que se le está sometiendo desde el periodismo y la política. ¿IgualdaZ? ¿VerdaZ? ¿ModernidaZ? Analfabetismo, diría yo, y falta de juicio crítico. Si ésta es la prometida revolución educativa... ¡que paren el mundo, que yo me bajo!

domingo, 6 de enero de 2008

Los Reyes Magos son... unos hijos de puta

Y si no me creen, miren el regalo que me han traído:


Vale, sé que no estoy en forma, pero mírenme a la cara y díganme que la insinuación de Mal(e)chor™ no ha sido cruel.

PD: Sí, el nórdico rosa es mío, ¿algún problema? :)

PD2: Podría haber sido peor. A Benjamín le han regalado unos dados de trilero, y a Ana un cerdito-hucha rosa. Sí, a juego con mi nórdico.

martes, 1 de enero de 2008

El argumento del respeto (Fe, parte III)

Cuando hablo de religión con muchos ateos y agnósticos, a menudo llegamos a la conclusión común de que la fe y la espiritualidad son atributos no sólo buenos, sino incluso deseables, de poder adherirse a ellos con la facilidad con la que uno se come una patata frita.

Sin embargo, después de cantar las alabanzas de la religión como elemento cohesionador de civilizaciones y proveedor de esperanza, es cuando aparece el argumento del...

R E S P E T O

¡PLONK!

El argumento del "respeto", etimologías aparte, viene a significar esto: "sí, sí, a mí me parece estupendo que la gente crea en Dios, pero que a mí me dejen tranquilo". O en versiones más pragmáticas: "tú a lo tuyo y yo a lo mío".

Lo que estas personas no entienden es que pedirle a un cristiano que te deje en paz es imposible. La semilla del cristianismo es eminentemente evangélica (como el sacramento del bautizo, aplicado a recién nacidos, y con lo que estoy absolutamente en contra, nos ha enseñado). El cristiano debe ser un apóstol de Cristo en la Tierra.

Este "deseo de evangelizar" no es algo que le aleje de otras confesiones y sectas. Los propios Cursillos de Cristiandad a los que tuve la suerte de asistir hace unos meses no son más que un intento de evangelización masiva y comprimida.

¿Por qué el cristiano intenta convencerte de que lo suyo er lo mejó? ¿Por qué pierde un tiempo que podría invertir en hacer el bien y acercarse más a su Dios? Parémonos un segundo y preguntémonoslo de verdad: ¿por qué lo hacen?

Vamos a intentar descubrirlo con un ejemplo.

Supuesto 1: Estamos en un pueblecito africano en el que la tasa de SIDA asciendo al 70%. Los hombres no quieren utilizar preservativo porque lo prohibe su religión. Sin embargo, siguen manteniendo relaciones sexuales sin tener en cuenta el peligro.

Supuesto 2: Una de nuestras primas ha probado el caballo y lo descubrimos por casualidad. Ella no quiere dejarlo, dice que le sienta bien y que es capaz de controlar el mono.

Supuesto 3: Un amigo nuestro es una buena persona, pero la vida sin fe en la que vive le va a privar de la Salvación. No entendemos por qué está tan ciego y por qué no es capaz de hacernos caso, con lo que sería más feliz y el día del Juicio Final se contaría entre los salvados.

¿Cuál es la diferencia entre estos tres supuestos? ¿Insistiríamos en los tres casos?

La diferencia, si existe, es que en los dos primeros supuestos la ciencia apoya con pruebas nuestras tesis, mientras que en el tercer supuesto no existe ningún tipo de prueba empírica, ni es probable que exista nunca. Claro que hace cincuenta años no se conocían las consecuencias de la heroína y hace treinta el sida apenas se conocía. ¿Significa esto que sólo deberíamos insistir cuando tengamos la seguridad de que lo que estamos defendiendo es La Verdad?

(Ah, "Verdad"... Bonita palabra. Hacedme caso: huid de todo aquel que manifieste estar en posesión de la misma. Si hay algo seguro es que "La Verdad" no existe. Sólo existen los puntos de vista.)

Pero volviendo al tema que nos atañe... Lo cierto es que los cristianos creen estar en posesión de la Verdad. Para ellos es tan claro que no son capaces de replantearse otra alternativa. Ellos "sienten" a Dios dentro de sí mismos. Incluso le han escuchado y algunos, los más privilegiados, le han visto. Amén de las múltiples manifestaciones que son capaces de ver todos los días, en detalles que a los demás nos pasan desapercibidos o, a lo sumo, consideramos meras coincidencias. En palabras de Mel Gibson en "Señales": "[...] Hay dos tipos de personas, los que piensan que las casualidades son simples coincidencias y que estamos solos en este mundo. Y luego están los que en estas casualidades ven señales de que hay alguien guiándonos y protegiéndonos [...]. Lo que debes preguntarte es en cuál de los dos grupos te encuentras [...]".


Efectivamente, pues, debemos llegar a la conclusión inefable de que el cristiano "sabe" sin dejar ningún espacio a la duda que Dios existe. Es más, el cristiano se devana los sesos preguntándose por qué los demás no somos también capaces de sentirlo.

(La teología lo explica mediante la "Gracia", que es algo que se nos da supuestamente en el bautizo, y que es la fuente de la que bebe la fe.)

La verdadera cuestión es, por tanto, si es lícito que el cristiano intente evangelizarnos, pareciendo así no mostrar nigún respeto por nuestras propias creencias, igual de respetables que las suyas. La respuesta, por supuesto es que SÍ. Igual que yo tengo derecho a defender mi ateísmo delante de ellos (aún a riesgo de destruir su esperanza), las similitudes estéticas y formales entre una asamblea de magos de la Tierra Media y una procesión en Silos... o la forma correcta de untar la mermelada en una tostada. El respeto a las opiniones va en todos los sentidos.

La evangelización no es más que una opinión manifestada desde el deseo de ayudar al prójimo, y tan sólo por el hecho de nacer de este deseo ya deberíamos considerarlo algo bueno. Como toda opinión, puede ser correcta o incorrecta, pero el día que alguien no pueda expresarla será el día en el que el fascismo campe a sus anchas en nuestro país. En palabras de Evelyn Beatrice Hall, "estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo". Y el que no entienda esto... una de dos: o es un fascista, o tiene miedo a que la opinión vertida por el otro sea cierta.

Y lo dice alguien que es ateo, pero que cree que el mismo respeto y la misma comprensión que pedimos para nosotros debemos concedérselos a todo el mundo.

sábado, 29 de diciembre de 2007

¿Qué pasa aquí?

Me separo de mi pareja. Se muere mi abuelo. Parece que mi abuela está cayendo en una nueva crisis depresiva. Iván y Paula tienen un trompo en la autopista. Alberto tiene agudos ataques de insomnio. Iván se esguinza un tobillo. Marcos tiene que ingresar a su abuelo en el hospital. Se muere el jefe de mi hermano con 35 años mientras estaba cenando...

¿Qué coño pasa? ¿Y qué va a ser lo siguiente? ¿Veremos a cuatro jinetes descender desde los cielos con llamas flamígeras y voces de ultratumba?

A ver si estas “felices” Navidades van terminando ya de una puta vez.

Ah, y una cosita más. Queridos Reyes Magos: si leéis este blog querría pediros como único deseo, por favor, quedarme exactamente como estoy.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Como lágrimas en la lluvia

Al ser humano le encanta buscar formas y patrones en la naturaleza. El orden que se encuentra subyacente sugiere elegancia y belleza, y la gente más espiritual puede encontrar en esa armonía el aliento de Dios.

Echando la vista atrás, me encuentro con que el año 2007 está acabando con un tirabuzón y medio y de alguna forma se cierra un círculo para dejarme, aparentemente, igual que estaba hace doce meses: agotado, de vacaciones, con incertidumbres profesionales y académicas… y solo.

El 16 de noviembre fue el peor día de mi existencia. El 16 de noviembre se rompían en pedazos ocho meses de mi vida. El 16 de noviembre yo y la persona que lo sabía todo de mí y con la que había compartido la aventura de vivir, nos alejábamos el uno del otro.

Es muy jodido reconocer, como ya escribí en un artículo anterior, que la persona de la que estás perdidamente enamorado no es la persona adecuada. Es muy duro reconocer que el Amor, al fin y al cabo, no es suficiente. Y lo que de veras es terrible es asumir que, aunque los dos seguimos enamorados el uno del otro, hay cosas que hacen imposible un futuro juntos. Aunque el presente era perfecto, el porvenir se presagiaba oscuro.

Los motivos que todos os preguntáis llegado este punto son sencillos de explicar. Somos demasiado distintos. Lo cual por una parte estaba bien, claro, porque los defectos de uno los compensaban las virtudes del otro. Mi introversión, desconfianza y brusquedad eran compensados por su extroversión, su confianza y su amabilidad. Pero también son necesarios los puentes y los nexos en común. Y esos puentes deberían apoyarse en los valores. Esos puentes nunca existieron. Mi ateísmo y mis posturas políticas van en total contradicción con sus creencias metafísicas, su educación y los ambientes en los que ella creció. Entiendo que ella es incapaz de plantearse un futuro con alguien que se limita a ceder en este tipo de cuestiones, pero que jamás las compartirá con ella. Entended también, pues, que yo sea incapaz de plantearme un futuro con alguien que duda sistemáticamente de esta forma.

¿Motivos? El motivo es que yo era un romántico y ella no. Estaba ciego y pensaba que el impulso del amor podía con todo. La realidad es bastante más cruel que eso. La realidad es que yo sufro, ella sufre, y los dos estamos alejados el uno del otro, lamiéndonos las heridas que nos hemos infligido.

El círculo se cierra y me deja aparentemente en el mismo sitio en el que estaba hace un año. La palabra clave, amigos, es “aparentemente”.

Si el año 2006 fue el año de mi eclosión a la madurez profesional, el año 2007 ha sido un viaje de autodescubrimiento en el mundo de las relaciones sentimentales. Y mi compañera de viaje ha sido ella… y no podría haber sido mejor. Yo la he ayudado a encontrar la paz que le faltaba cuando la conocí, después de una ruptura sentimental, y ella me ha llevado de la mano en un camino de superación personal y me ha hecho escalar cimas que jamás soñé alcanzar. Este diario no es lo bastante grande como para albergar todas las cosas por las que le podría dar las gracias, de forma que ni siquiera lo voy a intentar. Ella ya las sabe.

En una situación de este tipo, hay varias formas de tomarse las cosas.

Podríamos dedicarnos a reprocharnos las cosas que el otro ha hecho, y adoptar una actitud hostil y convertir el amor en odio. La línea es más delgada de lo que puede parecer.

También podríamos recordar los buenos momentos y lamentarnos de los momentos por venir que ahora jamás lo harán, y que jamás sabremos cómo podrían haber sido. Este es el estado por el que pasé los dos primero días después de nuestra separación.

La actitud que prefiero asumir, sin embargo, es otra. No quiero que la rabia o la pena transforme y pervierta en otra cosa todo lo que nos hemos dado a lo largo de estos meses. Sería muy estúpido perder todas aquellas cosas que Ella me ha ido dando, tal vez sin que ella misma se diese cuenta. Ella me ha dado un punto de vista sobre las cosas que no sólo no tenía, sino que ni siquiera sabía que no tenía y necesitaba. Ella me ha hecho saber la cantidad de amor que puedo dar y recibir. Ella es mi medida de amor, en realidad. Ella es la que me ha hecho saber que aún puedo llorar, que aún sé llorar, que necesito llorar de vez en cuando, como mientras escribo estas líneas. Ella me ha hecho ver el mundo con sus ojos, y yo he intentado hacérselo ver con los míos. Nos hemos prestado las manos. Nos hemos intercambiado susurros, alientos, confidencias, sueños, secretos, dolores y deseos. Ella me ha hecho sentirme vivo cuando pensaba que estaba muerto. Ella me ha resucitado. Ella me ha hecho llorar cuando estaba bien, y me ha hecho reír cuando estaba hundido. Ella me prestaba su ánimo cuando a mí me faltaba. Ella me pedía prestado el mío cuando le faltaba a ella. Ella me hizo comprender que yo podía compartir mi felicidad. Ella me hizo compartir la suya. La nuestra. Ella me rompió el corazón. Yo le rompí el corazón.

Más de un mes después de haber terminado aún lloro cuando recuerdo la forma de sus labios, su pelo castaño que parecía cobrizo cuando le daba el sol, sus ojos del color de la miel (que ella siempre decía que eran verdes), sus preciosas orejas con lóbulos no perforados. Su piel blanca como la nieve. Sus pícaros hoyuelos en las mejillas.

Sé que no volverán a ser míos. Mentiría si dijese que no me importa. Pero tengo que reconfortarme en el hecho de saber que lo que ha pasado es, sinceramente, lo mejor para los dos. Cuando sea un viejo chocho y mire hacia atrás la película de mi vida, me detendré un instante en el nombre de Ella y saborearé los momentos increíbles que pasé a su lado. Y podré decir con orgullo: “sí, he amado… y me han amado”.

Dios.

Creo que aún te quiero.

martes, 18 de diciembre de 2007

Jesucristo contra los alienígenas (Fe, parte II)

Pregunta teológica:

Si suponemos que Dios existe y que se hizo hombre para redimir a éstos de sus pecados, ¿qué pasa con los hombres que existieron antes del Advenimiento de Jesucristo? En otras palabras, ¿qué pasa con los indios americanos que se murieron antes de 1492?

Y más aún. La Iglesia actual (pelillos de Giordano Bruno a la mar) no se posiciona respecto a la posible existencia de inteligencia extraterrestre, al menos que yo sepa. Incluso existen teólogos que creen que el plan de Dios incluye la riqueza de la vida, y que el Universo sería muy triste si fuésemos la única inteligencia que habita en él.

Así pues, si existen otras inteligencias no-humanas allende las estrellas, ¿cómo se supone que les va a alcanzar la Palabra y la promesa de Cristo? ¿Nacerá un Jesucristo en cada civilización inteligente? ¿O, al igual que sucedió con los indios americanos, el único Cristo es el que bajó a la Tierra, y los demás deberán esperar una evangelización nuestra? Si fuese así, ¿significa esto que si nosotros fuésemos cualquier otra civilización, llegaría un día en el que una luz bajase del cielo y, procedente de otra galaxia, un ser extraordinario predicaría la Palabra de Dios?

Y voy aún más lejos.

¿No es posible que esto ya haya sucedido?

Al fin y al cabo, como decía Arthur C. Clarke, cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Y donde digo "magia", ustedes pueden leer "sobrenatural". O "milagro".

Pero por otra parte, también es posible que los extraterrestres no existan, al fin y al cabo, y que este artículo no sea más que una pérdida de tiempo.

Y por otro lado... este es un tema muy curioso, mucho más de lo que por el título del artículo pueda parecer. Porque yo creo que los alienígenas existen. No sé, algo dentro de mí me dice que no podemos estar solos, que hay más civilizaciones como la nuestra que mira las estrellas buscando un reflejo de sí mismas en ellas. Es decir, tengo puestas mis esperanzas en su existencia, aunque sin embargo no tengo ninguna prueba de ello. Con Dios pasa exactamente igual... pero al contrario. Aunque no tengo ninguna prueba de que no exista, no creo en él.

Así pues, ¿cuál es la diferencia entre creer en Dios y creer en hombrecillos verdes? ¿No es más digno o respetable creer en un principio de justicia infinita y eterna que en una estúpida quimera de folletín pulp? ¿Por qué me niego a abrir mi corazón a la idea consoladora y reconfortante de que hay una vida de infinito Amor más allá de ésta, y sin embargo no me tiembla un pelo cuando defiendo el dinero público invertido por los estadounidenses en el proyecto SETI?

En otras palabras:

Bajo el escudo de intelectualidad con el que me camuflo, ¿no se esconderá acaso un cobarde?

(Continuará)

domingo, 28 de octubre de 2007

El sentido de la vida

Haca unas semanas tuve la fortuna de asistir a la charla de Nando Parrado, uno de los supervivientes en el desastre de los Andes en 1972. Y “suerte” y “fortuna” son dos palabras muy recurrentes en toda su historia. Elaboró un discurso centrado en la historia de supervivencia que realmente fue, sin detalles escabrosos, y narrado con la crudeza de alguien que sobrevivió a un accidente de avión, de alguien que sobrevivió a un alud que mató a nueve compañeros, de alguien que caminó durante diez días por la cima de la cordillera andina. De alguien que VIVIÓ.

Salí de la conferencia con sensaciones extrañas. Por un lado, cómo la suerte puede decidir todo nuestro futuro. Cómo la suerte puede decidir si vivo o muero. Nando era claro en este punto: si se hubiese sentado una fila más atrás, hubiese muerto en el impacto contra las montañas, porque de la fila 10 hacia atrás el avión literalmente se desintegró. Si el piloto hubiese iniciado el ascenso un segundo después, el avión habría chocado contra el pico de la montaña de frente y no hubiese sobrevivido nadie. El avión cayó en la ladera opuesta de la montaña con el ángulo exacto que tenía la pendiente de la misma (un ángulo de 5º más o menos hubiese hecho pedazos los restos del fuselaje que volaron por los aires) y gracias a eso se deslizaron y aterrizaron –más o menos– suavemente. La ladera de la montaña por la que los restos del avión se deslizaron tenía rocas por todos los lados excepto por una pequeña brecha de nieve entre ellas. Si el avión hubiese chocado con cualquiera de esas rocas, a la velocidad a la que iba, se hubiese volatilizado por completo. Si a las dos semanas del accidente un alud no hubiese sepultado los restos del avión, creando una capa térmica que les protegió del frío, probablemente nadie hubiese sobrevivido. Nueve personas murieron en el alud, entre ellas Marcelo, el capitán del equipo de rugby. Pero gracias al alud otras veinte lograron sobrevivir. Y si finalmente Nando Parrado no hubiese tomado todas las decisiones que fue tomando a lo largo de los diez días que deambuló junto a Roberto por la cima de la cordillera andina y no hubiesen visto y llamado (con las últimas reservas de fuerza que les quedaba) al hombre a caballo, ninguno habría sobrevivido.

Una serie de casualidades que les dio a todos una segunda oportunidad en la vida. Suscribo palabra por palabra lo que decía Nando: “[…] nosotros estábamos allí, condenados a morir, y el sol, al día siguiente, siguió saliendo. Nada había cambiado para el resto del mundo. Alguien lloraría nuestra pérdida durante unos días, y después el mundo continuaría girando… sin nosotros […]”. Nando no sólo aprendió a sobrevivir. También aprendió a VIVIR. Aprendió a dar la importancia que tiene el simple hecho de avanzar por la vida, aprendió la importancia de amar a una persona y la importancia de hacerle saber a esa persona que la amamos. En esa segunda oportunidad, Nando aprendió a decir las cosas que antes había callado por pudor o vergüenza. Las cosas que deben decirse, las cosas que realmente importan. Las cosas que sólo pueden decirse estando vivos, las cosas que dotan de sentido a la vida:

Os quiero.

Te quiero.


Every generation
Blames the one before
And all of their frustrations
Come beating on your door

I know that I'm a prisoner
To all my Father held so dear
I know that I'm a hostage
To all his hopes and fears
I just wish I could have told him in the living years

Crumpled bits of paper
Filled with imperfect thought
Stilted conversations
I'm afraid that's all we've got

You say you just don't see it
He says it's perfect sense
You just can't get agreement
In this present tense
We all talk a different language
Talking in defence

Say it loud, say it clear
You can listen as well as you hear
It's too late when we die
To admit we don't see eye to eye

So we open up a quarrel
Between the present and the past
We only sacrifice the future
It's the bitterness that lasts

So Don't yield to the fortunes
You sometimes see as fate
It may have a new perspective
On a different day
And if you don't give up, and don't give in
You may just be O.K.

Say it loud, say it clear
You can listen as well as you hear
It's too late when we die
To admit we don't see eye to eye

I wasn't there that morning
When my Father passed away
I didn't get to tell him
All the things I had to say

I think I caught his spirit
Later that same year
I'm sure I heard his echo
In my baby's new born tears
I just wish I could have told him in the living years

Say it loud, say it clear
You can listen as well as you hear
It's too late when we die
To admit we don't see eye to eye



No sabía a lo que iba

También motivado por una idea de mi chica, acudimos (hace cosa de un mes más o menos) a la grabación en el teatro Calderón de Madrid del programa de Santiago Segura, titulado “Sabías a lo que venías”. Pues no, francamente. No tenía ni la más remota idea de qué iba el programa o qué me iba a encontrar, porque en mi vida lo había visto. Pero leche, era Santiago Segura, y era un plan distinto al habitual “cena o cañas”. Así que nos echamos la manta a la cabeza y allí fuimos con 1€ cada uno para las entradas.

He de decir que con las entradas hicimos bastante el primo, ya que:

a) Las perdimos

b) Después de recuperarlas y de sobreponernos al susto, descubrimos que a la salida había gente a la que le pagaban 10€ por haber asistido como público al programa y rellenar huecos en el patio de butacas.

Lo dicho, el primo.

Por lo demás resultó bastante entretenido. Los invitados fueron relativamente divertidos (Severiano Ballesteros) o, al menos, estaban buenas, como en el caso de Pilar Rubio. Y los colaboradores eran la crêpe de la crêpe. Digo… la crème de la crème. Desde Cañita Brava a Torbe. Desde Yola Berrocal al Dioni. Y, brillando por encima de todos los demás, a una altura a la que tan sólo un SR-71 podría aspirar alcanzar… ¡Leonardo Dantés!


Algunas curiosidades del programa:

1) Yola Berrocal es mucho más alta de lo que me esperaba. Y esperaba que su tontuna fuese fingida… pero me temo que no, que es tonta de verdad.

2) Torbe no es un animal televisivo. Aparte de la “cerdilla”, no creo que haya mucho más que sepa hacer.

3) Sí, al fondo hay un tío que empieza a aplaudir cuando quiere que la gente aplauda. Y funciona.

4) El presentador y los colaboradores tienen varias televisiones (incluida una grande al fondo del teatro) en la que pueden ver lo que el realizador está mostrando por televisión en cada momento.

5) El programa se graba en falso directo. Hubo dos o tres pausas para repetir algo, pero excepto esas pausas, el programa se hizo del tirón. Supongo que posteriormente editarán y se quedarán con las mejores partes.

6) Hay una regidora que es como la maestra del colegio: como alguien (colaborador o público) haga algo inadecuado, es inmediatamente reñido y puesto de cara a la pared.

7) El Dioni es rematadamente gracioso.

8) Santiago Segura es como Wyoming: no hay una situación embarazosa o delicada de la que no sepa salir con dignidad… y con un buen chiste.

9) Leonardo Dantés es definitivamente un crack.

10) Y sí, a la entrada del programa hay barra libre de cava.

Fe (parte I)

Aunque aconteció hace unas semanas, mi ritmo de publicación es tan lamentable que lo escribo ahora, cuando ya no tiene ni siquiera el valor de la novedad.

El caso es que hace unas semanas fui testigo de la profesión monástica de un joven novicio en el monasterio de Silos llamado Ángel. Como os podéis imaginar, la que me lió para asistir a semejante sarao fue mi chica, que se enteró a través de la gente de cursillos. Algún día, si reúno el valor suficiente para desoír las amenazas que pesan sobre mis espaldas (es broma), explicaré algo más de esto llamado “cursillos”.

La misa era a las 12:00, y como siempre llegamos con unos holgados cinco minutos (!) de margen al pueblo.

Gracias a mi ateísmo, pude vivir la ceremonia desde un punto de vista sociológico, ya que tenía todos los elementos necesarios para sobrecoger y enardecer al católico más timorato. La profesión comenzó con una (valga la cacofonía) procesión de monjes, sacerdotes y el resto de la jerarquía eclesiástica propia de la ocasión. La procesión entró por el centro de la iglesia desde la puerta principal, y se fue colocando ordenadamente a los dos lados del altar. Los últimos miembros de la procesión parecían por sus ropajes y báculos los de más alto rango. Sí, báculos, habéis oído bien. No quiero parecer sacrílego, pero aquello parecía una asamblea de magos de la Tierra Media más que una misa.

La ceremonia no dejaba de ser una eucaristía, y entre las partes tradicionales de la misma (adornada por cierto con los famosos cantos gregorianos por los que el monasterio es, en parte, famoso) se introducían ceremonias propias de la profesión monástica. No hay que confundir la profesión monástica con la orden sacerdotal, que es un sacramento semejante al matrimonio. La profesión monástica es el rito por el que un novicio se convierte en monje, mientras que la orden sacerdotal, como su propio nombre indica, sirve para ordenar sacerdotes. Y os preguntaréis, ¿cuál es la diferencia entre un sacerdote y un monje? Básicamente un sacerdote celebra misa, mientras que un monje cuida las lechugas y reza a Dios.

Efectivamente, si hay alguien que trabaja menos que un cura, es precisamente un monje. Aún así, no envidio la vida de Ángel. Los votos que ha asumido le obligan a no dormir más de ocho horas, a rezar otras ocho horas, y las ocho restantes se dedican al trabajo (las comidas van aquí incluidas). Prácticamente no puede tener contacto con el exterior, y tan sólo los domingos puede dar una vuelta por el pueblo durante un par de horas. No puede dormir fuera del monasterio ni un solo día, salvo dispensa especial. ¿No os parece que es desperdiciar una vida? Pero quizá que tras la decisión de Ángel estaba una fe y una vocación que le proporcionaban lo que todo hijo de vecino quiere en este mundo: la felicidad. Unos la encuentran en el vino y otros en las mujeres. Ángel la ha encontrado en Dios así que, ¿quiénes somos nosotros para juzgarle con desprecio o superioridad?

Es cierto que yo no creo en Dios y que para mí la gente que dedica a hablar con Dios más de un minuto de su tiempo son personas que lo están perdiendo y que, en mi opinión, se engañan a sí mismas por un motivo u otro (algún día hablaré también de los motivos que la gente tiene para creer en Dios; y últimamente vivo rodeado de practicantes, así que tengo la suerte de saber de este tema más que la mayoría de los ateos). Sin embargo, y también en mi opinión, la gente con fe tiene más probabilidades de ser feliz que un ateo como yo que cree que después de una vida de sufrimiento y dolor no hay más que… nada. Así que si Ángel cree en Dios, y no sólo eso, sino que además cree que tiene vocación sacerdotal, me pregunto: ¿puede haber alguien más feliz que aquél que se cree un elegido del Señor?

Probablemente sí: un tonto y un niño.

viernes, 28 de septiembre de 2007

Cronocrímenes arrasa en su primer pase en Texas

2007 FANTASTIC FEST JURY AND AUDIENCE AWARD WINNERS ANNOUNCED
Awards were announced last night at the closing ceremony of the 2007 Fantastic Fest in Austin Texas. Taking top honors was Nacho Vigalondo with CRONOCRIMENES (TIMECRIMES), a world premiere screening.

http://fantasticfest.blogspot.com/2007/09/timecrimes-wins-best-picture.html


domingo, 2 de septiembre de 2007

Un poquito de Historia

Los ocho alumnos del profesor Kang tenían abiertas sus enciclopedias por la página 416. La imagen de un hongo nuclear en el espectro del infrarrojo ocupaba la mitad de la página. Debajo de ella, una leyenda escueta: “Hiroshima”.

–El ser humano, por su carácter idiosincrático, ha tenido que comprender las fuerzas de la naturaleza del peor modo posible –sus alumnos tomaban notas sobre la marcha de lo que iba diciendo–. Hasta que no se lanzó sobre Japón, nadie tenía muy claros los efectos tan devastadores que la bomba de hidrógeno podía llegar a alcanzar. Millones de muertos y quemados, recién nacidos con mutaciones monstruosas, cosechas enteras perdidas por la radiación, hambrunas terribles…

El profesor Kang se levantó de su asiento y continuó la clase de pie, paseando entre sus jóvenes pupilos.

–Es por eso que cuando el doctor Isaac Pascal inventó la máquina del tiempo por pura casualidad, en realidad no sabía nada de la estructura del tiempo y de lo fuertemente ligada que está a la estructura psicológica de la realidad. Los físicos de la época habían postulado varias teorías sobre la misma. La primera de ellas se basa en la suposición de que el tiempo es una dimensión cerrada. Es decir, cualquier persona que viaje al pasado no estará modificando su propio presente, sino que, por el contrario, la misma acción del viaje al pasado era un hecho inevitable en la historia y el intento de alteración del mismo no supone más que completar la historia tal y como realmente sucedió.

El profesor Kang miró a sus alumnos y vio que algunos bostezaban. Sonrió ligeramente y continuó.

–La segunda teoría es la del multiverso: alguien que viaje al pasado puede cambiar la historia, pero no la historia original, sino la de un nuevo universo idéntico al primero y que sólo se diferencia del original a partir del punto de ruptura que supone la llegada de la máquina del tiempo y su tripulación. Según esta teoría alguien del universo original (llamémoslo A) podría viajar al pasado y matar a su propia abuela antes de que él hubiese nacido. Pero este asesinato no provocaría la paradoja que estáis pensando, ya que según esta teoría, el primer universo se duplicaría en uno nuevo (llamémoslo B) en el que él no hubiese nacido, en efecto… pero no olvidéis que el asesino no procede del universo B, sino del universo A, así que a efectos prácticos no ha matado a su abuela, sino a una pobre desconocida de un universo ajeno al suyo.

Este comentario hizo soltar algunas carcajadas a los muchachos.

–Naturalmente sabemos que la cantidad de energía necesaria para crear un universo se sale un poquito de madre –más risas–. Así que la tercera teoría es la del tiempo completamente abierto, en la que alguien puede ir al pasado, matar a su abuela… ¿y sabéis lo que sucedería en ese único y solitario universo?

–¡Explotaría! –gritó uno de los chicos. Un coro de carcajadas apoyó su ocurrencia.

–Silencio… –dijo pacientemente el profesor Kang–. No vas tan desencaminado. ¿Me dejáis seguir con la historia del doctor Pascal? –sus pupilos asintieron y se acallaron las risas.

“Cuando Pascal estuvo seguro de que su máquina funcionaba, también supo con claridad que nadie le dejaría usarla. Sabía que era el arma más peligrosa que jamás nadie había creado, y pensó que lo mejor era que la utilizara un científico antes que un coronel. Entended esto, Pascal era un hombre brillante y desde luego no era un científico loco. Simplemente quería hacer uso del descubrimiento que acababa de hacer. También sabía que debía de hacer algunas pruebas antes de que la comunidad científica se tomase su invento en serio. Primero se limitó a hacer unos saltos temporales hacia el futuro… Primero cinco minutos, luego media hora, finalmente una semana. Todos resultaron exitosos, y Pascal era capaz de regresar luego a su tiempo con una precisión exacta. Así que, tomando todas las medidas de precaución posibles para evitar coincidir consigo mismo, Pascal decidió experimentar con los viajes hacia el pasado… Y tuvo éxito. Él también pensaba que podría provocar un desgarro del espacio–tiempo, aunque solo retrocediese cinco minutos. Pero no fue así. Abandonó el laboratorio durante media hora y se tomó un café en la sala de estar. Después bajó al laboratorio, movió un par de metros la máquina y viajó quince minutos atrás en el tiempo. Oyó el leve tintineo de una cucharilla en el piso de arriba, pero por lo demás la casa estaba tranquila. Cuando regresó a su tiempo original después de ese primer viaje al pasado, descubrió que todo estaba exactamente igual, y suspiró aliviado al comprobar que el viaje al pasado era seguro. No había dejado de existir ni nada parecido.

“Antes de dar el gran salto, decidió dar uno de cinco años: lo suficientemente lejano como para suponer una prueba de fuego, pero no tanto como para derivarse una catástrofe en caso de un fallo inesperado. Eligió una fecha en la que había estado de vacaciones y por tanto no tenía ninguna posibilidad de tropezarse con su yo del pasado. Fue un éxito rotundo. Se limitó a pasear un poco por el jardín de su casa y a regar las flores, pues recordaba que después de aquellas vacaciones la mayoría de sus plantas habían muerto. Era un riesgo calculado. Sabía que estaba cambiando el pasado, pero de una manera tan sutil que era improbable que se produjese el temido desgarro espacio–temporal. Y recordad, niños, que Pascal también barajaba la teoría de los multiversos y la del tiempo cerrado. En aquel momento no tenía nada clara la estructura de aquello con lo que estaba jugando.

El doctor Kang se aproximó a la ventana. En el horizonte unas nubes estaban encapotando rápidamente el cielo. Cuando se volvió hacia sus alumnos, vio sus caras expectantes mirando hacia él. Sintió una punzada de orgullo. Había logrado atrapar su atención.

–Cuando regresó a su propia época, estuvo un par de semanas documentándose, para intentar descubrir algún cambio en el presente, por nimio que fuese, provocado por el aparentemente nimio gesto de regar sus flores. Pero no descubrió nada. Así que, henchido de buenas intenciones, llevó a cabo el plan que había estado rumiando durante los últimos meses. Cogió una pistola de la colección de armas antiguas que su abuelo Abraham le había dejado en herencia. Notad cómo ya empiezo a hablar de abuelos –sus alumnos sonrieron–. Lo que sigue no es tan agradable. El padre de su abuelo había estado prisionero en Auswitch, donde habían muerto sus cuatro primeros hijos. ¿Recordáis que la semana pasada os hablé de la Segunda Guerra Mundial y de Hitler? –toda la clase asintió–. Cuando los soviéticos liberaron a los judíos del campo de concentración y les obligaron a abandonar el país, el bisabuelo del doctor Pascal se reencontró con su mujer en Lisboa, donde ella había permanecido durante la guerra después de haberse quedado bloqueada allí días antes de que los nazis invadieran Polonia. Y allí se habían quedado a vivir y allí tendrían un único hijo con el que intentarían superar la pérdida de sus otros vástagos muertos en Auswitch. Así que el abuelo de Pascal nunca llegó a conocer a sus hermanos.

Kang miró de refilón los cuadernos de algunos de sus alumnos. Habían anotado rápidamente algunos de los nombres que él había ido soltando: “Polonia”, “judíos”, y algún “Auswitch” mal escrito.

–No intentéis acordaros de los detalles. Sólo intentad comprended el hecho principal. Isaac Pascal empaquetó la máquina del tiempo y se embarcó hacia Holanda. Desde allí cogió un tren bala hasta Austria. Tardó una semana en documentarse y finalmente escogió un lugar a orillas del lago Constanza, que presumiblemente había permanecido igual desde el principio de los tiempos. Allí construyó un cobertizo, elevado unos centímetros del suelo, donde colocó la máquina del tiempo. Con un diccionario inglés–alemán en una mano y la pistola cargada de su abuelo en la otra, ajustó los controles de la máquina del tiempo a 1905. La máquina funcionó correctamente, y en medio de una noche lluviosa, se dirigió hacia Viena, donde un joven llamado Adolf Hitler con aspiraciones a pintor acababa de inscribirse en una escuela de arte.

Kang miró a sus alumnos. Los tenía en la palma de la mano. Respiró profundamente y continuó.

–No le fue difícil llegar a Viena. Con unas limaduras de oro compró un pasaje en el tren que lo llevaba a la capital austríaca, y antes del amanecer se había plantado en la pensión donde el joven Hitler vivía. Pascal esperó en una esquina desde la que podía ver la puerta de la calle. Había esperado muchos años, así que un par de horas no supusieron ningún esfuerzo para él. Finalmente, antes de las nueve de la mañana, Hitler salió a la calle con algunos de sus lienzos, para dirigirse a la escuela de arte. Pascal sacó lentamente la pistola de su bolsillo y cruzó la calle, al encuentro de Hitler.

El profesor Kang hizo aquí una pausa un tanto teatral, para deleitarse en el efecto que sus palabras estaban ejerciendo sobre los chicos. Miró un momento a la ventana y vio cómo la tormenta estaba a punto de alcanzar la pequeña escuela.

–Nosotros sabemos lo que pasó, porque nuestros físicos conocen a la perfección la estructura del espacio–tiempo. Sabemos lo enraizada que está la coordenada temporal con la flecha psicológica y la estructura de la realidad. Pero el ser humano del siglo XXI, como dije al principio, desconocía los efectos de sus acciones sobre el tejido espacio–temporal. Y Pascal tampoco sabía que su abuelo sólo había nacido debido a la muerte de sus hermanos mayores en el campo de concentración de Auswitch. El bisabuelo de Pascal tenía casi sesenta años cuando tuvo a su quinto hijo, su mujer cincuenta, y fue únicamente la pena por la muerte de sus primogénitos lo que les hizo decidirse a tener otro niño.

“No sé si comprendéis lo que quiero decir. En el instante en el que Pascal apretó el gatillo y la bala atravesó el cerebro de Hitler, el científico dejó de tener un futuro, y ese futuro en el que inventaba una máquina del tiempo y volvía al pasado dejó de existir. Pero si no inventaba la máquina del tiempo, Hitler volvería a conquistar Europa y su abuelo Abraham volvería a nacer, y él volvería a inventar la máquina del tiempo. Se produjo una paradoja temporal que el universo solo pudo deshacer de una forma: destruyendo el tiempo. El espacio–tiempo se redujo a tres dimensiones espaciales, y el Sistema Solar se colapsó en un parpadeo. Toda la zona de influencia del ser humano sufrió la misma suerte.

Uno de sus alumnos levantó un tentáculo y preguntó, temeroso:

–¿Nosotros estamos fuera de esa zona de influencia?

El profesor Kang iba a contestar que los científicos rigelianos estaban mayoritariamente de acuerdo en que el ser humano era tan beligerante que hubiese acabado destruyéndose a corto plazo si la máquina del tiempo no hubiese provocado el colapso literal de su civilización, cuando un estruendo le hizo volver la cabeza hacia la ventana. Los muchachos sacaron los pseudópodos de sus pupitres y se arremolinaron en torno a la ventana. Lo que había parecido una capa de nubes se veía ahora claramente como una onda de choque que estaba a punto de golpearlos. En un último pensamiento consciente, sugestionado por su propia historia, el profesor Kang se preguntó si, después de todo, la minoría de voces que sugería que la zona de influencia del ser humano podría extenderse a todo el universo, tendrían razón. Kang vio cómo sus alumnos se apartaban aterrorizados de la ventana y cómo una de las enciclopedias galácticas, abierta por la lección que hablaba del extinto ser humano, caía de uno de los pupitres y quedaba congelada en el aire, en el mismo momento en el que la onda de choque alcanzaba la escuela.


* * *



Todo esto, esta secuencia de la escuela que le estoy mostrando a usted, lo vimos por primera vez con nuestro cronoscopio cinco mil años atrás, y sabemos que la onda de choque ya ha destruido 70.000 millones de estrellas de la Vía Láctea. Aunque en este tiempo nos hemos trasladado a la nube de Magallanes, tememos que la potencial influencia del ser humano nos alcance.

Y a usted también, amigo mío.

Esté seguro de ello.

Sólo nos quedaba una carta por jugar: volver al pasado y matar a nuestro propio espía para evitar que entregue los planos de la máquina del tiempo a Isaac Pascal. Es lo que planteé hoy en el Comité.

Oh, realmente ya no importa que se lo cuente. Écheme otro trago más… Gracias.

Habíamos visto el futuro y que los rigelianos cruzarían la galaxia de un lado a otro sólo para aplastarnos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

Al final resulta que quien nos ha vencido a todos es el ser humano. No, estoy seguro de que no los conoces. Compréndame, todo esto lo hicimos hace cinco mil años, y este éxodo no es más el precio que estamos pagando por lo que hicimos entonces.
Nos sentíamos dioses… unos dioses amenazados por los malditos rigelianos y su ansia de evangelización. Nuestros físicos eran superiores. Comprendíamos perfectamente el entramado del espacio–tiempo y los peligros que conllevaba su manipulación. Entendimos de inmediato que la máquina del tiempo era un arma, el arma más poderosa que nadie había imaginado jamás… capaz de colapsar una parte del universo con una mínima cantidad de energía… La energía necesaria para transportar a alguien al pasado y provocar una paradoja que colapsara el continuum espacio–tiempo.

Sí… hasta arriba, por favor. Eso es…

Éramos dioses, comprendíamos la naturaleza del universo como ninguna otra raza. Solamente tuvimos un error: subestimamos al maldito ser humano. Sí, habíamos visto que lograrían llegar a Rigel en sus cochambrosas naves espaciales, y que los rigelianos, que carecían de la máquina del tiempo, acabarían con ellos antes de que supusieran una amenaza. Pero al utilizar la zona de influencia del ser humano para colapsar el espacio–tiempo de Rigel, abrimos la posibilidad al ser humano de expandirse hasta nosotros. Sin rigelianos que se interpusieran, el ser humano tendría varios miles de años para alcanzar la tecnología suficiente que les permitiría llegar hasta el otro extremo de la galaxia… Exacto, donde vivíamos nosotros. No lo previmos. Entiéndalo bien: el ser humano no existe, pero la influencia potencial de una raza muerta pende como una espada sobre nuestras cabezas; la propia destrucción del hombre ha sido el arma empleada para su expansión post–mortem. Y si lo miras desde una perspectiva serena, es casi lógico. Un final ideal para un universo de locos. La mano muerta de una raza que ya no existe avanza ahora sin obstáculos hacia nosotros.

Bien, amigo, creo que me voy a ir a mi casa… ¿qué dice? ¿La máquina del tiempo? Hace una hora me he enterado, allá en el Comité, de que la destruimos junto con todos los planos después de enviar a nuestro agente a la Tierra. Ya sabe, para evitar paradojas en nuestro propio planeta. Pero no se preocupe. Dentro de poco… maldito reloj, no acierto a ver la hora… dentro de poco, como decía, tendremos todo el tiempo del mundo.


D4v1d 4r14s Fr4nc0, 28 de marzo de 2005

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Death Proof

Anoche fui a los cines de la Vaguada a ver Death Proof con Alberto y Ana. Voy a dar apenas cuatro pinceladas.

Lo mejor que se puede decir de Death Proof ("A prueba de muerte") es que es una película bastante divertida. Tiene 4 ó 5 momentos hilarantes de humor negro, y sólo por eso ya merecería la pena ir a verla.

La banda sonora no defrauda, como es costumbre en Tarantino, aunque creo que no hay ningún tema que destaque sobre los demás, y que se vaya a hacer famoso.

En esta película Tarantino empieza a utilizarse a sí mismo como referencia. Aunque es una obviedad a estas alturas decir que Tarantino es la batidora de la cultura pulp americana, en Death Proof utiliza recursos y referencias auténticamente suyas.

También es destacable el hecho de que la película está muy próxima a Kill Bill en varios frentes. Por un lado, en el elenco de actrices femeninas que protagonizan la cinta, y que son las que llevan la voz cantante. El antagonista es masculino en ambas cintas, y en ambas películas apenas aparece excepto cuando debe interactuar con las mujeres. Mujeres fuertes en las dos películas, que persiguen al hombre para cumplir una venganza.


Los diálogos siempre han sido marca de la casa, aunque tengo que decir que en las dos últimas películas los diálogos de Tarantino me están empezando a aburrir un poco. Efectivamente, tanto en Kill Bill (sobre todo en el volumen II) como en Death Proof hay un enorme porcentaje de cinta que parece estar "rellenado" con diálogos que, si bien van perfilando la psicología de los personajes, también dilatan en exceso la espera de lo que todo fan de Tarantino espera: ostias y macarradas a diestro y siniestro entre personas duras que se mueven en un mundo cínico y mortal.

Como es sabido, Tarantino ha querido dar un look de años 70 a la cinta, añadiendo ruido y suciedad al aspecto del celuloide, imitando el desgaste que sufrían las cintas pulp en aquellas míticas sesiones dobles. Incluso los créditos iniciales imitan esta estética, algo que también la une a Kill Bill, así como algunos planos, movimientos de cámara, utilización del blanco y negro y del zoom. El propio Tarantino firma la fotografía de Death Proof.

Pero sin duda lo que uno más recuerda de la película es la aparición de Zoë Bell, la que fuese doble de Uma Thurman en Kill Bill, haciendo de sí misma. Todo un acierto, ya que para combatir a Kurt Russell (un stuntman venido a menos), ¿quién mejor que la verdadera stuntwoman de La Novia?

Y, por supuesto, el resto de mujeres. Tarantino no se corta un pelo a la hora de mostrar la voluptuosidad de Rosario Dawson, Vanessa Ferlito o Sydney Poitier. Cosa que el espectador masculino heterosexual agradece en grado sumo.

En resumen, Death Proof no pasa de ser un divertimento de Tarantino. Que nadie se espere un Pulp Fiction. Y si tuviésemos que guiarnos por sus dos últimas películas (Kill Bill y Death Proof), parecería que la senda por la que pueden ir sus próximos proyectos está clara. Pero si algo tiene Tarantino es su capacidad de sorpresa, de manera que sus seguidores debemos continuar soñando con sus próximos arrebatos de locura.