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jueves, 27 de febrero de 2014

Quince millones de méritos

Black Mirror es una serie de televisión británica que se empezó a emitir en Channel 4 en diciembre de 2012 y que de momento consta de dos temporadas de tres episodios cada una.

El primer episodio es una (nunca mejor dicho) obra de arte que en los treinta últimos segundos pasa de ser un vibrante thriller político/policíaco a una brillante denuncia distópica sobre la alienación del mundo actual.

La serie es magníficamente descrita por su creador, Charlie Brooker, en una entrada de la Wikipedia:  
"Si la tecnología es una droga -y se siente como una droga- entonces, ¿cuales son los efectos secundarios?. Esta área -entre el placer y el malestar- es donde Black Mirror está establecida. El "espejo negro" (black mirror) del título es lo que usted encontrará en cada muro, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente."
Sin embargo, es del segundo episodio de la primera temporada ("15 millones de méritos") del que me gustaría resaltar algunas cosas. Lo siguiente son SPOILERS.

Ya desde su título es una pieza ambigua, difícil de digerir, en la que se exige al espectador un esfuerzo para entender lo que está pasando. ¿Quiénes son esos jóvenes que solo salen de sus celdas recubiertas por paneles de televisión para pedalear en unas extrañas bicicletas? Se insinúa que las bicicletas son para producir energía, pero, ¿para qué se utiliza esa energía? ¿Por qué en todo el episodio solo aparece gente joven? ¿Quiénes dirigen el mundo en la sociedad que se nos muestra?

A medida que transcurre el episodio, algunas de las piezas se van encajando, y de la extrañeza inicial pasamos al estupor, y de ahí a la indignación, para finalmente caer en un profundo estadio de rabia y abatimiento. Sin embargo, algunas de las cuestiones arriba mencionadas no terminan de ser aclaradas.

¿O sí lo son?



En el último plano, el protagonista aparece pensativo, ¿derrotado?, observando a través de la pantalla un hermoso paisaje y un cielo azul por el que vuelan unos pájaros.

¿Ha sido nuestro protagonista comprado por un apartamento mejor, con vistas al exterior... o ni siquiera eso? ¿Tal vez las ventanas (que no se pueden abrir) no sean tales, sino más pantallas de televisión (con más definición que las de su celda anterior, pero pantallas al fin y al cabo? ¿Sigue siendo un prisionero, encerrado esta vez en una jaula de oro?

La ambigüedad con la que juega la serie con este último plano es magnífica, pero como aficionado a la ciencia ficción dura, el penúltimo plano me resulta incluso más interesante:



Vemos al protagonista desde el otro punto de vista. Si las ventanas resultan ser tales, por primera y única vez, la cámara se sitúa en el "exterior" del mundo. Y lo único que apreciamos de ese "exterior" es lo poco que se refleja en el cristal. 

¿Y qué parece?

Un vasto espacio negro. La línea del horizonte de un planeta azul. Y un pequeño punto grisáceo (¿un satélite artificial?) que se mueve frente a la mirada perdida y ciega del muchacho. 

Reconozco que es una hipótesis descabellada, sin duda sugerida por mi bagage como lector de ciencia ficción "dura", pero la mejor explicación que se me ocurre para el "mundo" que vemos en el capítulo (un mundo cerrado donde las personas viven en pequeños habitáculos, donde se crean distracciones para mantenerles ocupados, pedaleando para generar una energía que no sabemos a qué se destina) es la de que viven en una nave colonia, tal vez orbitando alrededor de una Tierra que ha dejado de ser habitable. 

Ridícula o no, es una ambigüedad que se suma a las incógnitas y a las preguntas que el episodio plantea en la mente de los espectadores. Y como gran obra de arte, es lo suficientemente valiente como para no intentar dar ninguna solución y dejar que sea el espectador quien tenga que hacer un esfuerzo para rellenar los huecos y construir sus propias respuestas. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Terramar

Hace unos quince años que oí hablar por primera vez de una tal Ursula K. Le Guin. Una escritora (¡mujer!) que se atrevía a escribir ciencia ficción, en un mundo en el que mis referentes literarios eran exclusivamente hombres: Asimovs, Clarkes, Pohls, Nivens... poblaban mis estanterías. Últimamente habían metido el cuello incluso los Aldiss, los Lems y hasta los Borges. ¿Pero mujeres? ¡Válgame el cielo! El primer y último libro de ciencia ficción que había leído ("Almas", de Joanna Russ) me pareció un truño de proporciones épicas (sigue siendo uno de los pocos libros que no he conseguido acabar), y no sé si fue a raíz de aquello, o de una educación literaria más bien machista, que no volví a coger un libro de ficción especulativa escrito por una mujer hasta que, recomendado por algunas críticas en es.rec.ficcion.misc, descubrí "La mano izquierda de la oscuridad" de Ursula K. Le Guin (nota: tal vez por esta época también leí el clásico de Mary Shelley "Frankenstein"; aunque por su estatus de "clásico", probablemente en aquella época no lo consideraba ni siquiera un libro de género).

Aunque no recuerdo exactamente el argumento del libro de Le Guin (estamos hablando de quince años), aún puedo rememorar el regustillo con el que lo cerré; la sensación de haber experimentado algo nuevo, una visión sobre la humanidad escrita con una sensibilidad inimaginable en los autores a los que yo estaba acostumbrado; y una visión de la ciencia ficción como herramienta vehicular para proyectar futuros cercanos y sociedades ficticias en las que reflejar y enfrentar nuestra propia realidad social (o para hablar apropiadamente, la realidad social del momento del que cada obra es hija).

Tras aquel primer encuentro, leí "Los desposeídos" y "El nombre del mundo es Bosque", las siguientes novelas de K. Le Guin, con idénticas sensaciones.

Sin embargo, no me embarqué en su universo más famoso ("Terramar") hasta hace unos meses. Aunque he seguido leyendo ciencia ficción, no lo he hecho al ritmo al que la devoraba en mi adolescencia, y en los últimos años mi menú he ido añadiendo mainstream y mucha no ficción. El caso es que fue el año pasado cuando adquirí el tomo recopilatorio "Historias de Terramar", que recogía las cinco novelas largas ambientadas en Terramar, y recientemente lo he finalizado.


De nuevo me he vuelto a reencontrar con la escritora de "La mano izquierda de la oscuridad", en esta ocasión orientada a la fantasía de espada y brujería, pero impregnando cada página de la misma sensibilidad y profundidad. Una profundidad metafísica que se destila en cada linea argumental, y que convierte la pentalogía en (ni más ni menos) una reflexión sobre la mortalidad, sobre lo que supone ser humanos, y sobre la aceptación de la pérdida y la muerte. Al mismo tiempo, propone algunas buenas praxis para que nuestra vida "fluya" en ese (a veces amargo) camino. En ese sentido, tanto la figura del protagonista masculino (Ged) como la de la protagonista femenina (Tenar) son figuras prototípicas (que no estereotípicas) que la autora va dibujando con cariño a lo largo de sus diferentes momentos vitales (desde que ambos son niños hasta que los dos son casi ancianos); personajes en los que Le Guin intenta plasmar esas claves (esa moralidad, fuerza y energía transpersonal) que permiten a los personajes sobrevivir, avanzar y, pese a todo, ser felices.

Le Guin consigue con las historias de Terramar una prosa que, sin dejar de ser literatura de corte juvenil, se escapa sin ninguna duda a esa etiqueta y se convierte en Literatura con mayúsculas, en un ensayo sobre el alma humana, sus anhelos de inmortalidad, sus miedos, sus frustraciones y sus deseos. Las historias de Terramar cuentan el viaje iniciático, pero sobre todo, lo que pasa después de volver de dicho viaje (un poco al estilo de las últimas 70 páginas de "El señor de los anillos"), en el que el adulto, una vez enfrentado a su propio destino, regresa más sabio, y más humilde (ambas cosas suelen ser lo mismo). Y el lugar al que regresa, como ocurre en "El retorno del Rey", no es el mismo del que partió. O el protagonista ya no es el mismo. Y esa verdad es la que trasciende la mera fantasía de espada y brujería.


"Si deseas felicidad durante una hora, tómate unas copas. Si deseas felicidad durante un año, enamórate. Si deseas felicidad durante toda una vida, hazte jardinero."

Tal vez Le Guin tuviese en mente este proverbio chino cuando escribió las historias de Terramar, pues encaja perfectamente con la cronología de sus novelas. Podríamos decir que la primera novela ("Un mago de terramar") son esas copas metafóricas que el joven (nuestro protagonista el mago Ged) se toma para intentar camuflarse como adulto. Así, de forma irresponsable y prepotente, invoca un hechizo cuyas consecuencias le marcarán de por vida. En el segundo libro ("Las tumbas de Atuan") se produce el enamoramiento (mago y sacerdotisa se conocen en las Tierras de Kargad). El tercer libro ("La costa más lejana") es un libro bisagra, ese punto de inflexión, ese "momento tranquilo, con la respiración contenida, antes del cambio" que une esas dos primeras partes más juveniles, ese camino hacia la madurez, con las dos obras finales. Y son esas dos obras finales ("Tehanu" y "En el otro viento") los trabajos del héroe sabio que ha renunciado a la fogosidad de la juventud y a la maestría para dedicarse a plantar coles y cuidar cabras y mirar, solo de vez en cuando, la paleta de colores cálidos que el amanecer y el atardecer pintan sobre los océanos de Terramar, mientras son otros los que se dedican a salvar el mundo.

Antes hablaba de "El señor de los anillos" para comparar la obra de Le Guin con el referente más conocido de la literatura de género. No obstante, las diferencias son abundantes. En la trilogía de Tolkien prima la suspensión de la incredulidad, el libro está repleto de nuevas razas, idiomas y seres fantásticos. En la saga de Le Guin, sin embargo, podríamos estar en cualquier archipiélago mediterráneo: la descripción de los pescadores, los artesanos y los mercaderes de Terramar no es muy distinta de la que podría hacerse de cualquier cultura vinculada al mar de las que podamos conocer en el mundo real. Con tan solo dos matices: Le Guin incluye la magia (en realidad, una maestría sobre el Habla Antigua, que permite dominar las cosas y los seres vivos a través del conocimiento de sus nombres)... y los dragones.



Otra diferencia entre ambas obras son sus versiones cinematográficas. Mientras que "El Señor de los Anillos" tuvo una más que digna y costosa trilogía a cargo de Peter Jackson (quien parece estar matando a la gallina de los huevos de oro con la trilogía de "El Hobbit"), en el caso de Terramar la versión cinematográfica ha corrido a cargo de Goro Miyazaki (sí, el hijo de Hayao Miyazaki) en forma de pequeña producción animada desarrollada en el seno del estudio Ghibli, "Cuentos de Terramar". Aunque el espíritu de la pentalogía se condensa en un hábil guión que mezcla elementos de los cinco libros, el producto final, aún siendo honesto y sincero con la obra a la que homenajea, no tiene ni la fuerza ni la sensibilidad de la obra escrita. Probablemente Terramar se merezca varias películas que permitan el ritmo tranquilo y pausado que necesita para una correcta adaptación.


Además de la obra de Goro Miyazaki, existe una producción de Sci-Fi Channel que aún no he visto ("La leyenda de Terramar"), aunque por las pocas imágenes a las que he tenido acceso, no parece que el producto final haga honor a las fuentes literarias en las que se inspira.

En definitiva, si he conseguido atraer la atención de alguien sobre esta autora y su obra, os recomiendo que os alejéis de "Cuentos" y "Leyendas" y consigáis las "Historias" de Terramar, el libro recopilatorio de Le Guin que incluye sus cinco novelas sobre el archipiélago de Terramar y los pueblos, los magos y los dragones que navegan y vuelan entre su miríada de islas.


"Solo en el silencio, la palabra. Solo en la oscuridad, la luz. Solo en la muerte, la vida. El vuelo del halcón brilla en el cielo vacío." (La creación de Ea)


sábado, 11 de enero de 2014

Vampiros Dixies

Aunque ni mucho menos se puede hablar de una moda, recientemente he accedido a un par de materiales de características similares (una película y una novela), en el que el fenómeno exploitation de vampiros se traslada al sur de los Estados Unidos, en un contexto pre-secesionista y con el asunto esclavista en el epicentro de un drama en el que los vampiros no solo eran meros observadores de este panorama, sino parte activa del mismo.

La película a la que me refiero es "Abraham Lincoln: cazador de vampiros"; un producto más que digno, con una buena dirección a cargo de Timur Berkambetov (al que recordamos por dos películas de culto rusas como son "Guardianes de la Noche" y "Guardianes del Día) y guión de Seth Grahame-Smith, basado en su propio best-seller homónimo (y autor del ya clásico "Orgullo y Prejuicio y zombies").

Como digo, la película es un divertimento muy bien llevado a cabo, un cóctel de venganza, acción, historia, aventuras y una pequeña dosis de gore. En su parte final la película vuelve a cambiar de registro y asistimos a la parte más interesante: una intriga en la que los vampiros se alían con los estados sudistas para vencer a los yankis en la batalla de Gettysburg y reclamar, como recompensa por la ayuda prestada, barra libre para siempre en la yugular de los esclavos negros de las plantaciones de algodón para aplacar su sed de sangre.


Una visión de los esclavos negros como ganado que me recordó inevitablemente al clásico de George R. Martin, "El sueño del Fevre", en el que el argumento es poco menos que idéntico al de la película: un vampiro redimido intenta detener las matanzas de esclavos que otros vampiros están llevando a cabo en el sur de los Estados Unidos. Para ello construye el barco de vapor "Fevre" y se alía con un humano para patrullar el Misisipi e intentar detener a su enemigo, en pleno conflicto pre-bélico Norte-Sur.

Curiosamente, los créditos de la película solo mencionan el guión de Seth Grahame-Smith basado en su propia novela de 2010, y no mencionan la novela de George R. Martin (de 1982), aunque el parecido entre ambas es muy sospechoso.

En cualquier caso, casualidad, plagio, homenaje o moda, lo cierto es que gracias a la película de Berkambetov se ha puesto de relieve esta variante exploitation del género vampírico que ojalá ayude a rescatar joyas como la novela de George R. Martin (cuyas magníficas obras previas a "Juego de Tronos" parecen haber sido tristemente eclipsadas por la saga de la Canción de Hielo y Fuego).

martes, 7 de enero de 2014

After After Earth (breve ensayo sobre M. Night Shyamalan)




"After Earth" es la última película de M. Night Shyamalan, al que la mayoría recuerdan por ser el director de "El sexto sentido". En realidad, tiene en su haber algunas de las mayores joyas cinematográficas de los últimos tiempos, a pesar de haber sido machacado sistemáticamente por gran parte de la crítica, completamente miope a los subtextos que subyacen en sus películas. Al igual que sir Alfred Hitchcock hizo en muchas de sus cintas (y con quien se le compara habitualmente), para M. Night Shyamalan el argumento de sus películas es un MacGuffin orquestado al servicio de la auténtica historia que hay detrás de las imágenes: una historia que, como veremos, suele tener que ver con la espiritualidad. Algo que, obviamente, tampoco gusta a buena parta de la crítica actual, lo que le condena a un ostracismo del que cada vez le está costando más salir.
Still of M. Night Shyamalan in La joven del agua (2006)

Conocí el cine de este director hace muchos años, en un buen (cinematográficamente hablando) 1999. Junto con ya clásicos como "El club de la lucha", "Star Wars: Episodio I", "Matrix" o "Eyes Wide Shut", llegaba a la pantalla una pequeña película de terror de la que solo se conocía a su actor protagonista (un Bruce Willis en un momento arriesgado de su carrera a la hora de elegir papeles...y en estado de gracia, si se me permite) y que venía avalada por el boca a oreja de los amigos que ya la habían visto y que estaban ansiosos de spoilear el final de la misma: "El sexto sentido", que también otorgaría sus momentos de gloria a Haley Joel Osment (quien, como todo niño prodigio, perdió fuelle en cuanto su voz se tornó grave y dejó de resultar encantador a la gente).

Ya desde los inicios Shyamalan deja claro su interés por lo espiritual, casi espiritista (por el tema que trata). Una declaración de intenciones sobre su obsesión por el más allá, la idea de una "misión" o "vocación" y la existencia de una entidad sobrenatural que mueve las fichas de nuestras vidas.

 El final de la cinta resume lo que supuso esta película: un auténtico golpe de efecto dado encima de la mesa de los directivos de Hollywood por su director y guionista, M. Night Shyamalan, con la que saltaría a la fama mundial y dejaría a medio mundo ansioso por conocer cuál sería el próximo proyecto de este joven indio que había reventado las taquillas de la mayoría de los países en los que estrenó "El sexto sentido".


Tras ella, M. Night Shyamalan escribió, dirigió y produjo "El protegido". O lo que es lo mismo, "Unbreakable" (u otro ejemplo de cómo destrozar un buen título en inglés al traducirlo al castellano). Probablemente la mejor película de superhéroes que se haya hecho jamás, que escupe sobre el presunto tono adulto y grave (otra forma de decir "aburrido") de los Batman de Nolan. "El protegido" se sostiene sobre la actuación de un Bruce Willis más aturdido que nunca y de un Samuel L. Jackson inconmensurable en su papel de "Don Cristal". De nuevo surge en esta película (sin el tono sobrenatural de la anterior) el concepto de "misión" (en este caso superheróica o supervillana) y de que poco de lo que pasa a nuestro alrededor tiene que ver con la causalidad de nuestros actos, sino con una voluntad suprema que trasciende nuestro entendimiento y que nos coloca en el mundo como si fuésemos fichas de ajedrez.

Después de "El protegido", Shyamalan escribió y filmó la que, para mí, es su mejor película hasta la fecha: una controvertida "Señales" en la que la mayoría de la crítica de su tiempo no vio más que una ridícula película de alienígenas (efectivamente, el MacGuffin de la cinta era ridículo). Shyamalan rueda aquí algunas de las mejores secuencias de su carrera, como aquellas en las que Mel Gibson busca a los merodeadores entre los campos de maíz o la secuencia a oscuras del sótano. Cine de suspense como no se había visto en décadas, a la altura de los mejores trabajos del maestro Hitchcock.

Pero para mí, lo mejor de la película es cómo se van engarzando poco a poco, como en un puzzle, todas las piezas que componen el subtexto de la película, es decir, la historia de la pérdida y la recuperación de la fe del pastor que interpreta otro aturdido Mel Gibson. Esa escena final de Mel Gibson frente al espejo es la última pieza que faltaba en el puzzle, la que hace que todo lo que hemos visto en la película tenga sentido desde el punto de vista de ese subtexto. Y esa escena es precisamente la que la mayoría de los críticos machacaron porque vieron en ella una presunta mojigatería, sin entender que lo que Shyamalan hace es interpelarnos por nuestra visión espiritual de la vida. Quien no haya entendido esto y solo haya visto adoctrinamiento... ya se ha contestado a sí mismo.

El bosque (2004)En "El bosque" M. Night Shyamalan investiga sobre la espiritualidad y la religión desde otro punto de vista: en esta ocasión, indaga en los dogmas que establecen las religiones, en teoría para ayudar a los congregantes en su camino a la Verdad, pero que en la práctica no son más que lastres que evitan cualquier tipo de reinterpretación personal de la propia espiritualidad. Los dogmas buscan la ortodoxia (valga la redundancia), y cualquier tipo de heterodoxia es perseguida y condenada por la comunidad.

"El bosque" ("The village" en V.O.) desgrana esa pequeña comunidad que se rige por una estricta ortodoxia para evitar que ningún miembro de la comunidad penetre en el bosque que la rodea, ya que una amenaza invisible, un "lucifer" (stricto sensu), habita en él.

Shyamalan hace así un requiebro a quienes le habían tildado de evangelizador en su anterior película. Pero de nuevo, una vez más, pocos críticos supieron entender la metáfora y se quedaron con lo superficial de la misma: los monstruos, el suspense y la sorpresa final.

En 2006 se estrena "La joven del agua": Shyamalan vuelve de nuevo sobre el concepto de "misión" y de entidad sobrenatural que pone las fichas sobre el tablero, y en el que poco podemos hacer salvo cumplir esa misión que nos ha sido encomendada. La película es otra metáfora sobre un héroe aturdido que en la búsqueda de la identidad de la joven del agua, se encuentra consigo mismo y con su propia identidad, o lo que es lo mismo: con su misión en la vida. Este héroe aturdido (arquetipo que ya hemos visto en buena parte de las películas anteriores) renace de nuevo cuando descubre quién es y para qué está ahí y ahora. Como buena metáfora, el héroe duda, cae al suelo, pero finalmente se vuelve a levantar, merced a una vocación y a un carácter imprimido a fuego en sus propios genes. Cada uno es quien es, y no puede ser otra cosa, y la verdadera felicidad solo se encuentra cuando averiguamos quiénes somos y para qué somos. Hasta ese momento seremos como el protagonista, aturdidos, dando tumbos de un lado para otro, ignorantes de qué es lo que la vida quiere de nosotros. Hasta que no nos demos cuenta de esa verdad, nos dice Shyamalan, no conseguiremos ser felices.

Con "El incidente", Shyamalan centra el tiro hacia esa divinidad, esa entidad sobrenatural que se eleva en un nivel superior al del Hombre, y como no podía ser de otra manera, para Shyamalan esa divinidad no es más que la Naturaleza, o en una escala mayor, el Universo. Ese concepto del Universo como deidad o divinidad del que emana todo lo mágico, todo lo sobrenatural que hay en el mundo, todas las preguntas sin respuestas. Ese Universo cuántico de las infinitas posibilidades, que otorga al Hombre la capacidad de jugar a ser Dios... pero también el riesgo de convertirse en el demonio.

En esa dualidad del Hombre como hacedor del Bien y del Mal, la báscula que sostiene un pesimista Shyamalan cae hacia el lado del Mal, y el Universo, que es quien le ha dado ese poder, se vuelve contra él y lo aplasta sin misericordia. Solo existe un atisbo de expiación y de esperanza en el final de la película con el que Shyamalan deja abierta la puerta de la redención y un nuevo comenzar.

En 2010, el director vuelve a ahondar, esta vez sin tapujos, en ese concepto New Age de espiritualidad basada en la comunión con el Universo, adaptando la primera temporada de la serie animada "Avatar: la leyenda de Aang". Un Shyamalan desatado y con un presupuesto de blockbuster (150 millones de dólares) le permite imaginar un mundo donde las deidades son las fuerzas de la Naturaleza (el aire, el viento, la tierra y el fuego) y aquellos capaces de "doblar" dichas fuerzas se convierten en maestros, guías espirituales y líderes de los pueblos. El director indio utiliza el tai-chi como el mecanismo mente-cuerpo mediante el cual los maestros de elementos ponen en contacto su fisicidad y su voluntad con el elemento que dominan. Dice la leyenda que solo existe un maestro que puede dominar los cuatro elementos: ese maestro es el avatar, cuya existencia otorga armonía al mundo y cuya desaparición repentina provoca una pérdida del Equilibrio y del flujo natural de las cosas.

Junto con esta visión taoísta del mundo, Shyamalan pone el acento de nuevo en el concepto de misión: en este caso, el avatar es un niño que rechaza su destino como tal (ya que le obliga a separarse de su familia) y desaparece de la faz del mundo. Al dar la espalda a su misión, provoca que el flujo natural de los acontecimientos se corrompa, y las luchas y la guerra por el poder asolarán el mundo. Es decir, Shyamalan se vuelve aún más radical en su mensaje determinista: si rechazamos nuestra misión y el papel que se nos ha designado en el mundo (por esa entidad sobrenatural que aquí encarnan las fuerzas de la Naturaleza) lo único que conseguiremos será desgarrar el Equilibrio y el puzzle del cual cada uno de nosotros formamos parte, y ese desgarro lo único que traerá será dolor y sufrimiento para nosotros mismos y para nuestro entorno. Es la infelicidad de quien nunca está contento con lo que tiene y siempre ansía más; el jardín del vecino siempres es más verde.



La versión de "Airbender" a la que he tenido acceso es la doblada al castellano: una auténtica aberración, si se me permite, que merecería unos azotes en el trasero a los responsables del doblaje de Aang y Katara o, al menos, al director de doblaje que hizo el casting. Este doblaje hace que ambos personajes parezcan repolludos y repelentes; desconozco si en versión original sucede lo mismo, aunque lo dudo.

Al margen del doblaje, la película comienza renqueante, pero a medida que avanza la cinta (y uno se acostumbra al paupérrimo doblaje, tal vez) la acción y la sabiduría zen se van apropiando de la película y del espectador que contempla con embeleso la plasticidad de las imágenes, los movimientos de tai-chi, y el propio transcurrir espiritual del argumento, que fluye hacia donde tiene que ir, y hacia ningún otro sitio.

Creo, sinceramente, que la película no se merece las críticas tan negativas que se llevó en su día. Al lado de otros productos juveniles como "Las crónicas de Narnia", "Airbender" se erige como una cinta respetuosa con la inteligencia de los jóvenes. En contraposición con otras películas como la citada "Narnia", en la que se reconstruye una y otra vez el arquetipo del "héroe de las mil caras", en "Airbender" el poder del avatar es, más que la consecución de un ascenso social, una constatación resignada de la responsabilidad implícita en cada acción que emprendemos y del lugar que ocupamos en el mundo.

"Airbender" iba a ser la primera parte de una trilogía, pero debido a su fracaso comercial se cerraron las puertas a las previstas secuelas, y a Shyamalan le ha costado tres años volver a ponerse detrás de las cámaras en un proyecto en el que pueda aportar su particular idiosincrasia y visión del mundo. Su oportunidad llegó por el empeño de Will Smith en llevar a la pantalla una historia escrita por él mismo. Es previsible que Shyamalan, en un intento de redimirse de su fracaso anterior, aceptase dirigir un proyecto que intenta ser un escaparate para Will Smith y su hijo Jaden (tanto en la vida real como en la película).

La historia de "After Earth" es sencilla: el ser humano ha sobrevivido a un entorno que ha evolucionado para acabar con el Hombre (de nuevo el concepto de Universo/deidad aniquilador) y se ha refugiado en el planeta Nova Prime. Este nuevo hogar de la humanidad es sin embargo codiciado por una raza alienígena que ha envía bestias Ursas para aniquilar a los seres humanos. Estas bestias se guían por el rastro químico de feromonas de sus enemigos. Solo mediante el perfeccionamiento de una técnica denominada "fantasmación", mediante la cual se elimina cualquier rastro de miedo, y por tanto, de rastro químico, los rangers pueden hacerse invisibles a las bestias Ursas y combatirlas.


Tras esta excusa argumental, un refrito más o menos visto mil veces antes, podemos localizar un par de subtextos.

Por un lado la relación entre un padre ausente y exigente, y su hijo resentido y apocado por la alargada sombra proyectada por su padre (una buena metáfora, quizá, para la meteórica carrera de profesional de Will Smith y la incipiente carrera profesional de su hijo Jaren Smith, respectivamente). Este subtexto carece de verdadera emotividad en la interpretación de los personajes; y tratándose de una película en la que solo hay dos actores, este miscasting (o la dirección de intérpretes de Shyamalan) es un error de bulto. El hieratismo de los héroes (que están aturdidos en la revelación de su destino) de las películas previas de Shyamalan no es válido aquí, ya que precisamente lo que la película cuenta es cómo el joven cadete consigue vencer su cobardía y reencontrarse con el cariño de su padre. Aunque tal vez existe un subtexto a este subtexto (las palabras del adolescente al final de la película "[no quiero ser un ranger...] quiero trabajar con mamá [...]" parecen indicar que, una vez más, el sufrimiento y el dolor que origina el conflicto de la película es debido a la falta de resignación del joven cadete, quien quiere ser ranger a pesar de que ése no es su destino, y esa falta de resignación rompe el equilibrio del Universo y origina una serie de acontecimientos dramáticos).


El otro subtexto argumental de la cinta es su mensaje budista de desprenderse de todo miedo y todo deseo, y anclarse al aquí y al ahora. La frase "hinca la rodilla" que el ranger exhorta a su hijo cuando éste entra en pánico, es todo un mantra espiritual que Shyamalan introduce en la película una y otra vez. Como dice el personaje interpretado por Will Smith, "`[...] el peligro es muy real. Pero el miedo es una opción [...]". El miedo es una proyección negativa del futuro, un constructo de nuestra mente que se aleja del presente, de la realidad, del aquí y del ahora. Y eso hace que dejemos de vivir, que nos refugiemos en un futuro de expectativas ("deseo") o de incertidumbres ("miedo") y dejemos que el presente se evapore y nuestra vida se consuma en un sumidero de irrealidades futuras o pasadas.

"After Earth" ha sido otro fracaso comercial de Shyamalan, lo que hace que nos preguntemos: ¿qué será del futuro del (ya no tan joven) director indio? ¿Seguirán confiando las productoras en un director que parece haber perdido el rumbo?

En realidad, repasada la filmografía de M. Night Shyamalan, me resulta difícil encontrar otro director que haya conseguido mantener un rumbo discursivo tan trazado y coherente como el suyo.

Tal vez no estemos de acuerdo con su discurso determinista, casi fatalista, sobre el destino. Incluso podría generarse alguna suspicacia sobre dicha resignación, viniendo de un director indio que conoce el sistema de castas de la India en el que no existe escalera social alguna que permita a nadie salir de la casta en la que ha nacido. Esas posibles suspicacias, no obstante, creo que son infundadas. Shyamalan ha demostrado en sus películas una sensibilidad y un respeto por las distintas culturas y religiones (budismo, taoísmo, cristianismo, etc) que serían incoherentes, en mi opinión, con el pensamiento segregacionista y retrógrado de los defensores del sistema de castas. El determinismo en el leitmotiv cinematográfico de Shyamalan va más orientado, en mi opinión, a una visión trascendental del ser humano como finalidad, como instrumento de una inteligencia superior (llamémosle Dios o Universo cuántico) con un fin determinado que se nos escapa, pero que sin duda está ligado al equilibrio del Universo, y dicho equilibrio a su vez es motivo de dicha y felicidad para el ser humano que consigue discernir su misión y hacerse y reconocerse como instrumento de Dios.

Sin embargo, a pesar de su coherencia como director, tal vez la cruda realidad del box office obligue a Shyamalan a aceptar guiones de encargo que le rediman como director de películas que atraen a las masas a las salas de cine. El tipo de cine que hace Shyamalan es un cine caro que conjuga el arte con el negocio; como en su discurso espiritual, ambas partes tienen que estar equilibradas. Si el yang crematístico no funciona, el ying artístico también desaparecerá.



Eso lo sabe Shyamalan perfectamente. Esperemos que vuelva a coger el pulso del público y siga haciendo películas que nos lleven en vilo y nos hagan pensar sobre nuestra propia espiritualidad y nuestra vocación.

Sé que lo conseguirá. Al fin y al cabo, es su destino.

martes, 16 de julio de 2013

Soneto cañí

Acabo de volver de vacaciones.
He pasado en la playa una semana
y hoy, casi a las ocho de la mañana
ya me están tocando los cojones.

En el Metro unos cuantos empujones.
Atasco y zombis. Desde mi ventana
oigo discutir a una fulana
del autobús. Necesito tapones.

Por fin llego a currar. Misma rutina.
Gente que cree que manda con el dedo.
Como un sándwich. Son las seis. Día hecho.

La Gran Ciudad es como una cortina
de humo tras la que vives con el miedo
mientras por detrás TODO está deshecho.

domingo, 24 de marzo de 2013

Vocación

El día 3 de febrero de 2013 mi amiga Ana Rus García Cabrera entraba por la puerta del convento de Clarisas de Soria para, tal vez, no volver a pisar la calle nunca más.

Hechos como éste dan pie para muchas reflexiones. Reflexiones airadas, reflexiones profundas, reflexiones respetuosas o reflexiones introspectivas.

La historia de la fe de Ana Rus es sencilla: nacida en el seno de una familia poco creyente, se movió en su infancia cerca del círculo de las monjas del pueblo, pero poco a poco el peso de su familia consiguió que Ana Rus diese la espalda a su "vocación" y la dirigiese a su casa primero, a su grupo de amigos después y, fnalmente, a Madrid, a la facultad y al grupo de Mates. Allí fue, en una carrera teórica-científica, donde curiosamente volvió a planteársele el tema de Dios y la religión: varias de sus mejores amigas eran profundamente católicas (una de las cuales es precisamente el nexo que me une con Ana Rus). A través de ellas conocería Cursillos de Cristiandad (movimiento del que ya he hablado en un post anterior), y finalmente, a través de algunos amigos comenzarían sus veranos de flirteo con el Señor en Medjugore, una especie de Lourdes o Fátima (aún no reconocido por la Iglesia, entre otras razones, presumo, porque aún hay gente viva que diariamente tiene visiones de la Virgen).

En 2011 Ana Rus se hipotecó con un piso. En 2012 llegó la peor parte de la crisis y Ana Rus se quedó sin trabajo. No fueron necesarias más señales. Tras muchos años de dudas, Ana se decidió por fin a dar el paso que había ido postergando durante tanto tiempo, y un frío domingo de febrero entraba a la que va a ser su casa durante el resto de su vida.

Sin duda cabe analizar muchos aspectos de esta decisión y de este acto de fe. Porque cual Indy en "La última cruzada", Ana Rus ha dado un paso adelante sin saber si lo que hay es una escondida senda o un precipicio insondable. Y ha dado ese paso porque cree estar convencida de su vocación.

Vocación. Misión. Palabras cargadas de significado pero sobre las que reflexionamos muy poco. Mi hermano diría que la pregunta más importante que puedes hacerte en esta vida es "¿para qué?". ¿Para qué estamos aquí? ¿Para qué pasa lo que pasa? ¿Son simples casualidades? ¿Son simples "causalidades"? ¿O acaso, más allá de cualquier intento racional de apelar a la física mecanicista newtoniana o a la física cuántica, existe una razón más profunda, más escondida, por la que las cosas suceden como suceden? ¿Para qué está el hombre aquí, para qué ha evolucionado, para qué estoy yo HOY aquí, escribiendo lo que escribo, o tú, leyendo lo que lees? ¿Es por puro divertimento? ¿Acaso existe algo más que el hedonismo, si no hubiese una razón última? ¿O acaso existe esa razón última, llamémosla como queramos, y es por ese "algo" por el que creemos que nuestra vida merece ser vivida en el amor y no nos conformamos con el hedonismo y el placer (o al menos, no en todo momento)?

La vocación es el saber para qué estás aquí, caminando en este planeta en este momento. Las personas nacemos dos veces; la primera vez es cuando salimos del útero de nuestra madre. La segunda, cuando descubrimos para qué.

Ana Rus ya lo ha descubierto, y aunque no lo comprenda (¡no necesito comprenderlo!), le doy mi enhorabuena por haber nacido por segunda vez. En su caso, esta segunda vida (misteriosa, instrospectiva y generosa) solo le corresponde a ella vivirla.

En su particular libro de aventuras, es un camino cuyo final debe recorrer sola.

Te quiero, Ana Rus.

martes, 29 de enero de 2013

El placer de sentirse vivo

Copio y pego la noticia de efe eme, creo que es suficientemente autoexplicativa:
Wilko Johnson, al que se le ha diagnosticado un cáncer terminal de páncreas, pasó por Radio 4 de la BBC para ser entrevistado. El exguitarrista de Dr. Feelgood dice el cáncer le ha hecho sentirse vivo. “Tuve noticia de los síntomas hace unos meses. Tenía ese bulto en el estómago. Trate de ignorarlo, esperando que desapareciese”, dijo Johnson. “Cuando fui al médico, me dijo ‘Tiene un cáncer’. Estaba bastante claro que no era operable, no había nada que pudieran hacer”. 
El diagnóstico le hizo sentir el placer de estar vivo: “Salimos de allí y sentí un júbilo de espíritu. Estás caminando y de repente estás vívidamente vivo. Estás mirando los árboles y el cielo y todo, y es ‘Guau’. Realmente soy una persona desgraciada. Me he pasado casi toda mi vida abatido con depresiones, pero esto lo ha borrado todo”. 
Johnson explicó que le quedan unos nueve o diez meses de vida y que ha rechazado la quimioterapia, que solo podría darle un par de meses extra de vida. “Solo quiero saber cuánto tiempo me voy a sentir así, que es absolutamente bien”. 
En febrero dará unos conciertos que tenía programados en Francia y cuatro noches en Sheffield, a los que seguirán en marzo una pequeña gira de despedida por el Reino Unido. “Si el cáncer se activa antes de eso, entonces no podré subir al escenario. No voy a subir al escenario pareciendo enfermo. ¡No quiero ofrecer un lamentable espectáculo!”. 
“Esta posición en que estoy es muy extraña, me siento en forma y sin embargo sé que la muerte está sobre mí. No espero una cura milagrosa. Solo espero tener el tiempo suficiente para hacer estos conciertos. Entonces seré un hombre feliz”.
Hace ocho años, Johnson perdió a su mujer, Irene, a causa de un cáncer. “Todavía soy propenso a estallar en lágrimas pensando en ella, pero nunca he llegado ni de lejos a eso al pensar en mí mismo”. 
“Este momento es simplemente fantástico, me hace sentir vivo. Simplemente al caminar por la calle me me hace sentir vivo. He tenido una vida fantástica. Cuando pienso en las cosas que me han pasado y las cosas que he hecho, creo que pedir más sería ser codicioso. No quiero ser codicioso”.

miércoles, 23 de enero de 2013

Filantropía mal entendida

En los tiempos duros es cuando las personas demostramos de qué pasta estamos hechos realmente. Es fácil dar cuando tienes mucho: a eso se le llama caridad. Sin embargo, dar cuando tienes poco es bastante más difícil: eso es la verdadera solidaridad.

El tema del voluntariado y la cooperación es algo sobre lo que he ido pensando desde que, allá por 2008, hice mi primer viaje de voluntariado a una remota región del norte de Sudáfrica llamada Mpumalanga, donde Rafa, ahora convertido en un buen amigo, tenía su misión por aquel entonces.

Llamar solidaridad a aquello que hicimos sería una exageración poética, una hipérbole literaria o, sencilla y llanamente, una patraña. Aquello lo hicimos por nosotros, por vivir y atesorar aquella experiencia en nuestras vidas, por abrirnos a otros mundos y a otras gentes, por dejar la falsificación de la vida moderna a un lado y mirar cara a cara, durante unos pocos días, a eso a lo que llamamos "Vida".

Un año más tarde repetiría aquella experiencia, pero esta vez en solitario, sin ambiciosos proyectos de construcción ni nada por el estilo. Tan solo volver a Sudáfrica adonde, un año antes, había dejado tantas huellas, y donde tantas huellas me habían tocado el alma.


Dos años más tarde le tocaría el turno a Etiopía, en otra experiencia diferente pero igual de vibrante, donde desnudamos nuestros sentimientos una vez más, donde beber una cerveza a las diez de la noche en aquel pequeño bar de Wukro era poco menos que el paraíso en la tierra.

Y aquello volvimos a hacerlo por egoísmo, por volver a reengancharnos con nosotros mismos, por probar nuestros límites o, sencillamente, por seguir creciendo.

¿Y qué?

Jamás existió nada de malo en todo ello; apenas aportábamos un pequeño grano de arena en un desierto insondable, es cierto, pero el intercambio cultural era enriquecedor para ambos lados, y la experiencia humana, también.

Sin embargo, esta semana he asistido a un voluntariado de alfabetización digital (también llamado un "curso de informática", como muy sabiamente me dijo la quinceañera que está en la entrada del Centro Social Vicente Ferrer, aquí en Madrid) en el que me he vuelto a encontrar con esa cara menos amable de la cooperación y el voluntarismo.


El curso, gestionado por la Obra Social del BBVA, es en realidad una excusa para que prejubilados y jubilados del banco tengan algún tipo de actividad cuando cuelgan la camiseta; además, genera una red social de ex-empleados que siempre es buena para la compañía; y por último es una forma de proyectar imagen de marca solidaria (lo que últimamente viene a llamarse "responsabilidad social", aunque no sea más que propaganda de todo a 100).

El percal que me encontré en la comida de confraternización de los voluntarios fue desolador: de todos los voluntarios, había dos de Citi (entre los que me encuentro), una voluntaria "veterana" del Deutsche Bank, y seis voluntarios del BBVA. Entre los voluntarios del BBVA tan solo dos seguían en activo (y de las dos que seguían en activo, una por poco tiempo).

En la comida de dos horas, la única mención que se hizo sobre el curso fue que no atendiésemos preguntas mientras el "ponente" estaba leyendo la presentación del curso. Mal empezamos cuando en un curso de alfabetización digital dirigido a inmigrantes alguien habla de "ponentes". En fin.

El resto de la comida fue un sinfín de historietas de abuelo cebolleta (en este caso los abuelos cebolletas son ex-directores de sucursales, y de ahí, pa'rriba), en los que la anécdota más divertida fue que nunca supieron el precio del menú de un restaurante de lujo al que acudían a diario, ya que la factura la cargaban a la cuenta de la sucursal.

Por supuesto, la comida estaba pagada por los fondos de la oficina de voluntarios del BBVA: calculando por lo bajo, más de 100 euros, que podrían haber servido para actualizar un material LAMENTABLE.

El día que acudí a la primera sesión, me quedé atónito cuando vi que varias transparencias de la presentación estaban DIBUJADAS A MANO y FOTOGRAFIADAS. ¡Habían incrustado en la presentación una fotografía de un papel dibujado a mano!

El resto de la clase mi sorpresa e indignación fue aumentando a medida que el "ponente" (mal nombre para un jubilado septuagenario con conocimientos mediocres de informática) iba multiplicando números para informar a los pocos alumnos que habían acudido (recordad: inmigrantes de cuarenta o cincuenta años en busca de empleo) de cuántos bits tenía su pendrive del BBVA de 2 GB. Verídico.

En los 15 ó 20 minutos de prácticas que hubo en las dos horas (ya que el resto de la clase fue teórica), comprobé que efectivamente había gente que había ido allí para poder acceder a una bolsa de empleo de Pueblos Unidos, pero otras personas tenían verdadero interés por aprovechar el curso. Interés que fue inmediatamente desmontado cuando el "ponente" se pasó los primeros 10 minutos de la iniciación a Internet salmodiando los peligros de Internet y poco menos que, si entraban en una página, se iban a quedar ciegos. Como las pajas.

Fue en ese momento cuando agradecí que, pese a mis reiterados intentos por asistir como voluntario los ocho días del curso para que no existiese mucha rotación de profesores (y que los alumnos tuviesen una enseñanza de mayor calidad) solo me hubiesen asignado dos días. Lo agradecí porque, en caso de haber ido a más clases con aquel "ponente", temo que hubiese acabado asesinándolo.

Para honrar a la verdad, debo decir que la clase de esta semana la dio otro jubilado llamado Ángel, de una forma bastante más práctica, didáctica y dirigida a los verdaderos intereses de un colectivo de inmigrantes (sudamericanos la mayoría) con necesidades de búsqueda de empleo, comunicación con sus familiares y envío de remesas.

Para colmo, parece que el jueves habrá unas cañas después de la última clase, y reparto de regalos entre los voluntarios.



Todo lo que he descrito anteriormente refleja esa filantropía mal entendida, en la que se busca la autorrealización del voluntario a costa del beneficio del colectivo al que va dirigida la ayuda. Esa aberración, que está en la base de lo que muchos llamamos "lavado de conciencias" es máxima cuando el lavado de conciencia no beneficia al colectivo destinatario sino que incluso lo perjudica. Y ese "lavado de conciencia", en pleno siglo XXI, va unido a lo que llamaba anteriormente "responsabilidad social", "imagen de marca" u "obra social", término con el que muchas megacorporaciones actuales (bancos, aseguradoras, cajas, eléctricas, retailers... todos sabemos de quiénes estamos hablando) se llenan últimamente la boca. En un mundo hipercompetitivo como el actual, solo existen dos formas de diferenciarse de la competencia: por precio o por calidad. Y no todo el mundo está en condiciones de diferenciarse en precio, de manera que muchas empresas invierten porcentajes elevadísimos de su presupuesto en crear y vender una imagen de marca.

Lamentablemente, detrás de casi todos los problemas del mundo actual se encuentran las megacorporaciones y el enorme problema de la globalización económica: solo sobreviven los más gordos, y por eso se han dedicado los últimos veinte o treinta años a comerse entre ellos. Ahora solo quedan los gigantes, con los que nadie puede enfrentarse.

Estamos en sus putas manos. Lo malo no es que nos meen encima y nos digan que llueve. Lo jodidamente inquietante es que nos lo creamos.

En fin, si este artículo te ha ayudado a abrir un poco los ojos con la obra social de algunas compañías, al menos habrá servido para algo.

Por fortuna, recuerda que lo que he relatado es la excepción a la norma: en plena crisis económica siguen existiendo miles de voluntarios y cooperantes que dedican sus recursos, esfuerzos y tiempo libre a intentar que este mundo sea más justo. Al fin y al cabo, tenemos que recordar que por mal que nos parezca que lo estamos pasando, hay gente que está infinitamente peor. Por eso, darles algo de nuestro tiempo o de lo que nos sobra no es solidaridad: es simple y llanamente un ejercicio de justicia elemental.

viernes, 28 de diciembre de 2012

El Hobbit

Navidad es un tiempo y un lugar para las costumbres y las tradiciones. ¿Qué iba a ser de las navidades sin la cena de nochebuena con toda la familia discutiendo? ¿Cómo plantearse una comida de Navidad sin las sobras del día anterior y una buena y nueva discusión?

Cuando la logística de viajes a Madrid lo permite, después de los chupitos de la comida de Navidad, no se me ocurre un plan mejor que ir al cine a dejar que el último cacho de cordero se asiente correctamente entre el píloro y el duodeno, mientras mi cerebro descansa e intenta olvidar lo sucedido un par de horas antes.

Este año por fin se ha estrenado "El hobbit", tras un retraso de unos cuantos años en los que el realizador Guillermo del Toro se cayó del proyecto por causas desconocidas pero sospechosas (en las que el duelo de egos con el otrora también gordito de Hollywood, Peter Jackson, no parece la causa menos probable).

La visión que tenía en mente Guillermo del Toro sobre la primera película del Hobbit era "[...] ilustrarlo como un cuento de hadas. Del Toro planeaba trata su visión de "El Hobbit" de manera expresionista. Los cielos del film, por ejemplo, no recrearían fenómenos atmosféricos posibles, sino una visión onírica que recuperara el valor plástico de los matt-paintings. El diseño de personajes cambiaría radicalmente, sobre todo en la gran estrella de la función, Smaug, que Del Toro pretendía recrear basándose en los dragones chinos de cuerpo serpentino [...]. Y lo más espectacular: Del Toro pretendía que el apartado visual tuviera "estaciones"; ocho para ser exactos [...]" (Scifiworld #56).

Gollum

A la vista del resultado de la cinta de Jackson... pues la verdad es que uno se queda con las ganas de ver lo que hubiese podido hacer Del Toro.

Efectivamente, la sensación con la que salí del cine es de haber visto una precuela de "El señor de los anillos" en lugar de una adaptación de "El hobbit". Y esta aseveración no es un halago precisamente.

Creo que "El hobbit" (libro) tiene un corpus formal e intencional muy diferente de "El señor de los anillos". El libro que J. R. R. Tolkien escribió en 1937 es un cuento infantil, casi un cuento de hadas, que Tolkien escribía para divertir a sus hijos pequeños. "El señor de los anillos", sin embargo, publicado por primera vez en 1954, tiene un tono notablemente más oscuro y debe leerse como un viaje iniciático de autodescubrimiento y, a la vez, una pérdida de la inocencia.

Es decir, "El hobbit" y "El señor de los anillos" son dos libros completamente diferentes con intenciones, estilos y mensajes absolutamente diferenciados. Solo tienen en común algunos personajes y el universo de la Tierra Media en el que ambas historias se desarrollan.

Por tanto, la idea original de Guillermo Del toro parece mucho más acertada que la desarrollada finalmente por Peter Jackson, quien fiel a la trilogía del anillo y a sí mismo ha realizado una precuela estilística, narrativa y ambiental de su magnum opus.

Así, las intenciones de Jackson se muestran ya desde el prólogo de la película, en el que Ian Holm (el Bilbo de la trilogía original) está acabando de escribir su autobiografía el día antes de la celebración de su 111 cumpleaños (mostrado en "LOTR: La comunidad del anillo"), convirtiendo toda la película en un largo flashback. ¡Hasta hace un cameo Elijah Wood!

Gollum

Estas intenciones se ven materializadas posteriormente con repetición de:

  1. Lugares (por supuesto La Comarca, la Cima de los Vientos, una más que extendida estancia en Rivendel...)
  2. Personajes (los mencionados Ian Holm y Elijah Wood interpretando a Bilbo y Frodo de la trilogía original, Elrond, Galadriel...)
  3. Fotografía, con las mismas soluciones visuales que en LOTR (uso de helicópteros para panorámicas, misma paleta cromática, batallas a slow motion...)
  4. Banda sonora de Howard Shore, donde se vuelven a escuchar cortes de LOTR para acompañara las imágenes de la Comarca, Rivendel, Galadriel, los Nazgul, los orcos...
  5. Y en definitiva guión, donde Jackson hace todo lo posible por unir ambos universos a través de un desarrollo de historias y personajes que deja aparcado el drama de Smaug para centrarse en el Nigromante y el surgimiento de un poder oscuro en el Este (tal vez este capítulo efectivamente aparezca en el libro, pero no lo recuerdo), y en los orcos como el ejército personificado de un Mal invisible pero latente.

Tal vez mi opinión esté sesgada por el hecho de que he visto recientemente la trilogía original y quería desintoxicarme de ella con una nueva visión de la Tierra Media. Lo que me he encontrado es, sin embargo, taza y media de lo mismo. Un empacho de LOTR que, por otra parte y dejando a un lado esta decepción personal, resulta una película de lo más entretenida y con (como pasaba con la trilogía original) auténticos momentos de cine en los que el gamberrismo de Peter Jackson aún se deja ver de vez en cuando, aunque cada vez, por desgracia, con menos frecuencia.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Hable villalonés en 10 cómodas lecciones. Lección 5.

Debido al problema del éxodo rural en España, numerosos dialectos se han perdido, se están perdiendo o se perderán en los próximos años.

Villalón de Campos es el pueblo en el que nacieron mis progenitores. He aquí, para la posteridad, algunas de las mejores piezas léxicas de su dialecto local, el
villalonés.


albolario.

1. com. Dícese de quien se mete en camisas de once varas o de quien complica las cosas de manera innecesaria. También puede decirse de una persona torpe y desorganizada, que hace las cosas sin cuidado y con torpeza.

Ej. El hijo minchorro de ca' Candela se estragó de esa piculina con la que salía. Ahora es un rebuja y se pasa todo el día en casa removiendo cosas de un sitio para otro. Es un albolario.

Este vocablo sin duda está relacionado con este riojanismo que he encontrado en la nube. ¿Es posible que el vocablo viniese de La Rioja a Tierra de Campos, o tal vez la migración de la palabra fuese al revés? Abro el debate a quien pueda aportar luz sobre este espinoso asunto...

La próxima vez que estés pensando en insultar a alguien, acuérdate de lo frágil de esta palabra y contribuye a salvarla, por favor.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Prueba de concepto #0001

Estrenando la tableta gráfica...

viernes, 5 de octubre de 2012

El final del verano

Un pequeño repaso a los mejores momentos del viaje a Nueva Zelanda, dedicado a mi compañera (en más de un sentido) de viaje ;-)


sábado, 28 de julio de 2012

Interludio

Entre mis amigos más sarcásticos tengo fama de escribir artículos más melodramáticos que episodios de fin de temporada de Falcon Crest. Artículos más existencialistas que una película de guerra dirigida a cuatro manos por Kubrick y Mallick.
No sé si éste va a ser uno de ellos, pero sentado literal y metafóricamente en un tren, he sentido la pulsión de hacerlo, y de intentar explicar(me) la suspensión del diario de estulticia.
Estoy, por primera vez en mucho tiempo, en un momento de paz conmigo mismo, y no necesito la válvula de escapa que, otrora, suponía.
He encajado en mi nuevo trabajo, y la cantidad de cosas que estoy aportando (y puedo aportar) superan con creces la desazón de trabajar para el enemigo. Además, he conseguido el tiempo para mí mismo por el que siempre he clamado. Efectivamente, como decía Danny Glover en Arma Letal, "era demasiado viejo para esa mierda [la consultoría]".
En ese nuevo espacio he ido explorando nuevos caminos. Clases de inglés (que tengo que retomar), el viaje a Etiopía, el master en Cooperación al Desarrollo... Quizá caminos que no conduzcan a ningún sitio, pero caminos agradables de transitar, en cualquier caso.
Mi vida sentimental transita por un sendero reposado, calmado. Muy lejos de enamoramientos, y más cerca del amor tranquilo, destilado en el cariño y la comunicación. Intentando por todos los medios disfrutar de nuestros sentimientos, sin llegar a ser esclavos de nuestras emociones.
Llevo una semana sin internet por un error administrativo de Ya.com, y no me importa demasiado.
A pesar de que en una semana voy a cumplir junto a Tania uno de mis sueños: recorrer en autocaravana la naturaleza salvaje y exótica de Nueva Zelanda.
A mi vuelta, quizá retoma este blog, quizá lo reinvente en otra cosa, no sé. Pero desde luego, siempre servirá para volcar en él mis pensamientos, aquellos tan íntimos que solo afloran en estos viajes lentos y reconfortantes en tren, rumbo a mi casa. Rumbo a Asturias.
¡Hasta pronto!