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jueves, 28 de diciembre de 2017

Star Wars VIII: El fin de la infancia

Fluyo. No me dejo arrastrar por la ira. Respiro. Mi diafragma se expande y se contrae. Me concentro en eso, y dreno todas mis emociones.

Acabo de salir del cine, tras ver lo que viene a llamarse "Star Wars, episodio VIII". Y parafraseando a Luke Skywalker, ninguna de esas palabras es cierta. No es Star Wars: desde luego no es la Guerra de las Galaxias con la que mi generación se crió. Y tampoco es el episodio VIII. De nuevo han vuelto a hacer la misma jugada de actualizar el episodio equivalente de la saga original... me estoy refiriendo, claro, a El imperio contraataca.

Las sensaciones que me embargan son, en definitiva, de total decepción, y de un "final de la infancia". La Guerra de las Galaxias, tal y como la recuerdo, ha muerto, y mi infancia murió con ella. Y el cine de autor (porque sí, recordemos que aunque ahora no queramos recordarlo, George Lucas fue el co-fundador de American Zoetrope, un estudio que pretendía producir cine más vanguardista -aparte de producir las películas de Coppola y Lucas, los fundadores, también permitieron estrenar a Goddard, Kurosawa o Wim Wenders) también ha desaparecido de cualquier resquicio de esta nueva trilogía. Incluso la trilogía I, II y III de Lucas se hacen buenas en comparación con el producto manufacturado que J. J. Abrams / Rian Johnson... en definitiva, Disney, ha parido.

Voy a analizar la película de la manera más racional posible, drenando la ira y la decepción total para hacer un análisis lo más objetivo posible. Para ello recurriré a diálogos o escenas de la película, con lo que el siguiente análisis puede contener spoilers.

Argumento

Empecemos por el primer gran problema que tiene la película: el argumento. Como adelantaba al principio, los runners de esta nueva trilogía están jugando la carta de "inspirarse" en la trilogía original. Esto no tiene que ser algo malo de por sí; Dennis Villeneuve lo acaba de hacer con su secuela de "Blade Runner"... y en un autor de la talla del canadiense, la revisión es exitosa: toma temas centrales importantes de la película inspiradora y los retuerce para darles una nueva vuelta de tuerca.

Sin embargo, en el caso de los episodios VIII y V, la inspiración se transforma en una copia desdibujada de las ideas esbozadas con fuerza y madurez en la trilogía original. Centrándonos en el episodio VIII (y si seguimos mi disertación, en su correspondiente e inspirador episodio V): ¿cuáles son los temas principales de ambos episodios? En el mito psicológico del "héroe de las mil caras", ambos episodios tratan el destierro del héroe, el perfeccionamiento del entrenamiento del héroe con un maestro también desterrado, la búsqueda de las raíces y la muerte del mentor como paso previo para que el héroe se convierta, a su vez, en maestro.

Ambos episodios deberían de preparar al espectador para el episodio final, en el que el héroe alcanzará la maestría mediante el sacrificio y derrotará al villano y salvará al universo, autoimponiéndose al final como el "Señor de todas las cosas".

Un mito psicológico que podemos ver en casi todas las producciones de Hollywood, y que es casi una recete mágica que engancha perfectamente con nuestro sentido occidental de la justicia, la recompensa del esfuerzo del sueño americano, y la dualidad de la lucha del bien contra el mal.

¿Simple y trillado en ambas películas? Sí. La diferencia radica en todo lo demás.

En el episodio V todos los diálogos son perfectos; Yoda está decrépito, y aún así emana sabiduría por todos los poros de su piel. La búsqueda de las raíces tiene un desenlace terrible e inesperado en el caso del joven Luke, que casi le cuesta no solo su vida, sino también la de sus amigos. Y el destierro/huida de los rebeldes es magnífico y escueto en sus tres secuencias de batalla: sobre el planeta helado de Hoth, la huida de Solo por el campo de asteroides, y la lucha final para escapar de la Ciudad de las Nubes.

Por contraste, en el episodio VIII los diálogos son ridículos e hilarantes, destinados a un público adolescente, infantil o directamente idiota. Está claro que Luke no está a la altura de Yoda ni en sus lineas de diálogo ni en sus actos, y aunque se insinúa levemente la interesante idea de que la orden de los jedi debe desaparecer por el bien de la galaxia, no se profundiza en esta idea (ni creo que, por desgracia, se hará en el episodio final, y solamente es una linea de diálogo utilizada como excusa para hacer desaparecer a Luke de escena).

Uno de los pocos puntos a favor del episodio VII era el personaje de Rey, que recordaba a la Nausicäa de Miyazaki, y que levantaba en sus hombros toda la película; en el episodio VIII, sin embargo, Rey es impredecible y errática; la excusa argumental de la búsqueda de raíces convierte al personaje en un tentetieso que no sabe hacia donde ir, y en medio de ese desconcierto se lleva por delante la actuación de Daisy Ridley y toda la película se cae como un castillo de naipes. Y respecto a la huida de los rebeldes... con este mcguffin los guionistas han conseguido rellenar casi dos horas de las 2:38 que dura la película, a base de disparos de cañones, blasters y un montón de armas que (no podía ser de otra forma) son cada vez más potentes y "aterradoras" (sarcasmo). Solo se salva la escena inicial con los bombarderos rebeldes atacando el destructor. El resto son fuegos artificiales. Y para cerrar este capítulo, pero no por ello menos importante: ¿en serio el villano de esta trilogía va a ser el imberbe, niñato e imbécil de Kylo Ren?


 Durante un tiempo pensé ingenuamente que tal vez tras Snoke se ocultara un emperador Palpatine resucitado. Dado que esta nueva trilogía está claramente orientada a la generación "Potter", no se me antojaba descabellada una resurrección del emperador "a lo Voldemor", que al menos tendría la gracia de personificar toda la maldad de la saga en un único (y casi inmortal) personaje. Por desgracia, en esta película han dejado taxativamente claro, de un tajazo, que lal maldad también hay que rejuvenecerla, y parece que Kylo Ren va a ser esta personificación del mal (¿tal vez porque sea redimible? Permitidme que deje para otro artículo la obsesión que tienen los americanos por el pecado y el tema recurrente de la redención). No quisiera cebarme cruelmente con el personaje ni con el actor que lo encarna (Adam Driver), dado que salta a la vista lo ridículo del miscasting. Incluso creo que los guionistas se han dado cuenta y han intentado hacer de la debilidad una virtud, llenando el guión de referencias a un nieto que no está a la altura de su abuelo Vader y del consiguiente complejo de inferioridad. Si este complejo de inferioridad es en lo que se basa el conflicto de este personaje... que Dios nos pille confesados.

Guión

Sin embargo, un argumento mediocre no tiene por qué derivar en una mala película. Como hemos dicho, el episodio V no era el culmen de la originalidad (se basa en un mito psicológico muy trillado), pero sin embargo los diálogos eran perfectos, llenos de sabiduría, humor y confidencias entre personajes.

Desconozco si se trata de la traducción al castellano (sí, he visto la película doblada) pero algunas lineas de diálogo son absurdas ("no te machaques...", "casco cromado"...), intuyo que dirigidas a un público púber o infantil como el que llenaba la sala del cine.

En otras ocasiones, los diálogos son supuestamente épicos, dirigidos a epatar al espectador en un momento cumbre de lucha o drama. Con estos diálogos es con los que  más me he reído debido a su imbecilidad hueca y falsa. Si la actuación de los actores es reseñable por alguna cosa, es por recitar estas lineas sin descojonarse de risa ante las cámaras.

Interpretación

Sobre este apartado es sobre el que tengo más dudas, dado que no he tenido acceso a la película en su versión original en inglés. Sin embargo, la impresión es que en esta ocasión no se ha salvado ni el apuntador de unas actuaciones nada creíbles, tal vez porque los personajes o estaban desdibujados, o eran estereotipos con una personalidad dibujada a trazo grueso. Ni siquiera Rey ha sabido cómo encarnar al desconcertado (azotado) personaje de este episodio. No hablemos ya de Luke, Leia, Poe, Finn, Benicio del Toro, Laura Dern... o el resto de personajes de este colorido alegato multiracial que ha resultado ser esta nueva trilogía.

Podría decir que el único momento mágico ha sido la aparición del muñeco (¡sí!) de Yoda, manejado por el incombustible Frank Oz, en el que sin duda es la mejor escena y el mejor diálogo de toda la película. Tal vez solo por ese momento ha merecido la pena soportar todo lo que venía antes (y todo lo que viene después).

Conclusiones

¿Por qué?

Ésa podría ser la pregunta que todos nos hagamos cuando veamos esta trilogía. ¿Por qué el tono naif o directamente infantil de la película? ¿Por qué el villano es un imberbe? ¿Por qué hacer sostener el peso de la trilogía en personajes tan flojos y con tan poco carisma como Finn o Rey? ¿Por qué los veteranos han reducido su presencia a meros cameos o, directamente, han muerto en estos dos primeros episodios?

La respuesta es trivialmente sencilla: por dinero.

Quizá en los años 70 u 80 lo que llenaba las salas era un público más heterogéneo o culto, que acudía al cine igual que podía acudir a la ópera, al teatro o a un concierto de jazz. Sin embargo, en la actualidad los cines los llenan los adolescentes y pre-adolescentes, así como los niños pequeños con sus padres. Y es a este sector al que va dirigida la película: púberes que puedan identificarse con esa Rey, ese Finn o ese Kylo Ren; niños que puedan identificarse con ese chaval que coge la Nimbus-2000 en el último plano de la película; y por qué no incluir a algunos actores veteranos de la saga original que puedan atraer (a modo de cebo nostálgico) a los papás con niños de nuestros días.

Sí, es un hecho que en Hollywood la parte artística que tenía el cine ha muerto, y solo quedan sus restos fósiles, enterrados en carbonita, como huella en unos productos hoy manufacturados y perfectamente etiquetados y empaquetados. Y con ese arte han muerto también los sueños y la infancia de muchos de nosotros, que verdaderamente creímos aquello que nos dijeron de la libertad creativa y de que la franquicia iba a mejorar fuera de las garras del señor Lucas. Pecamos de ingenuidad, y hemos vuelto a hacerlo de nuevo con este episodio VIII.


No sé lo que pasará dentro de 2 años, pero gracias a Abrams ahora mismo no me importan un carajo el puñado de rebeldes que atraviesan el universo en el Halcón Milenario.

Y eso... eso no se lo perdonaré nunca.

jueves, 26 de octubre de 2017

Los que corren por el filo

1982. 2019. 2017. 2049.

Hace 35 años, el 21 de agosto de 1982, se estrenaba la versión cinematográfica de "Sueñan los androides con ovejas eléctricas", de Phillip K. Dick, quien había muerto cinco meses antes y no pudo tener la satisfacción de ver su obra adaptada al cine. Si es que se puede decir que "Blade Runner" es una adaptación, porque quien haya leído la novela y haya visto la película sabrá que, más allá de un leve hilo argumental (la caza de los replicantes), ambas obras tienen formas, intenciones y contenidos que las separan radicalmente.

Para empezar, la novela de Dick transcurre en 1992, mientras que el film de Scott transcurre en un Los Ángeles de 2019. El dato no es anecdótico. El director distancia al espectador más años de los que el escritor pretendía. Si para Dick el futuro tóxico esbozado en la novela estaba a la vuelta de la esquina (un par de décadas) y dentro de nosotros (el tema de la culpa es notorio en la novela del escritor de Chicago), Scott estira ese lapso temporal para provocar en el espectador aún mayor sentimiento de extrañeza, otreridad y onirismo. Esa es la clave de Blade Runner: provocar un sueño de imaginación, una vsión otros mundos (los mundos "exteriores" e "interiores") y, en última instancia, la suspensión de la incredulidad del espectador. A tal efecto contribuye el magnífico diseño de producción y de vestuarios, la banda sonora (tanto la extra-diegética de Vangelis como el diseño de sonido diegético) y las interpretaciones de los actores principales: un Harrison Ford frío como el sushi y una Sean Young hierática.

¿Y qué hay de la historia? Pues argumentalmente, poca cosa; como digo, la novela de Dick es podada notablemente en su guionización y de sus múltiples e interesantes hilos argumentales Scott se queda simplemente con el de la caza de los replicantes y prácticamente elimina los demás. No obstante, como la mayoría del mundo sabrá, existen pequeños huevos de Pascua escondidos y pensados para ser captados solamente por nuestro subconsciente: los origamis con los que Gaff va salpicando sus escenas; los sueños de Deckard; el ojo que contempla un mundo en ruinas; los animales sintéticos que van apareciendo. Unas pistas que nos hicieron soñar durante años con todas las historias que no se quisieron contar en "Blade Runner" pero que nuestra mente inconsciente y nuestros sueños sabían que estaban allí, ocultas tras un argumento premeditadamente esquelético y que dejaba el paso a un mundo visual y sonoramente onírico.

Por fin, tras 35 años soñando con la vuelta al mundo de Blade Runner, en 2017 Denis Villeneuve ha intentado hacer realidad esos sueños, enfrentándose para ello a un reto con el que que pocos directores y productores se hubieran atrevido.

Villeneuve sitúa su secuela en 2049, justo 30 años después de la primera parte. E intuyo que en parte fue así por el envejecimiento de sus actores, ya que el mundo dibujado por la cámara de Villeneuve parece el mismo que el de la película original: las calles de Los Ángeles siguen igual de atestadas de tribus urbanas, los anuncios de neón siguen flotando en los edificios (esta vez en forma de hologramas, la mayoría de contenido sexual)... y los Blade Runner siguen siendo el cuerpo de policías que se siguen encargando de despachar a los antiguos Nexus 8 (¿no vivían solamente 4 años?).

Y aunque no es exactamente el mismo mundo (se incide en el problema de la superpoblación -bonito homenaje a "Soylent Green" con el edificio de apartamentos de K, en el que la gente vive apiñada en las escaleras al igual que en el apartamente de Thorn en la película de Fleischer- y de cómo alimentar a tantos millones de personas -con criaderos de proteína), ya en los primeros minutos se puede intuir la intención homenajeadora de Villeneuve a la película original (más que a la novela de Dick). Efectivamente, el director canadiense intenta utilizar las mismas armas que Scott en Blade Runner, y logra dibujar espacios visuales de una belleza plástica apabullante, creando en nuestra imaginación mundos de bombas sucias y radiación de fondo, orfanatos de arquitectura industrial en medio de vertederos de chatarra, mansiones construidas con luz...


Cuanto más reposa en mi cabeza más evidentes son las similitude visuales y conceptuales entre ambas películas, empezando por la primera escena: el ojo de un replicante, y con la siguiente caza de un Nexos 8; el protagonista se enamora de un ser perteneciente a una (en teoría) escala inferior de humanidad, en una historia de amor fría e ¿imposible?; en ambas el blade runner realiza una investigación policial, de pista en pista, que le lleva a dar con los cabos sueltos que debe buscar; un policía duro y fanático en su fobia contra los replicantes es quien juzga al propio replicante que hace el trabajo sucio que la policía "de verdad" no quiere hacer; un magnate multimillonario y megalomaníaco que juega a ser Dios; una mansión vacía y hueca en la que resuenan los ecos del pasado y se ocultan individuos que no quieren ser encontrados; y un final de redención en el que un replicante es más humano que los humanos al sentir finalmente en su sintética piel el milagro de la Vida.


Pero no todos son homenajes, y el director de "Enemy" incorpora el gran tema principal de la película: el amor paterno-filial y la búsqueda de un origen... o de la consiguiente progenie; a la vez que consigue también escenas de autor de una belleza innegable, como el "parto" de un nuevo modelo de replicante, cayendo al suelo de una placenta sintética que parece... una simple bolsa de plástico transparente.

Todo ello con un ritmo peligrosamente pausado, en un momento en el que el cine mainstream se basa en la sucesión rápida de planos, en el que el espectador medio tiene menos de 30 años y en una cultura de apremio e inmediatez. Villeneuve corre continuamente por el filo de la navaja, manteniendo con frecuencia planos largos de 10, 15, 20 segundos, estira premeditadamente las escenas para que el espectador se sumerja en una nueva versión del distópico futuro que Scott nos dibujó. Y lo hace con éxito. Una película de 163 minutos que en ningún momento se hace pesada, y que además de homenajear la película de 1982 tiene la grandeza de retomar la historia original y de atar algunos de los (muchos) cabos que quedaron sueltos en aquella.


Como en la película de Scott, el nuevo argumento -que retoma con viejos y nuevos personajes la historia de la película original- no es impactante; tampoco pretende serlo. Es un trabajo más profundo de guión, de interpretaciones, de planos detalle, de sonidos... los que construyen la idea principal de la saga, transmitida más como sensaciones que con palabras: ¿Quiénes somos? ¿Qué nos hace humanos? ¿De dónde venimos? ¿Somos el plan de Dios? ¿O por el contrario somos dioses que creamos vida que engendra vida? ¿Cuánto vamos a vivir? ¿Nos destruirá nuestra creación? ¿Merecemos pervivir?


De hecho, el único defecto que le puedo achacar a la película es su exceso de diálogos, en una película a la que la ambigüedad y una mayor contención en las motivaciones de los personajes le hubiesen encajado mejor. Algo que ya había intentado Scott en su película pero al que la productora le obligó a añadir diálogos en off (amén del famoso happy-end que todos recordamos). Es así que probablemente lo peor de la película son los soliloquios de un Jared Leto algo sobreactuado y de un Harrison Ford al que los años le sientan cada vez peor.

No obstante sus defectos, Blade Runner 2049 es una obra de ciencia ficción sobresaliente, rara avis en nuestros días y que recupera el espíritu no solo de la película original, sino de otros clásicos de ciencia ficción que solo podían rodarse en otras épocas...

en otros mundos...



sábado, 22 de agosto de 2015

Un cambio de órbita

Tal día como hoy hace diez años empezaba la aventura madrileña que la mayoría conocéis. Fue entonces un tiempo de cambios vitales, en los que empezaba a trabajar por primera vez, me iba a vivir fuera del hogar de mis padres, iba a compartir piso, iba a generar un nuevo y amplio círculo de amigos, iba a mantener mi primera relación sentimental profunda. En definitiva, iba a dar un salto de piñón en la bicicleta de la vida.

Diez años después intuyo otro cambio de piñón... el tiempo dirá si ha sido de subida o de bajada. He vuelto a vivir a Asturias, me he casado, me he comprado coche, he comprado mi primera propiedad inmobiliaria (un garaje para poder añadir un trastero, no os alarméis) y voy a empezar a trabajar en Gijón. Nuevos amigos y viejos amigos, nuevo entorno y viejo entorno, nuevo trabajo pero mismo trabajo.

Como digo, es un cambio de ciclo con varias capas de cebolla. Si rascamos un poco, podremos ver que bajo la capa de cambio se oculta una etapa en la que vuelvo a reencontrarme con muchas cosas de mi pasado. Confío en que se trate de una espiral creciente, en la que a los 360º vuelvo a reencontrarme, y tal vez reconciliarme, con facetas de mi pasado de las que no guardo precisamente el mejor de los recuerdos... pero en una órbita mayor, gracias a las habilidades adquiridas estos últimos diez años para poder ser Consciente, agradecer todos aquellos recuerdos y reconciliarme con ellos, asumiéndolos como parte de un crecimiento vital que me ha hecho llegar hasta donde ahora me encuentro.

Nuevos amigos y viejos amigos: no hay duda de que algunas amistades de Asturias se han enfriado. Algunas de esas amistades son un recuerdo agridulce de un pasado en el que no estaba satisfecho con mi vida. Agrio porque son el recuerdo de aquellas noches pasadas en vela en la que nos dejábamos llevar por la gente, el momento y el alcohol, sin que lo que hacíamos fuese realmente algo que nos gustara. Dulce porque siguen siendo, al menos en mi mente, buenos amigos.

Nuevo entorno y viejo entorno: voy a trabajar en el Parque Tecnológico de Gijón, a escasos trescientos metros de la facultad de Informática donde pasé siete años de mi juventud. También agridulces son los recuerdos de aquellos años: aunque hay cosas de esa época y de esa facultad que recuerdo con desazón, falta de confianza, inseguridad e incluso hastío, no puedo negar que también en aquellos años adquirí muchas habilidades importantes para mi posterior devenir profesional, y reafirmé algunas amistades que siguen siendo importantes en mi constelación de amigos. Incluso conocí a amigos con los que más tarde coincidiría en Madrid, e incluso con algunos de ellos llegué a compartir piso.

Nuevo trabajo y viejo trabajo: con una extraña vuelta de tuerca, vuelvo al mismo trabajo con el que me fui a Madrid (en realidad una gran compañía absorbió a la pequeña compañía con la que me fui a Madrid, y ahora esa gran compañía va a abrir una delegación de consultoría en Gijón). Sin duda éste tal vez sea el reto principal. Salí bastante quemado del mundo de la consultoría, jurando una y mil veces (como en un tango de Gardel) que no volvería a él por nada del mundo. Sin embargo, una oportunidad de retornar a Asturias con un trabajo interesante y con un buen sueldo, no se presenta tan a menudo, así que la balanza se decantó finalmente por el lado de los "pros".

Para manejar todos estos retos de integración, mis herramientas principales van a ser las habilidades de asertividad, inteligencia emocional, gestión del esfuerzo y del estrés y, sobre todo, la Observación Consciente. Cada vez estoy más convencido de que se puede ser feliz en cualquier circunstancia y de que todo lo que nos pasa, tanto lo bueno como lo malo, solo se debe a nuestras creencias y nuestros valores, que determinan nuestra conducta frente al entorno, sea hostil o benigno.

Por otro lado, mi gran bastión en la retaguardia es sin duda mi compañera, Tania, que sé que va a estar ahí para ayudarme en todo lo que pueda.

Porque este cambio de piñón, sin duda, tiene como objetivo comenzar de verdad una nueva vida juntos, construir un Hogar en el que podamos ser felices y ampliar la familia, si Dios quiere, y continuar desarrollándonos en todos los niveles... pero esta vez juntos de verdad. Porque dos naranjas completas hacen mejor zumo que dos medias naranjas o que una naranja sola.

Así que, vomitado todo esto, solo me queda lanzar el grito de guerra paz: ¡Allá vamos Asturias!

lunes, 7 de julio de 2014

Desmontando el ERA

Estamos viviendo tiempos de cambios, y el mayor cambio es que por fin estamos empezando a creernos que algunas cosas están cambiando, tal vez para siempre; concretamente, estamos empezando a darnos cuenta de que el sueño de socialismo colectivista en el que algunos creían vivir, se está viniendo a bajo y se están destapando sus debilidades y miserias.

Uno de los casos más flagrantes lo estamos viviendo en mi familia en nuestras propias carnes. Tras una reunión con una trabajadora del ERA (Establecimientos Residenciales de Asturias, o lo que es lo mismo, las Residencias Públicas para ancianos) de la Residencia en la que mi abuela lleva residiendo 21 años, nos estamos enterando de que, aunque mi abuela paga el 75% de su pensión de viudedad al ERA, lo que falta para cubrir el coste de la plaza (más de 1.400€ para una plaza de nivel 3 de dependencia) no es "condonado" por las arcas del Estado ni por las del Gobierno Autonómico, sino que se acumula una deuda que, a día de hoy, en el caso de mi abuela roza los 140.000€. Echen las cuentas: 21 años x 1.000€ de deuda ¡mensual! (mi abuela cobra una pensión de viudedad que no llega a los 600€).

Consecuencia: tras la descentralización de competencias, las administraciones regionales que no tienen dinero están empezando a reclamar las deudas de personas fallecidas a los herederos de las mismas. Tiempo atrás, en vacas gordas, este tipo de deudas se condonaban. Ahora se reclaman las cuentas bancarias, se realizan amortizaciones parciales, se reclaman pisos puestos en garantía. Y si aún así los bienes del fallecido son insuficientes, los herederos tienen que cubrir el resto de la deuda.

Imagínate que tu padre fallece tras llevar 20 años en una residencia, y que lo que heredas sea una deuda de 200.000€. Ésa es la situación a la que se están enfrentando en estos días muchas familias asturianas, acuciadas por reclamaciones del ERA de la deuda generada por sus familiares fallecidos.

Si muchos seguís sin creer esto que os estoy diciendo, podéis consultar el BOPA, donde incluso hay disponible un modelo de contrato.

¿La solución? Tras pasar por un prestigioso bufete de abogados de Oviedo, parece que la mejor opción pasa por heredar a "beneficio de inventario", una fórmula jurídica que, en caso de que la herencia conlleve una deuda, ésta solo pueda ser pagada (total o parcialmente) con el inventario de bienes de la persona fallecida, y nunca con bienes de los herederos. Otra opción, algo más engorrosa, es una renuncia total a la herencia, aunque en este caso (a) deben renunciar todas las generaciones de herederos (hijos, nietos y hermanos de la persona fallecida y (b) el ERA puede abrir una instancia judicial para posicionarse como heredero, y evitar que los bienes de la persona fallecida acaben en manos del Estado.

Afortunadamente mi abuela aún está con vida (y que dure muchos años), aunque el hecho de saber que está generando unos 1.000€ mensuales de deuda me hace preguntarme qué ha sido del Estado de Bienestar, de esa utopía socialista en la que muchos creímos vivir hace algunos años. Es evidente que la Economía lo es todo, y no puede haber prestaciones sociales sin un modelo de gestión económica que lo sostenga.

Pero cuando ya ni siquiera te puedes morir sin endeudar a tus hijos, cuando la muerte se convierte en un negocio, cuando el oscurantismo de las administraciones públicas hace que no tengan la obligación de informar al residente del estado de su deuda pendiente, cuando desde el propio Centro te niegan una copia del contrato y te mandan a Oviedo a pedir un certificado de deuda, cuando la propia trabajadora social, puesta entre la espada y la pared, te dice que llegado el momento debes renunciar a la herencia de tu madre para no asumir la subsiguiente deuda... llega un momento en el que la realidad supera a la ficción, a esas ficciones distópicas que solíamos leer de pequeño (Un mundo feliz, 1984, Mercaderes del Espacio, Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas, Nosotros...).

El futuro ya está aquí. Tanto jugar con él a "Un dos tres palomita blanca es", y el cabrón ha llegado a nuestra casa sin que nos diéramos cuenta. Ahora solo nos queda apretar los dientas y aguantar, porque hace tiempo que nos estaba dando por el culo, pero solo es ahora cuando esa sensación molesta en el recto ha comenzado a doler de verdad.

miércoles, 28 de mayo de 2014

jueves, 15 de mayo de 2014

El viento se levanta

Elevar un discurso elegíaco sobre la figura de Hayao Miyazaki es, a estas alturas, una redundancia solo apta para hipsters del tres al cuarto. Miyazaki es uno de los pocos directores de cine que se va a retirar por cuarta vez, así que ha logrado que en cada una de dichas ocasiones se hayan escrito análisis y repasos varios a su filmografía. 


De estos "falsos retiros" han salido al mercado diferentes estudios sobre su carrera cinematográfica y sobre el estudio donde la ha llevado mayoritariamente a cabo (Studio Ghibli). El mejor de los ensayos que he leído en español es, sin duda, 

"El mundo invisible de Hayao Miyazaki", donde su autora Laura Montero disecciona cada uno de sus trabajos con una precisión de cirujano, y ofrece una tesis llena de referencias culturales que resultan extremadamente útiles para interpretar películas donde el costumbrismo tradicional japonés influye en la comprensión misma de la obra. 

Pero por muchos estudios que se hayan hecho de su obra pasada, pocas pistas nos hacían presagiar lo que se nos iba a ofrecer en la que -vuelve a insistir Miyazaki- será su última película. 

"El viento se levanta" ("Kaze Tachinu") (atención, SPOILERS) es ni más ni menos que una especie de amarga autobiografía artística de Miyazaki, una inclinación de despedida ante su público y un telón que se cierra; un repaso en el que el autor de películas como "La Princesa Mononoke" echa la vista atrás y confiesa cómo una vida dedicada al arte llegó a canibalizar otras facetas de su vida, como la familia, los amigos y el amor. 

Aunque las críticas y valoraciones que he leído escriben que el alter ego de Miyazaki en "El viento se levanta" es el diseñador de aviones italiano Caproni, en mi opinión el verdadero alter ego de Miyazaki no es otro que el protagonista de la cinta, Jirô Horikoshi, y es desde esta óptica desde la que la película se convierte en un auténtico testamento autobiográfico.

En efecto, el mcguffin narrativo de la película (por cierto, un auto homenaje a su propia película de 1992, "Porco Rosso", y toda una obsesión personal: los aviones) es un biopic sobre el diseñador de aviones Jirô Horikoshi, quien diseñaría el caza de combate Zero, con el que Japón atacó Pearl Harbour, entrando así en la II Guerra Mundial. Este retrato recorre desde la niñez de Hirokoshi hasta que éste por fin consigue finalizar con éxito los diseños del Zero, y muestra el aprendizaje vital del personaje a la vez que hace un retrato del Japón de la época... y en esa época la foto de ese Japón imperial sale movida: Miyazaki no es en absoluto benévolo en su visión de un Japón agotado por el expansionismo militar y empobrecido por el terremoto de Kanto de 1923, pero que aún así se alía con Alemania en el éxtasis cenital de su aventura colonialista por el sudeste asiático a principios del siglo XX. Hay que recordar que en aquellos años Japón había invadido Manchuria y se había hecho con el control de Taiwán y varios archipiélagos del Pacífico.

Miyazaki retrata este expansionismo, y la alianza tripartita que permite al joven Hirokoshi viajar hasta Alemania para conocer la tecnología alemana del momento. Este viaje de aprendizaje es un reflejo de los primeros trabajos de Miyazaki como animador y localizador de fondos, en los que se tuvo que desplazar a los Alpes para trabajar las localizaciones de "Heidi", "Marco" y "Ana de las Tejas Verdes", y que le foguearon para futuros trabajos de encargo ("Arsene Lupin: El castillo de Cagliostro"), al igual que a Hirokoshi le solicitan un trabajo de encargo en el que no cree (el mecanismo de soporte del ala de uno de los prototipos de Mitsubishi para el ejército nipón). 

El genio de Hirokoshi no despuntará, sin embargo, hasta que la compañía de aviones le dé completa libertad creativa en cuanto al diseño del nuevo avión de combate (si buscamos el reflejo en la vida de Miyazaki, podemos ver la eclosión de esta libertad artística en "Nausicäa del Valle del Viento", basada en el manga homónimo del propio Miyazaki). Una genialidad que no evitará ciertos errores de principiante, como el primer caza diseñado -que se desintegra en pleno vuelo (al igual que en la filmografía de Miyazaki hay fracasos y proyectos que se quedaron literalmente en el tintero). 


Ambos genios, desde sus respectivas mesas de dibujo, delinean sus vidas en base a unos valores basados en el sacrificio de todo lo demás por mor de ese arte, esa cima creativa que, en palabras de Caproni, "solo dura unos diez años". Esa cima creativa en la que el viento de la vida se levanta, y hay que intentar vivir y explotar esa vocación artística al máximo de sus posibilidades.

Ese viento creativo y vocacional puede llegar a ser un huracán que haga volar todo lo demás por los aires. Así, aunque la película nos muestra cómo Hirokoshi conoce en una casa de reposo a Naoko, quien a la postre será el amor de su vida, la obsesión de Jirô por su trabajo hará que la relación entre ambos acabe condensándose cada día en los pocos instantes que están juntos antes de que Hirokoshi se vaya a trabajar o después de que vuelva de jornadas de trabajo maratonianas. Unas manos que se estrechan mientras Hirokoshi sigue trabajando en el tatami del dormitorio con la otra mano, es lo único que queda de ese amor. Miyazaki parece insinuar que esa mano entrelazada es suficiente. Pero, ¿lo es acaso para Naoko?


En cualquier biografía del autor de "El castillo ambulante de Howl" encontraremos alguna reseña sobre la incompetencia de éste como padre. Su propio hijo Gorö llegó a declarar que Hayao Miyazaki era "un cien como director... y un cero como padre". En "Ponyo en el acantilado" ya se puede vislumbrar una especie de sentida disculpa de Hayao Miyazaki hacia su hijo, con esas dos figuras paternales de la cinta: la del marinero ausente (padre de Sosuke) y la autoritaria y obsesionada (padre de Ponyo). 

Pero sin duda en "El viento se levanta" esa disculpa (o justificación, como se quiera ver) es más evidente aún. Hirokoshi está tan ausente que no duda en fumar dentro del dormitorio, aun cuando su mujer Naoko padece de una grave enfermedad pulmonar (y ella le invita a hacerlo). Naoko es esa mujer abnegada, sacrificada, cuyo amor hacia Hiro es tan grande que sacrifica lo poco que ambos tienen, tiempo, para que aquél pueda dedicarse en cuerpo y alma a la obsesión de su vida, el diseño de aviones, sueños que se levantan en el aire... y desaparecen. 

En Naoko se funden las dos mujeres de la vida de Hayao Miyazaki: su mujer y su madre (quien, por cierto, también padeció de tuberculosis en la vida real -como Miyazaki dibujaría en "Mi vecino Totoro"). De esta manera, siguiendo la idea anterior, esa disculpa o justificación que en "Ponyo en el acantilado" iba dirigida a su propio hijo, en esta ocasión es extrapolada y dirigida con más fuerza aún hacia su madre y su mujer. "El viento se levanta" es el "My Way" particular de Hayao Miyazaki que, en el otoño de su vida, echa la mirada atrás e intenta justificar toda una vida de la única manera en la que supo vivir: dedicado en cuerpo y alma a su trabajo y a su vocación artística. 


Una película, pues, llena de amargor, en la que los propios valores de esfuerzo y superación a través del trabajo (unos valores muy en consonancia con la cultura japonesa) son quizá puestos en entredicho por alguien que los ha grabado a fuego en su propia vida y tal vez, cuando se vislumbra el final del camino, surge una nota de arrepentimiento por el tiempo perdido. 

O no. Tal vez el autor de películas como "El viaje de Chihiro" simplemente haya intentado explicarse (¿justificarse?) a sí mismo. Los demás tal vez no puedan llegar a comprender el compromiso que un artista adquiere con su vocación artística, pero es posible que Miyazaki haya hecho un esfuerzo con "Kaze Tachinu" por intentar explicarlo. Al fin y al cabo, lo queramos o no lo queramos, llega un momento en el que todos nos tenemos que ver cara a cara con situaciones en las que tenemos que poner a prueba nuestros valores, y comprobar cuán resistentes son. Ése es el momento en el que el viento se levanta... y hay que intentar vivir. 


"Le vent se lève!... Il faut tenter de vivre!"

lunes, 24 de marzo de 2014

Picos Gemelos

El 15 de noviembre de 1990 yo tenía 10 años y aún no me había salido la pelusilla del bigote, y Telecinco no llevaba ni un año de Mamachichos, cuando se estrenó en España una serie que, a la postre, revolucionaría el concepto de serie televisiva.

Su creador, David Lynch, venía de dirigir uno de sus mejores cintas ("Blue Velvet"), pero a pesar del éxito crítico no consiguió financiación para sus siguientes proyectos cinematográficos. El destino quiso entonces que Lynch aceptase colaborar con Mark Frost en la creación de la serie televisiva "Twin Peaks". O lo que es lo mismo, historia de la televisión.

El argumento de Twin Peaks es aparentemente sencillo: en un pequeño pueblo cerca de Washington es localizado el cadáver de una joven, identificada como Laura Palmer. Aparentemente, una muchacha que representaba el ideal de belleza, bondad y dedicación americano: abnegada, trabajadora, buena hija y amiga de sus amigas. Nadie entiende cómo ni por qué fue asesinada. Sin embargo, a medida que el detective del FBI Dale Cooper llega al pueblo y va investigando el caso, las cosas se van complicando y nada es lo que parecía en un principio.

Tras este simple plot, en realidad un McGuffin, se entremezclan dos historias en una: por un lado una historia realista sobre el horror y la hipocresía que puede ocultar un pequeño pueblo, aparentemente idílico; y por el otro, una historia onírica sobre el bien y el mal, el anverso y el reverso que todos llevamos dentro, la guarida blanca y la guarida negra, el mito psicológico del gemelo malo ("doppelgänger") y de Jeckyll y Hyde. Podríamos decir que Laura Palmer es el nexo de unión entre ambas historias, al ser la víctima propiciatoria de un mal que parece haberse instalado en Twin Peaks, tras años confinado en los bosques (una metáfora de la parte oscura de nuestra mente). Ambas historias (la realista y la onírica) conviven en un equilibrio aparentemente imposible gracias al humor surrealista que impregna (casi) todos los capítulos, sirviendo de válvula de escape para la línea argumental realista, y de puerta de entrada a la linea argumental onírica.

Es innegable que la serie tiene varias lecturas, fruto también del paso de varios guionistas y directores por la misma. David Lynch abandonaría la serie a principios de la segunda temporada (cuando los productores le obligaron a revelar la identidad del asesino de Laura Palmer) y solo volvería para dirigir el último episodio de la serie y firmar el que probablemente sea el mejor episodio de la misma. Este episodio (tras haberse cerrado de forma prematura la primera historia, la realista) vomita sobre el espectador todo lo que, a lo largo de la serie, se había intuido de la linea argumental onírica y metafísica. Por tanto, puede ser un final difícil para aquellos que esperaban una conclusión, una moraleja o un final feliz de la primera historia.


Sin embargo, David Lynch retomaría la historia de los habitantes de "Twin Peaks" en la película "Twin Peaks: Fuego camina conmigo" (1992) para volver a darnos un tercer punto de vista sobre la película, entroncado ligeramente con la historia onírica (de hecho la película comienza con una secuencia absolutamente demencial de David Bowie y Chris Isaak) pero más centrado en el relato de la tragedia personal de Laura Palmer, retratando los días previos a su asesinato y clarifica algunas de los flecos de la historia que habían quedado sin explicación al final de la serie.

Sin duda, lo más revelador de la película es precisamente el enfoque realista que David Lynch decide dar a la historia, en el que los pequeños momentos oníricos podrían perfectamente ser fruto de los delirios provocados por la tragedia personal que la joven Laura Palmer está sufriendo en su cuerpo y en su mente. Si en la serie los momentos dramáticos se centraban en personajes corales y Laura era el "misterio" a través del que estos personajes deambulaban, en la película Laura es la protagonista absoluta de la película, y quienes la rodean son espectadores pasivos del drama que está a punto de acontecer.

Podríamos decir, por tanto, que a pesar de ciertos defectos en determinados momentos de la serie, la impresión general es desconcertantemente cautivadora. Esa mezcla de retrato coral, horror, humor surrealista, escenas oníricas, misterio, bosques nocturnos, motoristas, tragedia, bares de carreteras, encanto rural, prostíbulos, mafiosos, detectives, semáforos, búhos, jazz y tarta de manzana... hace que sus defectos pasen desapercibidos y sus virtudes queden en nuestra memoria como el recuerdo de un viejo amigo al que hace muchísimo tiempo que no vemos pero al que seguimos rememorando con enorme cariño.