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miércoles, 19 de febrero de 2014

Terramar

Hace unos quince años que oí hablar por primera vez de una tal Ursula K. Le Guin. Una escritora (¡mujer!) que se atrevía a escribir ciencia ficción, en un mundo en el que mis referentes literarios eran exclusivamente hombres: Asimovs, Clarkes, Pohls, Nivens... poblaban mis estanterías. Últimamente habían metido el cuello incluso los Aldiss, los Lems y hasta los Borges. ¿Pero mujeres? ¡Válgame el cielo! El primer y último libro de ciencia ficción que había leído ("Almas", de Joanna Russ) me pareció un truño de proporciones épicas (sigue siendo uno de los pocos libros que no he conseguido acabar), y no sé si fue a raíz de aquello, o de una educación literaria más bien machista, que no volví a coger un libro de ficción especulativa escrito por una mujer hasta que, recomendado por algunas críticas en es.rec.ficcion.misc, descubrí "La mano izquierda de la oscuridad" de Ursula K. Le Guin (nota: tal vez por esta época también leí el clásico de Mary Shelley "Frankenstein"; aunque por su estatus de "clásico", probablemente en aquella época no lo consideraba ni siquiera un libro de género).

Aunque no recuerdo exactamente el argumento del libro de Le Guin (estamos hablando de quince años), aún puedo rememorar el regustillo con el que lo cerré; la sensación de haber experimentado algo nuevo, una visión sobre la humanidad escrita con una sensibilidad inimaginable en los autores a los que yo estaba acostumbrado; y una visión de la ciencia ficción como herramienta vehicular para proyectar futuros cercanos y sociedades ficticias en las que reflejar y enfrentar nuestra propia realidad social (o para hablar apropiadamente, la realidad social del momento del que cada obra es hija).

Tras aquel primer encuentro, leí "Los desposeídos" y "El nombre del mundo es Bosque", las siguientes novelas de K. Le Guin, con idénticas sensaciones.

Sin embargo, no me embarqué en su universo más famoso ("Terramar") hasta hace unos meses. Aunque he seguido leyendo ciencia ficción, no lo he hecho al ritmo al que la devoraba en mi adolescencia, y en los últimos años mi menú he ido añadiendo mainstream y mucha no ficción. El caso es que fue el año pasado cuando adquirí el tomo recopilatorio "Historias de Terramar", que recogía las cinco novelas largas ambientadas en Terramar, y recientemente lo he finalizado.


De nuevo me he vuelto a reencontrar con la escritora de "La mano izquierda de la oscuridad", en esta ocasión orientada a la fantasía de espada y brujería, pero impregnando cada página de la misma sensibilidad y profundidad. Una profundidad metafísica que se destila en cada linea argumental, y que convierte la pentalogía en (ni más ni menos) una reflexión sobre la mortalidad, sobre lo que supone ser humanos, y sobre la aceptación de la pérdida y la muerte. Al mismo tiempo, propone algunas buenas praxis para que nuestra vida "fluya" en ese (a veces amargo) camino. En ese sentido, tanto la figura del protagonista masculino (Ged) como la de la protagonista femenina (Tenar) son figuras prototípicas (que no estereotípicas) que la autora va dibujando con cariño a lo largo de sus diferentes momentos vitales (desde que ambos son niños hasta que los dos son casi ancianos); personajes en los que Le Guin intenta plasmar esas claves (esa moralidad, fuerza y energía transpersonal) que permiten a los personajes sobrevivir, avanzar y, pese a todo, ser felices.

Le Guin consigue con las historias de Terramar una prosa que, sin dejar de ser literatura de corte juvenil, se escapa sin ninguna duda a esa etiqueta y se convierte en Literatura con mayúsculas, en un ensayo sobre el alma humana, sus anhelos de inmortalidad, sus miedos, sus frustraciones y sus deseos. Las historias de Terramar cuentan el viaje iniciático, pero sobre todo, lo que pasa después de volver de dicho viaje (un poco al estilo de las últimas 70 páginas de "El señor de los anillos"), en el que el adulto, una vez enfrentado a su propio destino, regresa más sabio, y más humilde (ambas cosas suelen ser lo mismo). Y el lugar al que regresa, como ocurre en "El retorno del Rey", no es el mismo del que partió. O el protagonista ya no es el mismo. Y esa verdad es la que trasciende la mera fantasía de espada y brujería.


"Si deseas felicidad durante una hora, tómate unas copas. Si deseas felicidad durante un año, enamórate. Si deseas felicidad durante toda una vida, hazte jardinero."

Tal vez Le Guin tuviese en mente este proverbio chino cuando escribió las historias de Terramar, pues encaja perfectamente con la cronología de sus novelas. Podríamos decir que la primera novela ("Un mago de terramar") son esas copas metafóricas que el joven (nuestro protagonista el mago Ged) se toma para intentar camuflarse como adulto. Así, de forma irresponsable y prepotente, invoca un hechizo cuyas consecuencias le marcarán de por vida. En el segundo libro ("Las tumbas de Atuan") se produce el enamoramiento (mago y sacerdotisa se conocen en las Tierras de Kargad). El tercer libro ("La costa más lejana") es un libro bisagra, ese punto de inflexión, ese "momento tranquilo, con la respiración contenida, antes del cambio" que une esas dos primeras partes más juveniles, ese camino hacia la madurez, con las dos obras finales. Y son esas dos obras finales ("Tehanu" y "En el otro viento") los trabajos del héroe sabio que ha renunciado a la fogosidad de la juventud y a la maestría para dedicarse a plantar coles y cuidar cabras y mirar, solo de vez en cuando, la paleta de colores cálidos que el amanecer y el atardecer pintan sobre los océanos de Terramar, mientras son otros los que se dedican a salvar el mundo.

Antes hablaba de "El señor de los anillos" para comparar la obra de Le Guin con el referente más conocido de la literatura de género. No obstante, las diferencias son abundantes. En la trilogía de Tolkien prima la suspensión de la incredulidad, el libro está repleto de nuevas razas, idiomas y seres fantásticos. En la saga de Le Guin, sin embargo, podríamos estar en cualquier archipiélago mediterráneo: la descripción de los pescadores, los artesanos y los mercaderes de Terramar no es muy distinta de la que podría hacerse de cualquier cultura vinculada al mar de las que podamos conocer en el mundo real. Con tan solo dos matices: Le Guin incluye la magia (en realidad, una maestría sobre el Habla Antigua, que permite dominar las cosas y los seres vivos a través del conocimiento de sus nombres)... y los dragones.



Otra diferencia entre ambas obras son sus versiones cinematográficas. Mientras que "El Señor de los Anillos" tuvo una más que digna y costosa trilogía a cargo de Peter Jackson (quien parece estar matando a la gallina de los huevos de oro con la trilogía de "El Hobbit"), en el caso de Terramar la versión cinematográfica ha corrido a cargo de Goro Miyazaki (sí, el hijo de Hayao Miyazaki) en forma de pequeña producción animada desarrollada en el seno del estudio Ghibli, "Cuentos de Terramar". Aunque el espíritu de la pentalogía se condensa en un hábil guión que mezcla elementos de los cinco libros, el producto final, aún siendo honesto y sincero con la obra a la que homenajea, no tiene ni la fuerza ni la sensibilidad de la obra escrita. Probablemente Terramar se merezca varias películas que permitan el ritmo tranquilo y pausado que necesita para una correcta adaptación.


Además de la obra de Goro Miyazaki, existe una producción de Sci-Fi Channel que aún no he visto ("La leyenda de Terramar"), aunque por las pocas imágenes a las que he tenido acceso, no parece que el producto final haga honor a las fuentes literarias en las que se inspira.

En definitiva, si he conseguido atraer la atención de alguien sobre esta autora y su obra, os recomiendo que os alejéis de "Cuentos" y "Leyendas" y consigáis las "Historias" de Terramar, el libro recopilatorio de Le Guin que incluye sus cinco novelas sobre el archipiélago de Terramar y los pueblos, los magos y los dragones que navegan y vuelan entre su miríada de islas.


"Solo en el silencio, la palabra. Solo en la oscuridad, la luz. Solo en la muerte, la vida. El vuelo del halcón brilla en el cielo vacío." (La creación de Ea)


sábado, 11 de enero de 2014

Vampiros Dixies

Aunque ni mucho menos se puede hablar de una moda, recientemente he accedido a un par de materiales de características similares (una película y una novela), en el que el fenómeno exploitation de vampiros se traslada al sur de los Estados Unidos, en un contexto pre-secesionista y con el asunto esclavista en el epicentro de un drama en el que los vampiros no solo eran meros observadores de este panorama, sino parte activa del mismo.

La película a la que me refiero es "Abraham Lincoln: cazador de vampiros"; un producto más que digno, con una buena dirección a cargo de Timur Berkambetov (al que recordamos por dos películas de culto rusas como son "Guardianes de la Noche" y "Guardianes del Día) y guión de Seth Grahame-Smith, basado en su propio best-seller homónimo (y autor del ya clásico "Orgullo y Prejuicio y zombies").

Como digo, la película es un divertimento muy bien llevado a cabo, un cóctel de venganza, acción, historia, aventuras y una pequeña dosis de gore. En su parte final la película vuelve a cambiar de registro y asistimos a la parte más interesante: una intriga en la que los vampiros se alían con los estados sudistas para vencer a los yankis en la batalla de Gettysburg y reclamar, como recompensa por la ayuda prestada, barra libre para siempre en la yugular de los esclavos negros de las plantaciones de algodón para aplacar su sed de sangre.


Una visión de los esclavos negros como ganado que me recordó inevitablemente al clásico de George R. Martin, "El sueño del Fevre", en el que el argumento es poco menos que idéntico al de la película: un vampiro redimido intenta detener las matanzas de esclavos que otros vampiros están llevando a cabo en el sur de los Estados Unidos. Para ello construye el barco de vapor "Fevre" y se alía con un humano para patrullar el Misisipi e intentar detener a su enemigo, en pleno conflicto pre-bélico Norte-Sur.

Curiosamente, los créditos de la película solo mencionan el guión de Seth Grahame-Smith basado en su propia novela de 2010, y no mencionan la novela de George R. Martin (de 1982), aunque el parecido entre ambas es muy sospechoso.

En cualquier caso, casualidad, plagio, homenaje o moda, lo cierto es que gracias a la película de Berkambetov se ha puesto de relieve esta variante exploitation del género vampírico que ojalá ayude a rescatar joyas como la novela de George R. Martin (cuyas magníficas obras previas a "Juego de Tronos" parecen haber sido tristemente eclipsadas por la saga de la Canción de Hielo y Fuego).

viernes, 28 de diciembre de 2012

El Hobbit

Navidad es un tiempo y un lugar para las costumbres y las tradiciones. ¿Qué iba a ser de las navidades sin la cena de nochebuena con toda la familia discutiendo? ¿Cómo plantearse una comida de Navidad sin las sobras del día anterior y una buena y nueva discusión?

Cuando la logística de viajes a Madrid lo permite, después de los chupitos de la comida de Navidad, no se me ocurre un plan mejor que ir al cine a dejar que el último cacho de cordero se asiente correctamente entre el píloro y el duodeno, mientras mi cerebro descansa e intenta olvidar lo sucedido un par de horas antes.

Este año por fin se ha estrenado "El hobbit", tras un retraso de unos cuantos años en los que el realizador Guillermo del Toro se cayó del proyecto por causas desconocidas pero sospechosas (en las que el duelo de egos con el otrora también gordito de Hollywood, Peter Jackson, no parece la causa menos probable).

La visión que tenía en mente Guillermo del Toro sobre la primera película del Hobbit era "[...] ilustrarlo como un cuento de hadas. Del Toro planeaba trata su visión de "El Hobbit" de manera expresionista. Los cielos del film, por ejemplo, no recrearían fenómenos atmosféricos posibles, sino una visión onírica que recuperara el valor plástico de los matt-paintings. El diseño de personajes cambiaría radicalmente, sobre todo en la gran estrella de la función, Smaug, que Del Toro pretendía recrear basándose en los dragones chinos de cuerpo serpentino [...]. Y lo más espectacular: Del Toro pretendía que el apartado visual tuviera "estaciones"; ocho para ser exactos [...]" (Scifiworld #56).

Gollum

A la vista del resultado de la cinta de Jackson... pues la verdad es que uno se queda con las ganas de ver lo que hubiese podido hacer Del Toro.

Efectivamente, la sensación con la que salí del cine es de haber visto una precuela de "El señor de los anillos" en lugar de una adaptación de "El hobbit". Y esta aseveración no es un halago precisamente.

Creo que "El hobbit" (libro) tiene un corpus formal e intencional muy diferente de "El señor de los anillos". El libro que J. R. R. Tolkien escribió en 1937 es un cuento infantil, casi un cuento de hadas, que Tolkien escribía para divertir a sus hijos pequeños. "El señor de los anillos", sin embargo, publicado por primera vez en 1954, tiene un tono notablemente más oscuro y debe leerse como un viaje iniciático de autodescubrimiento y, a la vez, una pérdida de la inocencia.

Es decir, "El hobbit" y "El señor de los anillos" son dos libros completamente diferentes con intenciones, estilos y mensajes absolutamente diferenciados. Solo tienen en común algunos personajes y el universo de la Tierra Media en el que ambas historias se desarrollan.

Por tanto, la idea original de Guillermo Del toro parece mucho más acertada que la desarrollada finalmente por Peter Jackson, quien fiel a la trilogía del anillo y a sí mismo ha realizado una precuela estilística, narrativa y ambiental de su magnum opus.

Así, las intenciones de Jackson se muestran ya desde el prólogo de la película, en el que Ian Holm (el Bilbo de la trilogía original) está acabando de escribir su autobiografía el día antes de la celebración de su 111 cumpleaños (mostrado en "LOTR: La comunidad del anillo"), convirtiendo toda la película en un largo flashback. ¡Hasta hace un cameo Elijah Wood!

Gollum

Estas intenciones se ven materializadas posteriormente con repetición de:

  1. Lugares (por supuesto La Comarca, la Cima de los Vientos, una más que extendida estancia en Rivendel...)
  2. Personajes (los mencionados Ian Holm y Elijah Wood interpretando a Bilbo y Frodo de la trilogía original, Elrond, Galadriel...)
  3. Fotografía, con las mismas soluciones visuales que en LOTR (uso de helicópteros para panorámicas, misma paleta cromática, batallas a slow motion...)
  4. Banda sonora de Howard Shore, donde se vuelven a escuchar cortes de LOTR para acompañara las imágenes de la Comarca, Rivendel, Galadriel, los Nazgul, los orcos...
  5. Y en definitiva guión, donde Jackson hace todo lo posible por unir ambos universos a través de un desarrollo de historias y personajes que deja aparcado el drama de Smaug para centrarse en el Nigromante y el surgimiento de un poder oscuro en el Este (tal vez este capítulo efectivamente aparezca en el libro, pero no lo recuerdo), y en los orcos como el ejército personificado de un Mal invisible pero latente.

Tal vez mi opinión esté sesgada por el hecho de que he visto recientemente la trilogía original y quería desintoxicarme de ella con una nueva visión de la Tierra Media. Lo que me he encontrado es, sin embargo, taza y media de lo mismo. Un empacho de LOTR que, por otra parte y dejando a un lado esta decepción personal, resulta una película de lo más entretenida y con (como pasaba con la trilogía original) auténticos momentos de cine en los que el gamberrismo de Peter Jackson aún se deja ver de vez en cuando, aunque cada vez, por desgracia, con menos frecuencia.

martes, 30 de agosto de 2011

Ya solo me queda tener un hijo...



...porque pinos he plantado muchos, como este gran mojón que desde hoy mismo está disponible en Bubok:



Más adelante haré una crítica en profundidad de mi experiencia integral con Bubok, pero he de decir que estoy muy satisfecho con el acabado del libro, especialmente con los colores de la portada, que no se han perdido en la impresión.

Lo dicho, acabo de cambiar el estado del libro de "Borrador" a "Publicado", así que si alguien se anima, que sepa que me van pa' la saca 0.53 euros por cada libro vendido :-)

PD: Como decía Robert Duvall: "amo el olor del napalm un libro recién impreso por la mañana".

PD2: A partir de 90€ los gastos de envío son gratuitos, así que si hay suficientes personas interesadas, puedo encargarme yo de centralizar un pedido y distribuir los libros en persona posteriormente. Por un euro más, os los doy sin dedicatoria :-P

miércoles, 17 de agosto de 2011

De verrugas y pollas

Marla esta fría y suda mientras le cuento que en la universidad una vez tuve una verruga. En el pene, aunque digo "polla". Fui a la Facultad de Medicina a que me la quitaran. La verruga. Después se lo conté a mi padre. Eso fue años más tarde, y mi papá se rió y me dijo que era tonto porque verrugas como ésa son un regalo de la naturaleza. Las mujeres las adoran y Dios me había hecho un favor.

Me arrodillo junto a la cama de Marla con las manos aún frías de la calle; palpo poco a poco la piel fría de Marla; pellizco un poco de la piel de Marla cada varios centímetros. Marla me dice que esas verrugas, ese regalo de Dios, provocan a las mujeres cáncer de cuello de útero.

Así que estaba sentado sobre una toalla de papel en la sala de reconocimiento de la Facultad de Medicina mientras un estudiante me rociaba la polla con un bote de nitrógeno líquido y otros ocho estudiantes observaban. Es ahí donde acabas si no tienes seguro médico. Solo que no la llaman polla, sino pene, y, la llames como la llames, te la rocían con nitrógeno líquido. Si te la quemaran con lejía dolería igual.


Chuck Palahniuk, El club de la lucha.



sábado, 6 de agosto de 2011

Mi biblioteca (I): Posesión, de Stephen King

Entre libros de viajes y de PNL, de vez en cuando aún saco tiempo para leer (o releer, como en este caso) libros fantásticos.

El fantástico es la metacategoría que engloba los siguientes géneros:
  • Terror
  • Fantasía
  • Ciencia Ficción o Ficción Especulativa

Aunque lo fantástico puede remitir a la fantasía, el lector avezado no debe dejarse confundir por lo parecido de las palabras. El género de fantasía (al que pertenece, por ejemplo, la tan de moda "Canción de Hielo y Fuego", "El señor de los anillos" o las crónicas de "Dragonlance") se considera un subgénero dentro de lo fantástico.

Hecha esta introducción, ubiquemos el libro que nos atañe.

"Posesión" (una lamentable traducción de un título original mucho mejor: "The Regulators"), es una novela de terror escrita por Stephen King en 1996, bajo el pseudónimo de Richard Bachman. Pseudónimo que utilizó en las siguientes novelas:

-Rabia (Rage, 1977)
-La larga marcha (The Long Walk, 1979)
-Roadwork (1981)
-El fugitivo (The Running Man, 1982)
-Maleficio (Thinner, 1984)
-Desesperación (Desperation, 1996)
-Posesión (The Regulators, 1996)
-Blaze (2007)

Stephen King



Sthepen King decidió usar pseudónimo durante un tiempo por dos motivos:

1) En primer lugar, las editoriales veían con malos ojos publicar más de un libro al año, para no sobresaturar el mercado. King vio en Richard Bachman la posibilidad de mantener el ritmo creativo innato en él.

2) En segundo lugar, King vio la oportunidad de descubrir si su éxito se debía al talento, o era una mera cuestión de suerte. Con otra identidad literaria quería averiguar si era capaz de llegar a lo alto de las listas de los libros más vendidos sin más publicidad de la que tuvo en sus propios comienzos. Sin embargo, el engaño se descubrió demasiado pronto para tener una respuesta clara.

"The Regulators" es uno de los últimos libros que publicó como Richard Bachman, y forma un juego de espejos con "Desperation", al que se une de forma inextricable y simétrica.

La trama de "The Regulators" es sencilla, incluso naïf. Pero King nunca ha destacado por tramas complicadas, sino por su artesanal forma de crear ambientes y situaciones de tensión y terror con lugares y objetos comunes.

El protagonista del libro es Seth, un niño autista de 6 años que durante un viaje a las viejas minas de Ohio sufre un percance a partir del cual no volverá a parecer el mismo. Unos días después, toda su familia es acribillada a balazos por pistoleros que conducían una furgoneta roja con un radar en el techo.

Dos años después, Seth vive con su tía Audrey en la típica urbanización de las afueras de una ciudad estadounidense. Una calurosa tarde de verano, extrañas furgonetas de colores chillones empiezan a recorrer la calle Popler. Aunque los vecinos no lo saben, acaba de comenzar su pesadilla.

Con esta trama arugmental King/Bachman hace una disección minuciosa al estilo de vida americano, diseccionando uno a uno a los habitantes de la calle Poplar: sus miedos, inseguridades, recelos, envidias y pretensiones.

Unos vecinos que nunca han llegado a conocerse entre sí, donde el límite del confort lo marcan las vallas blancas de madera que el cortacésped no puede atravesar.

King se ceba brutalmente con los personajes de su novela, tal parece que personificando en ellos la hipocresía de la sociedad, y haciéndoles pagar por sus pecados, utilizando para ello como arma la increíble mente del niño autista.

De alguna manera King nos parece decir que esos SuperCarros asesinos solo son una ilusión, aunque las balas que disparan atraviesan las paredes de verdad. De la misma manera, el american way of life de los personajes de la novela también lo es, pero de la misma manera que las balas, es una ilusión que puede hacer mucho daño.

Pero no todo es cinismo. King esboza algunos personajes nobles, que intentan ayudar a sus vecinos. Aunque sin duda los personajes mejor dibujados son el trío que hace pivotar a toda la novela: el pequeño Seth, el pequeño autista con mente de genio, luchador y estratega; su tía Audrey, sacrificada y abnegada para proteger a lo que queda de Seth; y... Tak, el villano que no se ve, el enemigo invencible y perfecto, el ominoso e innombrable ser que se deleita en el sadismo y la violencia, que se nutre del sufrimiento de las personas, y que desata una ola de violencia sobre la calle Poplar.

La novela también tiene otros puntos de interés, sobre los que King nos brinda algunos matices fugaces: el fin de la infancia, y ese periodo ambiguo que hay entre ella y la preadolescencia, como leit motiv de la trama. King también nos deja algunas perlas que bien pudieran ser autobiográficas en el personaje del escritor John Marinville, que se ha divorciado y ha dejado las drogas, y que ya no ve la escritura como una necesidad pulsante sino como un hobby amable.


"The Regulators" es, en mi opinión, un gran libro de Sthepen King. Quizá una de sus obras más subestimadas, pero a la altura de, probablemente, otras obras como "It", "Apocalipsis" o "Salem's Lot".

Recomendable para leerla en estas noches de verano, cuando ataca el calor y no puedes dormir, y de repente tu vista se aleja un segundo del libro y se clava en una esquina de la habitación, donde una chillona furgoneta roja con un radar en el techo te mira, sonriente, y espera que te duermas.

jueves, 25 de febrero de 2010

Muero por dentro

«[...] Según pensaba Aldous Huxley la evolución había formado nuestros cerebros de tal modo que sirvieran como filtros que tamizaban una gran cantidad de material que no nos resulta de auténtica utilidad en nuestra diaria lucha por el pan. Visiones, experiencias místicas, fenómenos psíquicos tales como mensajes telepáticos de otros cerebros y todo tipo de cosas por el estilo fluirían eternamente dentro de nosotros de no ser por la acción de lo que Huxley llamó, en un libro breve titulado Cielo e infierno, la "válvula de reducción cerebral". ¡Demos gracias a Dios por la válvula de reducción cerebral! De no haberla desarrollado, constantemente nos distraerían escenas de increíble belleza, penetraciones espirituales de una grandeza abrumadora y contactos mentales abrasadores y absolutamente sinceros con los demás seres humanos. Afortunadamente, el funcionamiento de la válvula nos protege - a la mayoría de nosotros - de tales cosas, y somos libres para vivir nuestras vidas cotidianas como mejor nos convenga.

Por lo que parece, algunos de nosotros nacemos con válvulas defectuosas. Me refiero a artistas como Bosch o El Greco, cuyos ojos no veían el mundo tal y como se presenta ante nosotros. Me refiero a los filósofos visionarios, los extáticos y los que alcanzan el nirvana; me refiero a los miserables y extraños parásitos que pueden leer los pensamientos de otros. Mutantes, todos nosotros. Mutaciones genéticas.

Sin embargo, Huxley creía que utilizando diversos medios artificiales, se podía efectuar el buen funcionamiento de la válvula de reducción cerebral, con lo cual los mortales comunes podían tener acceso a los datos extrasensoriales habitualmente sólo vistos por los pocos elegidos. Pensaba que las drogas psicodélicas producen este efecto. Sugirió que la mescalina interfiere en el sistema enzimático que regula el funcionamiento del cerebro y, al hacerlo, "reduce la eficiencia del cerebro como instrumento para concentrar la mente en los problemas de la vida en la superficie de nuestro planeta. Esto... según parece, permite que entren en la conciencia ciertos tipos de sucesos mentales normalmente excluidos dado que no poseen valor de supervivencia. La enfermedad o la fatiga pueden originar intrusiones análogas de material inútil desde el punto de vista biológico, pero con valor estético y a veces espiritual. También puede llegarse a lo mismo mediante el ayuno o mediante un período de confinamiento en un lugar oscuro y de silencio absoluto".

A partir de su propia experiencia, David Selig puede decir muy poco acerca de las drogas psicodélicas. Tan sólo tuvo una experiencia con ellas, y no fue feliz. Eso ocurrió en el verano de 1968, cuando vivía con Toni.

Aunque Huxley tenía en alto concepto las drogas psicodélicas, no las consideraba el único medio de acceso a la experiencia visionaria. El ayuno y la mortificación física también conducían a esa experiencia. Escribió sobre místicos que "utilizaban con regularidad el látigo de cuero anudado o incluso de alambres de hierro. Estas flagelaciones eran el equivalente de importantes intervenciones quirúrgicas sin anestesias, cuyos efectos en la química orgánica del penitente eran considerables.

Durante la flagelación misma, se liberaban grandes cantidades de histamina y adrenalina; y cuando las heridas resultantes comenzaban a supurar (como sucedía prácticamente con todas las heridas antes de la era del jabón), diversas sustancias tóxicas, producidas por la descomposición de las proteínas, se introducían en la corriente sanguínea. Pero la histamina produce un choque que afecta tan profundamente a la mente como al cuerpo.

Además, en grandes cantidades, la adrenalina puede causar alucinaciones, y se sabe que algunos productos de su descomposición producen síntomas semejantes a los de la esquizofrenia. Con respecto a las toxinas de las heridas, producen trastornos en los sistemas enzimáticos que regulan el cerebro y reducen su eficiencia como un instrumento para salir adelante en un mundo donde, desde el punto de vista biológico sobreviven los más aptos. Esto explicaría los motivos por los que el Cura de Ars solía decir que, en los días en que tenía plena libertad para flagelarse sin misericordia, Dios no le negaba nada.

En otras palabras, cuando el remordimiento, el odio a uno mismo y el miedo al infierno liberan adrenalina e histamina, y cuando las heridas infectadas liberan proteínas descompuestas en la sangre, la eficiencia de la válvula de reducción cerebral disminuye y entran en la conciencia del asceta aspectos desconocidos de la "Mente Libre", incluidos fenómenos psíquicos, visiones y, si se está filosófica y éticamente preparado para ello, experiencias místicas".

Remordimiento, odio a uno mismo y miedo al infierno. Ayuno y oración. Látigos y cadenas. Heridas supurantes. Cada uno con su propio viaje, supongo, y buen provecho les haga. A medida que el poder se va debilitando en mi, a medida que muere el don sagrado, acaricio la idea de tratar de revivirlo a través de medios artificiales. ¿Ácido, mescalina, psilocibina?

Creo que no me gustaría volver a eso de nuevo. ¿Mortificación de la carne? Eso me parece obsoleto, como revivir las Cruzadas o usar polainas: algo que simplemente es inadecuado para 1976. De todos modos, dudo que pudiera llegar muy lejos con la flagelación. ¿Qué me queda entonces? ¿Ayuno y oración? Supongo que podría hacer ayuno. ¿Oración? ¿A quién? ¿A qué? Me sentiría realmente tonto. Querido Dios, devuélveme mi poder. Querido Moisés, por favor, ayúdame. Nada más que tonterías. Los judíos no rezan para pedir favores, porque saben que nadie responderá. Entonces, ¿qué me queda? ¿Remordimiento, odio hacia mí mismo y miedo al infierno? Esas tres cosas ya las tengo y no me sirven de nada. Es preciso probar otra forma de estimular el poder para que reviva. Inventemos algo nuevo. ¿Flagelación de la mente, quizá? Sí. Lo probaré.

Sacaré los garrotes metafóricos y me castigaré. Flagelación de la mente dolorida, debilitada, palpitante, que se va desintegrando. La mente traicionera y detestable.

Pero, ¿por qué quiere David Selig recuperar su poder? ¿Por qué no dejar que vaya desapareciendo? Siempre ha sido una maldición para él, ¿no es cierto? Lo ha aislado de sus semejantes y lo ha condenado a vivir una vida sin amor. Déjalo en paz, David. Deja que desaparezca. Deja que desaparezca. Pero, sin el poder, ¿qué eres? Sin ese único medio de contacto vacilante, caprichoso e insatisfactorio con ellos, ¿cómo podrás tocarlos? Para bien o para mal, tu poder te une a la humanidad, es la única forma de unión que posees: no puedes tolerar la idea de renunciar a él. Admítelo: amas y desprecias este don tuyo. A pesar de todo lo que te ha hecho, temes perderlo. Aunque, sabes que la lucha es inútil, lucharás por aferrarte a sus últimos vestigios. Sigue luchando, pues. Vuelve a leer a Huxley. Si te atreves, prueba con ácido. Prueba la flagelación. Al menos, prueba el ayuno. Muy bien, el ayuno. Decididamente no al guisado chino, ni al rollo de carne y verduras picadas. Coloquemos una hoja nueva en la máquina de escribir y pensemos en Odiseo como símbolo de la sociedad. [...]»

Robert Silverberg, "Muero por dentro"

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Para que yo me llame Ángel González

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...


(Ángel González 1922-2008, Áspero Mundo)

martes, 22 de julio de 2008

Sobre "Tropas del espacio", y un breve apunte melancólico sobre Usenet

Copypasteo directamente de cYbErDaRk.net:

Objeto de controversia desde su aparición en 1959, Starship Troopers (hoy devuelta a la actualidad por la espectacular película de Paul Verhoeven), es una obra básica en la historia de la ciencia ficción. Aunque muchos la consideran un simple panfleto militarista, otros han querido ver en ella una crítica soterrada a ese mismo militarismo.


Starship Troopers narra la formación de un soldado espacial y su aceptación final del darwinismo social en un proceso que implica la justificación del militarismo, del liberalismo más exacerbado y de un sistema político escasamente democrático en el cual sólo los veteranos, libres ya de un servicio militar que dura dos años, tienen derecho al voto y son considerados ciudadanos de pleno derecho. Robert A. Heinlein es el autor más emblemático de la ciencia ficción norteamericana, cuatro veces ganador del premio Hugo y primer Gran Maestro Nebula, galardón concedido al trabajo de toda una vida dedicada a la ciencia ficción.


Una última reflexión: a veces añoro los momentos que pasaba leyendo las news de es.rec.ficcion.misc (erfm), en mi opinión el mejor grupo de noticias de todo el Usenet hispanoparlante (a lo que se le llamó el Internet para pobres), y donde me he encontrado algunas de las mentes más inquisitivas de la red: Cris, diaspar, Anraman, Dr. Slump, Kalsbad, etc. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Aún seguirán discutiendo ad infinitum sobre ciencia, ficción, sistemas político-económicos, the Pila, netiqueta, cienciaficcina, filología, literatura de género...?

Algún día, Da5id (aka Poole), volverá...

miércoles, 9 de julio de 2008

El azar

De vez en cuando tengo tardes tontorronas como la de hoy, en la que mi mente cansada empieza a divagar por caminos por los que no transita habitualmente.

Desde hace unos meses (en realidad, coincidiendo con mi ruptura sentimental) he empezado a pensar cada vez más en el sentido de la vida, en la muerte, y en esas cosas que, en general, nos hacen sentir mal cuando pensamos sobre ellas.

No voy a hablar aquí, al menos hoy, de temas tan desagradables. Por mucho que se me critique, aún no he llegado al nivel de Javier Malonda ;-)

Pero de lo que sí me apetece hablar es del azar o, como algunos lo llaman, destino. El mundo está dividido en dos clases de personas: los que creen en el Destino y los que creen en el azar. Esos dos mismos grupos están conformados casi exactamente por las mismas personas que creen en Dios, y las que no. Creer en el Destino supone asumir un objetivo o finalidad en nuestras vidas, y eso implica un inteligencia o motor trascendental detrás de nuestro mundo, que de alguna forma guía nuestros pasos. Eso, en mi opinión, está muy cerca de lo que yo llamaría "Dios".

Por eso, aunque a muchos de los que no nos tragamos la existencia de Dios nos encantaría la idea de un Destino que dotase de teleología, de causa final para nuestras vidas... en el fondo tenemos que mirarnos honestamente al espejo y admitir que el destino son 3/4 partes de azar y una parte de esfuerzo personal.

Hoy he ido a comer al parque Juan Carlos I y antes de volver al trabajo he estado tirando migas de pan a los gorriones. En poco tiempo se han juntado diez o quince pajarillos cerca del césped en el que me sentaba. Sin duda había pájaros que se situaban mejor que otros, y algunos eran más ágiles y estaban más atentos. Pero en última instancia era mi mano la que decidía en el último momento adónde tiraba la miga de pan. No era algo que el gorrión pudiese controlar o, siquiera, adivinar.


Hace cuatro años hice el examen de ingreso a la escuela de idiomas, y aunque debería haber entrado en tercero, el listening que hice fue pésimo y acabé cursando el segundo año. El segundo día de clase Daniel y yo nos sentamos con unas chicas a las que no conocíamos. A los dos meses un ejercicio gramatical sobre el nombre de nuestros familiares determinó sin lugar a dudas que la chica que se sentaba a mi derecha era mi prima segunda; una prima que no sabía que tenía, y que fue compañera de juergas durante bastantes años. Tal vez uno de mis mejores amigos comparta el resto de su vida con una prima de mi prima (que, por tanto, también es prima mía).

Hoy lo he pensado: ¿qué hubiese pasado si no hubiese hecho mal aquel examen oral y hubiese pasado a tercero? ¿Hubiese el destino hecho que la pareja de la que hablaba hubiesen terminado de todas formas juntos? La respuesta es, casi con toda probabilidad, que no. Y un corolario aún más inquietante: lo verdaderamente aterrador no son las cosas que nos han sucedido por casualidad, sino aquellas que han dejado de sucedernos, también, por azar. ¿A qué personas he dejado de conocer porque agaché la cabeza cuando no debía o porque me ausenté durante unos segundos, o porque no tuve el valor de replicar una respuesta simpática? ¿Qué vidas paralelas hubiese podido vivir si la moneda no hubiese salido cara sino cruz?

Existe una teoría científica desarrollada por Hugh Everett llamada Teoría de los Multiversos o Universos Paralelos, según la cual cada decisión aleatoria que ocurre en cualquier lugar da lugar a tantos Universos como posibles valores pudiese tomar dicha decisión. Naturalmente con las leyes que conocemos esto es imposible; la cantidad de energía necesaria para escindir un Universo en dos es, exactamente, la energía de dos Universos, con lo que la paradoja es evidente. Sin embargo, a efectos didácticos sería interesante ver la traza que nuestros actos y nuestras decisiones han ido marcando en los Multiversos y en nuestro universo particular, nuestro yo, nuestra vida. Y sobre todo, la traza que han dejado las decisiones de los demás o los actos meramente fortuitos.


En "El fin de la eternidad" Isaac Asimov plantea una agencia llamada Eternidad compuesta por policías del tiempo, cuya labor consiste en introducir el mínimo cambio posible para devolver el curso del tiempo a la curva de normalidad cada vez que se sale de ella. La idea de que un pequeñísimo acto, aparentemente fortuito, puede generar un gran cambio (el efecto mariposa, en definitiva), es tremendamente atractiva y terroríficamente realista.

Nos creemos la ilusión de que somos dueños de nuestros actos y de nuestra vida, que controlamos la situación en todo momento... pero la asquerosa realidad es que el aleteo de una mariposa puede tirarlo todo abajo. Una enfermedad, una separación, un despido, un accidente... Nos gusta pensar que ese tipo de cosas solo le pasan a los demás, pero cuando uno va haciéndose mayor se da cuenta de que conoce a mucha gente a la que ese tipo de cosas ya le ha pasado... y es entonces cuando nos damos cuenta de que nos está pasando a nosotros, a través de esas personas. La probabilidad de sufrir un cáncer, de morir en un accidente de tráfico o de sufrir un ataque al corazón son bajas (más altas de lo que nos gustaría, no obstante), y sin embargo la estadística demuestra que todos nosotros conoceremos a alguien que padecerá algunas de esas cosas, y son solo un ejemplo.

También las cosas buenas, por supuesto. Yo he tenido una suerte enorme de haber conocido a algunas personas de las que me enorgullezco de considerarme su amigo: Daniel, Javier, Aitor, Mauri, Covadonga, Alberto(s), Iván, Paz, Ana, Penélope, Cristina(s), Jesús, Pedro... Y a todas las he conocido de forma fortuita, ya que a priori nadie escoje cómo conoce a sus amigos.

A veces miro hacia atrás y veo la serie de decisiones que he tomado y que me han llevado hasta donde estoy ahora. Y me aterra pensar que las mejores decisiones las he tomado de manera casi aleatoria. Me aterra pensar lo que hubiese sido de mi vida si hubiese tomado la decisión errónea. Y me aterra pensar que a lo mejor lo que ahora estoy viviendo es el resultado de una decisión errónea, en realidad.

No sé, tal vez es tarde y estoy cansado, pero... ¿no acojona mucho el darse cuenta de lo ínfimos e insignificantes que somos? Nos creemos el epicentro del universo, y en realidad no somos más que una precaria y rara consecuencia de las leyes del universo que, entre otras peculiaridades, reflexiona sobre sí misma mientras avanza hacia su final, escrito en el inexorable libro de... la Estadística.

Just remember that you're standing on a planet that's evolving
And revolving at nine hundred miles an hour,
That's orbiting at nineteen miles a second, so it's reckoned,
A sun that is the source of all our power.
The sun and you and me and all the stars that we can see
Are moving at a million miles a day
In an outer spiral arm, at forty thousand miles an hour,
Of the galaxy we call the 'Milky Way'.
Our galaxy itself contains a hundred billion stars.
It's a hundred thousand light years side to side.
It bulges in the middle, sixteen thousand light years thick,
But out by us, it's just three thousand light years wide.
We're thirty thousand light years from galactic central point.
We go 'round every two hundred million years,
And our galaxy is only one of millions of billions
In this amazing and expanding universe.

The universe itself keeps on expanding and expanding
In all of the directions it can whizz
As fast as it can go, at the speed of light, you know,
Twelve million miles a minute, and that's the fastest speed there is.
So remember, when you're feeling very small and insecure,
How amazingly unlikely is your birth,
And pray that there's intelligent life somewhere up in space,
'Cause there's bugger all down here on Earth.

domingo, 24 de febrero de 2008

V A L I S

SIVAINVI (sigla de Sistema de Vasta Inteligencia Viva, nombre tomado de un film norteamericano): Perturbación del campo de la realidad por el que se crea un vórtice negentrópico autocontrolado y espontáneo que tiende progresivamente a subsumir e incorporar su medio para transformarlo en estructuras de información. Se caracteriza por contar con una cuasi conciencia, finalidad, inteligencia, desarrollo y coherencia armilar.

Gran Diccionario Soviético
Sexta edición, 1992


El quebrantamiento nervioso de Amacaballo Fat comenzó el día en que recibió el llamado telefónico de Gloria para preguntarle si tenía algunas píldoras de Nembutal. Él intentó averiguar para qué las quería y ella le explicó que tenía intención de matarse. Estaba llamando a todos los que conocía. Ya había recolectado cincuenta pero, para que no hubiera dudas sobre el resultado, necesitaba treinta o cuarenta más.

Inmediatamente Amacaballo Fat dedujo que esta era la forma en que ella estaba pidiendo ayuda.

SIVAINVI, página 1



”Estamos ante una novela que ha creado mucha controversia dentro de la ciencia ficción. Mucha gente la califica de obra maestra, cercana a la perfección, siendo una especie de Nuevo Testamento, mientras que otra mucha gente la considera una obra vulgar y absurda que solo fue editada por la fama de su autor. En realidad no es ni una cosa ni otra, es una buena novela- no es ni muy buena ni muy mala- . Es una novela distinta a las que estamos habituados, en la que [Philip K.] Dick juega con los conceptos de realidad y de irrealidad; en este caso juega con una ilusión esquizofrénica de sí mismo. Desde el principio nos pone sobre aviso, pero al ser un escritor muy hábil nos hace creer durante parte de la novela que el narrador, él mismo, se está equivocando y que las premisas que nos ha dado en la primera página son erróneas, que en realidad todo está ocurriendo y que realmente el protagonista está en contacto con Dios y su exagénesis en un Nuevo Testamento.

Desde luego no es una novela fácil, entronca directamente con lecturas religiosas y tiene influencias cristianas, budistas, del Talmud, hinduistas. Pero sobre todo tiene la influencia de Dios, o de una de las ideas que se tenía en la California de los años 70 de Dios, que iban desde una entidad superior e impenetrable, a que fuera un extraterrestre que mediante su maquinaría más avanzada nos manipulaba, pasando por la negación de su existencia hasta llegar a unas creencias férreas sobre la condenación por la simple existencia de Dios. Pero sobre todo este libro trata sobre la esquizofrenia. Dick nos describe perfectamente a un enfermo en plena crisis, y además nos explica desde el principio por que es esquizofrénico y el camino que le ha llevado a enfermar.

Phillip K. Dick era un gran escritor y se nota, completamente obsesionado con la realidad, o más concretamente con el concepto de realidad que tiene cada persona. consigue hacernos creer en la realidad de los personajes Por eso tiene tanta importancia la revelación que recibe Amacaballo Fat, por que cambia su concepto de realidad. Y es cambiada por un agente externo, Valis, o eso nos intenta hacer creer Dick cuando en realidad estamos asistiendo a un proceso de locura en cadena. También demuestra su habilidad en que para distanciarse de Amacaballo el propio Dick nos da notas de la realidad comentando cosas de sus novelas.

Valis, que fue publicada primeramente como Sivainvi forma parte de una trilogía más conceptual que estricta en la que la obsesión por la divinidad presente en gran parte de la obra de Dick -en esta ocasión esta omnipresente- tanto en Valis como en La invasión divina, como en La Transmigración de Timothy Archer.

Definitivamente es una novela para aquellos a los que les guste Dick y estén interesados en su concepto de realidad; para aquellos a los que Dick les parezca un escritor mediocre Valis les cansará y les parecerá una tomadura de pelo.”

Daniel Gonzalo, octubre 2003



Un fotograma de Lost, capítulo 4x04, 0:0:22

lunes, 14 de enero de 2008

El héroe de las mil caras

No me hagáis callar diciendo "esto ya me lo sé", porque si lo hacéis la mitad de la ciencia ficción y como unos dos tercios de la fantasía que hay en los estantes desaparecerían con una explosión de ectoplasma.

Nuestra historia comienza en los límites de la civilización, donde un joven aparentemente normal está sufriendo los tormentos de la angustia adolescente. Sin que lo sepan los patanes que le rodean (y quizá sin que lo sepa él mismo), es, de hecho, el heredero legítimo aunque exiliado del trono del Imperio, o un superhombre mutante de incógnito, o el propietario de poderes mágicos latentes, o un ciberbrujo de tres pares de narices o quizá, sencillamente, un fuera de serie con la espada de doble filo.

Pero las Fuerzas Oscuras están en auge, se está cociendo un Apocalipsis como la copa de un pino entre el Bien y el Mal, y nuestro héroe está destinado por imperativos genéticos, hereditarios o argumentales a ser el campeón de los Ejércitos de la Luz. Unos siniestros personajes merodean por Villaconejos de Abajo buscándolo, y puede que hacia el final del primer capítulo hayan estado cerca de cargárselo.

No tarda en aparecer un forastero procedente de los mundos centrales, un forastero Poseedor de conocimientos avanzados, perspectiva histórica, visión política y la misión de buscar al Enchufado del Destino para entrenarlo y conseguir que se enfrente a Darth Vader en la gran pelea por la corona de peso pesado del universo.

Así comienza la educación errante de nuestro héroe bajo las directrices de Merlín el Mutante. Irá desarrollando sus poderes potenciales en un viaje organizado por la galaxia, e irá abriéndose paso a tortas desde la nada de la que vino en una lenta trayectoria espiral hacia el Trono del Imperio.

Por el camino sufre el desprecio de la Princesa, va acumulando a su alrededor un abigarrado sistema satélite de duros tenientes y sargentos de primera, monta un Ejército del Pueblo, salva a la Princesa de un destino peor que Gor —ganándose su amor de paso—, y por último le revela su Identidad Secreta de legítimo Emperador de Todas las Cosas y la convierte a la causa.

El ejército guerrillero se abre camino luchando hasta Roma, y consigue llegar al Palacio Presidencial tras una batalla de unas sesenta páginas llena de sacrificios y proezas. Pero el Señor Oscuro no ha llegado a convertirse en Maestro del Mal chupándose el dedo, muchachos: el Señor del Mal se mete una herradura en el guante de una mano y un disruptor neurónico en el guante de la otra, y el héroe y él se disputan quince asaltos mano a mano en lucha por el destino del universo.


Pero resulta que el Tío Feo no ha oído hablar de las reglas de boxeo del Marqués de Queensbury: tumba al árbitro sobre la lona y nuestro chico recibe palos durante catorce asaltos, dos minutos y cuarenta segundos. Maloman va muy por delante en las tarjetas de puntuación de los jueces, y además está a punto de noquear al Blanco Chico de la Luz, así que parece que al universo le espera una mala racha de un millón de años.

Pero, justo cuando está en el suelo y a punto de oír el final de la cuenta atrás, sus poderes mágicos entran en acción, la princesa le lanza un besito, Obi Wan Kenobi le recuerda que la Fuerza le acompaña, su intelecto mutante le permite fabricar un lanzarrayos de partículas con mondadientes y clips, y un criado al que una vez salvó la vida le inyecta un chute consistente en 100 mg. de anfetas sagradas.

Nuestro héroe se levanta de la lona a la cuenta de nueve y lanza un inspirado discurso: "Eh, tío —le dice al Villano Definitivo— se te ha desatado el cordón del zapato." Cuando Ming el Implacable baja la vista para comprobarlo, el Héroe del Pueblo le lanza un gancho a la mandíbula que lo saca del cuadrilátero y de la novela, haciéndole volar hasta el segundo libro de la serie.

El bien triunfa sobre el mal, se hace justicia, el héroe se casa con la princesa y se convierte en Emperador de Todas las Cosas, y todo el mundo vive feliz por siempre jamás.... o, por lo menos, hasta que llegue el momento de fabricar la segunda parte.

Suena familiar, ¿no? Los estantes de la ciencia ficción gimen bajo el plúmbeo peso de estas «sagas épicas sobre la lucha entre el Bien y el Mal» fabricadas mediante clonaje, de estos «poderosos héroes» embutidos en trajes espaciales ajustados y suspensorios con remaches de bronce, de estas «trepidantes historias de acción y aventuras». Con un programa medianamente decente de Búsqueda y Sustitución en el ordenador, lo antes expuesto podría servir (y es probable que haya servido) como resumen argumental publicitario de la mayoría de la ciencia ficción que se ha publicado.

Si existiera una fórmula a toda prueba para fabricar basura, sería ésta. Es la ecuación milenaria para el esqueleto argumental de la ciencia ficción comercial, con todas las variantes elevadas hasta el máximo de sus límites teóricos. El personaje con el que identificarse no es simplemente un héroe que inspira simpatía: es la fantasía masturbatoria definitiva, el lector como Emperador del Universo, como Divinidad. Lo que está en juego es nada menos que el destino de la humanidad por los siglos de los siglos, y la princesa siempre tiene el mejor trasero de toda la galaxia. El villano es lo más parecido a Satanás que se puede ser prescindiendo del rabo y los cuernos, no deja de retorcerse el bigote negro mientras se regocija con el tormento de las masas oprimidas, lleva a cabo prácticas sexuales indescriptibles y exprime animalitos encantadores sobre copas de vino para beberse su sangre.

Ah, pero no existe la fórmula a toda prueba para fabricar basura, y ni siquiera el argumento de El Emperador de Todas las Cosas lo es. Cierto, durante un tiempo la aplicación diligente de esta fórmula ha permitido que ejércitos de plumíferos mercenarios fabricaran montañas de fantasías adolescentes para deleite masturbatorio de jovencitos acomplejados por el acné y la timidez; pero, maravilla de maravillas, también es cierto que muchas auténticas obras maestras del género encajan cómodamente dentro de estos parámetros formales.

Dune, Neuromante, El libro del Sol Nuevo, ¡Tigre, tigre!, la mayor parte del ciclo Dorsai de Gordon Dickson, El Señor de los Anillos, Los tres estigmas de Palmer Eldritch, El Señor de la Luz, Nova, La intersección Einstein, las novelas del Mundo del Río de Philip José Farmer, Forastero en tierra extraña, Tres corazones y tres leones, y otras muchas novelas de auténtico valor literario son hermanas entrecubiertas, al menos en términos argumentales, de esta Ur-fórmula primigenia para la acción-aventura.


Y, si a eso vamos, también lo son el Libro del Éxodo, el Nuevo Testamento, el Bhagavad Gita, las leyendas del Rey Arturo, Robin Hood, Sigfrido, Barbarroja y Musashi Murakami, las vidas de Alejandro el Grande, Napoleón, George Washington, Simón Bolívar, Tokugawa Ieyasu, Lawrence de Arabia y Fidel Castro, por no mencionar Una tragedia norteamericana, El conde de Montecristo, David Copperfield, El hombre que podía hacer milagros (1) y Superman.

Por tanto, es obvio que nos enfrentamos a algo más profundo que una simple fórmula de ficción comercial: se trata de una historia arquetípica intercultural que parece surgir del inconsciente colectivo de la especie, presente allí donde se cuenten historias, e incluso hay quienes aseguran que es la historia arquetípica.

En su obra The Hero With a Thousand Faces (El héroe de las mil caras), Joseph Campbell ofrece la explicación probablemente más exhaustiva, sutil, sofisticada y consciente de esta tesis. Es lectura obligatoria para todo el que quiera captar el significado interno, con abundantes precisiones interculturales.

El Héroe de Campbell, al igual que el héroe del Emperador de Todas las Cosas, comienza la historia siendo ingenuo, consigue un mentor y una misión, se abre camino peleando hasta el centro del inframundo, vence en una batalla culminante en la que consigue aquello por lo que había emprendido su viaje, a menudo consigue una princesa, y se alza triunfante como Portador de la Luz.

Puede que no sea la plantilla formal para toda la literatura de ficción, pero desde luego es una de ellas, junto con la tragedia, la odisea picaresca, el romance, la historia del burlador y la farsa de dormitorio.

Porque el Héroe de las Mil Caras, a diferencia del héroe del Emperador de Todas las Cosas, es un ser humano prototípico embarcado en una búsqueda mística.

Su guía es su maestro espiritual shamánico. Su viaje es la historia de su despertar espiritual. Libra batalla con las facetas más bajas de su propia naturaleza, ya sea de forma abierta o transmutadas en una imaginaría de villanos o monstruos. El inframundo o centro en el que por fin consigue penetrar, es el Vacío que hay en el centro de la Gran Rueda, el nivel de la mente donde el ego y la conciencia emergen de la base colectiva de la creación.

Y la batalla definitiva en el centro es la lucha por conseguir la fusión mística de su espíritu con el mundo, el clímax triunfal mediante el que obtiene una trascendencia espiritual con la que puede volver al mundo de los hombres como Portador de Luz e inspiración heroica.

Eso es lo que hace que esta historia pueda tanto atraer a un público ávido pese a las veces que se ha contado ya, e inspirar más obras maestras de la literatura sin importar el número de grandes escritores que ya la han narrado en el pasado.

El Héroe de las Mil Caras es, después de todo, la historia de nosotros mismos, o al menos la historia de nuestras vidas que todos escribiríamos si pudiéramos poner las manos sobre el teclado del Procesador de Textos del Cielo, y por eso los narradores profesionales nos la siguen contando una y otra vez por todo el mundo a lo largo de los milenios, y por eso siempre estamos dispuestos a vivirla indirectamente una vez más.

Y si se cuenta de forma sincera y sin trucos, como ocurre con los fomas (2) de Vonnegut, puede hacemos sentir valientes, fuertes y alegres, y ello puede animarnos a realizar hazañas de valentía espiritual en nuestras propias vidas. Tomemos por ejemplo ¡Tigre, tigre!, de Alfred Bester, recientemente reeditada en tapa dura por Franklin Watts tras una imperdonable estancia en el inframundo del limbo editorial (3). Esta novela es generalmente reconocida como una de las seis mejores novelas de ciencia ficción jamás escritas, y es el fruto más soberbio producido durante el florecimiento del género en los años 50.

Gully Foyle, último mono de un carguero espacial, Hombre Corriente en pleno nadir kármico, comienza la novela atrapado entre los restos de su nave, a punto de expirar. Otra nave espacial se aproxima hasta la distancia suficiente para rescatarle, pero pasa de largo, encendiendo el fuego de la venganza en las profundidades de su adormilado espíritu.


El odio le impulsa a grandes hazañas. Sobrevive, escapa, comienza su búsqueda para encontrar y destruir la «Vorga», la nave espacial que le abandonó a su destino, y pronto descubre los poderes corporativos y las maquinaciones subyacentes que se ocultan tras lo ocurrido, para acabar siendo arrojado a lo que literalmente es un inframundo, el Gouffre Martel, una profunda caverna en la que los prisioneros se ven sometidos a una oscuridad y aislamiento absolutos. Allí conoce a la Princesa/Guía Espiritual, Jisbella McQueen.

Ambos escapan del Inframundo, y Foyle se convierte en Fourmyle de Ceres, hombre rico y poderoso capaz de perseguir y dar caza a los poderes que apoyaron al «Vorga» desde los más altos niveles políticos y sociales.

Foyle no se limita a amasar una fortuna y asumir la identidad de Fourmyle de Ceres; pasa por un proceso de educación mundana y espiritual durante el que le vemos madurar hasta alcanzar una auténtica humanidad, y contemplamos cómo su búsqueda de venganza se convierte en una búsqueda de justicia social.

En el clímax de la novela Bester utiliza una genial sinergia de prosa y algo semejante a la ilustración para hacer que Foyle y el lector pasen por lo que sólo se puede describir como una auténtica culminación psicodélica. Foyle acaba viéndose atrapado en el infierno llameante de otro inframundo. Sus sentidos se funden y se mezclan en una sinestesia, y Foyle se teleporta enloquecidamente por el espacio y el tiempo mientras se debate con el dilema moral de qué hacer con la sustancia secreta llamada PyrE.

El PyrE es un explosivo termonuclear que se puede hacer detonar sólo con la fuerza del pensamiento. Cualquiera es capaz de hacerlo. Durante su evolución hacia el Héroe de las Mil Caras, Foyle ha conseguido el poder de «espaciojauntear», de teleportarse hasta cualquier lugar de la galaxia. No cabe duda de que se ha convertido en el Emperador de Todas las Cosas. Literalmente, posee el poder de abrir el universo al hombre. Tiene un secreto que, de propagarse, dará a quien lo conozca el Poder de destruir la civilización. Para bien y/o para mal, en sus manos está el fuego de los dioses.

¿Qué debe hacer un auténtico héroe? ¿Conservar el secreto del PyrE y apropiarse del poder definitivo? ¿Dejarlo en manos de los «responsables» del poder?

La grandeza moral de ¡Tigre, tigre! radica en el hecho de que Gully Foyle no hace ninguna de las dos cosas.

Foyle, convertido en avatar del Hombre Corriente que ha llegado a la plena consciencia de sí mismo, le entrega el fuego de los dioses a todos los Hombres Corrientes y pone el PyrE en manos del pueblo.

"Todos estamos en el mismo barco. Vivamos juntos o muramos juntos —le dice al mundo de los hombres—. ¡De acuerdo, que Dios os maldiga! Yo os desafío. Morid o vivid y sed grandes. Volaos en pedacitos o venid a buscarme, venid a Gully Foyle y yo os convertiré en hombres. Os haré grandes. Os daré las estrellas."

El Hombre Corriente transformado en el Portador de la Luz, como el auténtico Bodhisattva, rehuye la cima de la trascendencia ególatra y vuelve al mundo de los hombres no como un avatar de la divinidad, sino como un Hombre Corriente renacido, como avatar democrático del dios que hay en el interior de todos nosotros. Y ésa es la verdadera luz del mundo, no la magnificencia de algún ungido Enchufado del Destino.

Ésta es la historia tal y como debe serle narrada al mundo moderno, una versión que, en cierto sentido, habría sido literalmente inconcebible antes del advenimiento de la moral democrática, aunque aparecen indicios de ella en el budismo y en el mito de Prometeo. Cierto, es un mensaje espiritual que la mayoría de la gente sigue pareciendo no estar muy dispuesta a escuchar: por lo menos, el público que devora ávidamente los clones del Emperador de Todas las Cosas no parece tener muchas ganas de escucharlo.

Las repúblicas degeneran en imperios, los caminos para conseguir la iluminación en religiones jerarquizadas y los líderes inspirados por una idea en tiranos; y lo mismo le ocurre a la historia del Héroe de las Mil Caras, que tiende a degenerar en la del Emperador de Todas las Cosas, y por razones muy parecidas.

Gully Foyle es un auténtico héroe, no por sus proezas, aunque las haga y muchas, ni por los poderes divinos que obtiene, sino porque al final alcanza el heroísmo moral y la lucidez del Bodhisattva.

Pero pocos héroes, ficticios o no, rechazan el trono del poder trascendental. Incluso el noble César, republicano de corazón, aceptó la corona del imperio cuando se la ofrecieron por cuarta vez.

Paul Atreides, el abiertamente trascendente héroe de la saga de Dune (o sea, de Dune, Mesías de Dune e Hijos de Dune las novelas de la serie que relatan su vida), superhombre presciente, se enfrenta a ésta, la misión definitiva del auténtico héroe y, en última instancia, fracasa.

Paul, perseguido por sus enemigos, es el heredero legítimo del ducado de Arrakis. Se somete a toda una serie de misteriosas iniciaciones bajo la instrucción de numerosos maestros y maestras espirituales, y acaba convirtiendo a los Fremen en un Ejército del Pueblo que liberará al planeta de los malvados Harkonnen. Por su herencia genética, Paul está destinado a convertirse en el Kwisatz Haderach, un ser con poderes prescientes de tal nivel divino que será adorado como dios y la jihad emprendida invocando su nombre asolará los mundos de los hombres. En el final triunfal de Dune, no sólo destruye a los Harkonnen, sino que es revelado en su calidad de avatar de la divinidad y, literalmente, se autocorona Emperador de Todas las Cosas.

Superficialmente, Dune parece la fantasía de poder definitiva para adolescentes acomplejados. Se nos presenta una figura con la que identificarse, el joven muy especial que es el yo soñado de uno mismo, lo seguimos a través de sus batallas, aventuras espirituales y hazañas, y al final nos convertimos en el objeto de adoración de todos los mundos y nos coronamos Emperadores de Todas las Cosas. La paja definitiva, o eso parece.

Pero no para Paul Atreides. La droga llamada melange ha hecho presciente a Paul, así que no tarda en tener visiones de la cruzada que está destinado a desencadenar. Y la idea le resulta aborrecible. Todo lo que hace, al menos a cierto nivel de autoengaño, tiene el objetivo de impedirlo, pero todo lo que hace acaba llevándole de vuelta a la línea temporal de lo inevitable. Al final de Dune, lo único que puede hacer es rendirse a su inevitable destino, asumir la divinidad, coronarse a sí mismo emperador y convertirse en el icono de la jihad.


Así pues, la conclusión aparentemente triunfal de Dune en realidad es una tragedia. El héroe lo consigue todo, hasta la corona de dios—rey del universo. Pero, a diferencia de Gully Foyle, no puede trascender su trascendencia, no puede alcanzar la gracia del Bodhisattva, no puede poner el cetro del conocimiento y el poder en manos del Hombre Corriente y ni tan siquiera puede detener su propia jihad.

Y su tragedia personal es que lo sabe. De hecho, lo ha sabido desde el primer momento. Paul se pasa la mayor parte de Mesías de Dune en el papel del mesías entronizado en cuestión, convertido en una figura amargada y gruñona que preside la institucionalización burocratizada del culto a su propia personalidad. Muere en Mesías de Dune, y renace en Hijos de Dune como un Jeremías del desierto, para volver a morir sin haber destruido su propio mito.

Esto es lo que convierte los tres primeros libros de la serie de Dune en auténticos logros literarios, en vez de en fantasías de poder masturbatorias, aunque los elementos de estas últimas se hallen presentes elevados a la máxima potencia. En las tres primeras novelas Herbert usa la ironía, al igual que su Héroe arquetípico. En cierto modo, las novelas son un ácido comentario a la historia del Héroe de las Mil Caras. Puede que Paul se haya convertido en dios-rey del universo, pero no logra escapar al destino que le ha elevado hasta esta cima, no puede abdicar en favor de la república del espíritu y no puede escapar a las terribles consecuencias de su divinidad. Es un dios capaz de conseguirlo todo salvo alcanzar su propia iluminación final, y sin ella su vida es un fracaso y esta nueva versión de la historia, una tragedia.

Esto explica también por qué el resto de los libros de Dune, los que tienen lugar tras la desaparición definitiva de Paul, degeneran hasta convertirse en una serie de nuevas versiones del Emperador de Todas las Cosas donde las figuras mesiánicas y las conspiraciones jesuíticas luchan por controlar un poder espiritual sin sentido durante el largo, larguísimo período pseudomedieval que sigue a la desaparición de Paul.

Tomada como un todo, la serie de Dune es un ejemplo casi perfecto de cómo y porqué la historia del Héroe de las Mil Caras evoluciona tan fácilmente hacia su desdichada imagen en el espejo, el Emperador de Todas las Cosas. Superficialmente hablando, tanto la una como la otra son fantasías de poder, pero la auténtica historia tiene también una dimensión moral y espiritual. Despojado de sus hazañas, el Héroe de las Mil Caras es un mito de iluminación, como Siddartha, La Montaña Mágica o Los vagabundos del dharma (4) en los que el lector se ve recompensado con una trascendencia mística y una elevada consciencia moral vividas de manera indirecta.

Pero, despojada de su corazón espiritual, despojada del clímax de democracia mística vivido por Gully Foyle o de la atormentada presciencia irónica de Paul Atreides, la historia sólo puede convertirse en lo que Hitler hizo de Nietzsche.

Porque, por desgracia, el Principio Führer es el lado oscuro de la historia del Héroe de las Mil Caras. Sin la visión moral de un Bester o la ironía trágica de un Herbert, se pierde la luz interior de la historia, y en vez de un paradigma de madurez moral nos queda la pornografía del poder, con la egoísta fantasía masturbatoria faustiana de la mística fascista, con las manos del lector en sus ajustados pantalones de cuero negro mientras se ve a sí mismo como el superhombre todopoderoso instalado en el podio definitivo.

Después de todo, muy pocos de nosotros somos Bodhisattvas; a casi todos nos gustaría sentirnos mucho más poderosos de lo que en realidad somos y, por lo tanto, un número excesivo de nosotros se siente atraído por el Principio Fuhrer, siempre que podamos imaginarnos como der Führer en cuestión .Y por eso, en una versión razonablemente hábil, el último clon del Emperador de Todas las Cosas seguirá vendiéndose como churros, sobre todo si va bien empaquetado con músculos abultados, armamento fálico y la adecuada parafernalia fetichista. Quita la luz interior de los ojos del Héroe de las Mil Caras, y la cara que te mirará burlona tendrá un mechón de pelo sobre la frente y un bigote a lo Charlie Chaplin.


(extracto de "El emperador de todas las cosas", Norman Spinrad, 1987, extraído a su vez de la web de Kalsbad)