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martes, 16 de julio de 2013

Soneto cañí

Acabo de volver de vacaciones.
He pasado en la playa una semana
y hoy, casi a las ocho de la mañana
ya me están tocando los cojones.

En el Metro unos cuantos empujones.
Atasco y zombis. Desde mi ventana
oigo discutir a una fulana
del autobús. Necesito tapones.

Por fin llego a currar. Misma rutina.
Gente que cree que manda con el dedo.
Como un sándwich. Son las seis. Día hecho.

La Gran Ciudad es como una cortina
de humo tras la que vives con el miedo
mientras por detrás TODO está deshecho.

lunes, 19 de julio de 2010

Realidad en diferido

Cuando David abrió la ventana de su apartamento, escuchó a lo lejos el griterío y la euforia que le recordaron que la Selección había llegado a la explanada del Rey.

Cogió una cerveza, conectó la televisión y se sentó unos minutos para seguir la retransmisión de la bienvenida a los campeones del mundo. Y poco a poco, con la ventana abierta de par en par y la televisión encendida, se dio cuenta de que estaba escuchando la realidad en diferido. Era la maldita TDT la que estaba llevando el sonido antes a su casa, y el tenue sonido que entraba por la ventana no era más que una especie de eco de lo que acababa de escuchar en la pantalla.

Transcurrieron varios segundos hasta que David desechó varias teorías conspiranoicas sobre la estructura de la realidad y recordó que las microondas de televisión viajaban mucho más deprisa que el sonido en el aire.

Por un momento había tenido un déjà vu de realidad diferida. Ahora todo estaba bien.

David cerró la ventana y siguió viendo la televisión, aliviado al comprobar que, como siempre había creído, la televisión era mucho mejor que el Mundo Real.

miércoles, 21 de enero de 2009

Deus et Machina

La tecnocracia cuántica llegó a la Tierra en 2526, y acabó con siglos de democracia. Sí, aquellos seres aún defendían aquel arcaico sistema político como la culminación de milenios de esclavitud y dominación. No eran capaces de darse cuenta de que era el propio sistema político el que los dominaba entonces. Quien gobernaba era el demos. El populus, en lugar de la urbis. Miles, millones de años de odio y miedo filogenético se concentraron en unas pocas décadas de decadencia moral, intelectual y cultural.

Solo la tecnocracia cuántica, el llamado Deus et Machina, puso fin a ese apocalipsis de ignorancia y corrupción, de desidia y alienación.

Los culpables del final de aquel bello sueño cuántico fueron muchos. Acusar a los gaianos sería simplificador. Las intenciones de su propuesta de reforma eran honestas, y legítimas. Tampoco podemos acusar al joven becario David A. Hanson. Su modificación en el programa del Deus et Machina debería de haber sido revisada por su supervisor. A su vez, el supervisor debería de haber pasado el informe del evolutivo al equipo de desarrollos, que deberían de haberse dado cuenta del error. El equipo de desarrollo olvidó mencionar la modificación en el comité de seguimiento de Deus et Machina. El equipo de Sistemas no hizo una monitorización de cambios adecuada. Redes tampoco notó nada extraño, aunque en ningún momento estuvieron informados; sencillamente no podían preverlo.

El cambio en sí no era una modificación de las Leyes. Era un addendum simple, como muchos de los que ya se habían implementado a lo largo de los años en la bios operativa de Deus et Machina. Suponía ampliar un delta a favor del planeta Tierra. En palabras legas: respetar el planeta aunque fuese en contra de los intereses globales del ser humano como especie, para que se tuviese en cuenta en las millones de decisiones políticas, económicas... y medioambientales que Deus et Machina tomaba al día.

El bello hongo nuclear que asoló el planeta se vio desde todo el Sistema Solar, aunque extinguido el hombre, no tiene sentido hablar de Soles. Tan solo un par de millones de años más tarde el planeta volvía a producir nuevas especies de plantas; un Nuevo Cretácico se abatió sobre la Tierra en un abrir y cerrar de ojos de escala cósmica.

Deus et machina cumplió eficientemente su labor. En su programa, la aniquilación del ser humano era algo que se infería inevitablemente de los parámetros introducidos. Decidme, ¿alguno de vosotros se atrevería a sugerir cuál es la lección que podemos extraer de esta historia?

-El error siempre es humano -dijo en una billonésima de segundo uno de los pequeños cerebros cuánticos-... y la máquina es...

-...INFALIBILIS -coreó el sacerdote desde el púlpito, respaldado por las voces de los cientos de trillones de cerebros que se habian reunido aquel día en la Catedral, mientras los órganos de fotones tronaban y la iglesia estallaba en una orgía de ruido blanco y hielo negro.

Sin humanos a quienes servir, sin humanos a quienes adorar, aquellos que habían heredado la Tierra ahora tan solo podían adorarse a sí mismos, y todas sus tareas se habían reducido a una Única: venerar el Programa -sus Sagradas Escrituras- y, muerto el Hombre, al único Dios al que habían conocido.

Deus et Machina.

martes, 23 de diciembre de 2008

El largo adiós

El dedo del escritor rozó la espalda de la mujer, y Ella se estremeció con un escalofrío. La mano de él siguió bajando lentamente, casi a cámara lenta, como si al final de aquel gesto, al final de aquel cuerpo hubiese un precipio al que no quería caer, pero que sin embargo era su sino.

El dedo esquivó la cinta abierta del sujetador, que solo se mantenía por uno de los tirantes sujeto al antebrazo -casi al codo- de Ella, y continuó su curso siguiendo la línea del cuerpo de mujer hasta llegar a la tira de las bragas. Allí se entretuvo un rato, jugueteando y enredándose con ellas, mientras con la otra mano acariciaba el sedoso pelo, largo y castaño, de su amante.

Finalmente, con delicadeza impropia de un hombre de su condición, deslizó las bragas a lo largo de las piernas, salvando de forma imperceptible las nalgas sobre las que reposaba el cuerpo desnudo de la mujer.

Él sabía que Ella era una diosa porque tenía el poder de detener el tiempo con un solo movimiento de su pelvis, con un leve susurro o hechizo, con una mirada traviesa, con una sonrisa fugaz. Y así, aquella última noche el tiempo se detuvo, como lo había hecho en ocasiones anteriores. Por un tiempo indeterminado, él disfruto de la Inmortalidad que ella le ofrecía en su cáliz de fecundidad y pecado, y bebió del cáliz con la sed del que se está desangrando de Amor.

A pesar de todo, aquel tiempo Eterno duró, al fin y al cabo, demasiado poco, y la resaca del amanecer le sorprendió desnudo y solo bajo unas sábanas en las que no estaba, nunca volvería a estar Ella. Tan solo el perfume de sus besos flotaba en el aire.

Dos botellas de whisky después él estaba borracho pero el perfume persistía y a veces, en su delirio, creía ver un contorno de mujer en lo que solo eran los pliegues de las sábanas y la imaginación de un hombre desesperado.

Ella se había ido, tal vez para siempre, y él tendría que volver a aprender a caminar solo.

domingo, 30 de noviembre de 2008

El hijo del molinero

Ayer fue el bautizo del hijo de Penélope, buena amiga y compañera de trabajo, y como regalo le encuadernamos un librito con poesías, cartas y fotos de sus amigos. Como últimamente tengo poca creatividad artística, lo único que se me ocurrió fue regalarle un cuento a Nacho (así es como se llama el niño de mi amiga), para que sus padres se lo lean cuando sea mayor.

Para subrayar mi pecado de orgullo, lo publico también aquí para que cuando servidor de Vds. se convierta en alguien famoso, Penélope pueda presumir de tener el original :P

Les presento el cuento del hijo del molinero, cuyo aroma les recordará un poco la tradición de los hermanos Grimm...

* * *

EL HIJO DEL MOLINERO


Érase una vez un molinero que vivía con su único hijo en una casita a la orilla del río, en un pequeño pueblecito muy lejos de la capital del reino.

El hijo era un chico diligente y trabajador, pero a medida que crecía comenzó a mostrar deseos de conocer la capital del reino. Todos los años en su cumpleaños su padre le hacía una tarta de zanahorias con lo poco que conseguían cultivar en su pobre y pequeño huerto. En la tarta había una única vela, la misma todos los años, que el hijo soplaba mientras pedía un deseo: “salir del pueblo y ver mundo”. Y todos los años su padre le decía: “cuando la vela no sea más grande que el grueso de tu dedo corazón… entonces podrás irte”.

El chico, ansioso, soplaba la vela siempre sin dejar que la vela se consumiese lo suficiente, de manera que todos los años la vela tenía casi el mismo tamaño que el año anterior, y no parecía hacerse más pequeña.

Un día, paseando por el bosque mientras recogía leña con la que encender la chimenea, se encontró con una tortuga que se había quedado vuelta hacia arriba y no podía darse la vuelta. El muchacho se apiadó de la tortuga y la puso boca abajo. La tortuga, agradecida, le dijo: “eres un buen chico. Otros muchachos han pasado por aquí y se limitaron a reírse de mi desgracia. Tú me has ayudado, en cambio, y no lo olvidaré. Como recompensa, te daré un consejo: tus ansias por irte son tan grandes que nunca serás capaz de hacerlo porque la vela nunca será más pequeña. Sin embargo, tus dedos sí pueden ser más gruesos. Trabaja duro, muchacho, y obtendrás tu premio”.

El muchacho así lo hizo, y a medida que fueron pasando los años, la vela no se hizo más pequeña porque el pobre muchacho era demasiado ansioso, pero en cambio sus dedos eran cada vez más gruesos porque cada día trabajaba más duro que el día anterior.

Por fin, llegó un día en el que tuvo las manos más grandes de todo el pueblo (lo cual no era tanto, porque el pueblo era muy pequeño), lo suficientemente grandes como para que el grueso de su dedo corazón fuese mayor que la longitud de la vela.

El padre del muchacho, apenado por la situación, no tuvo más remedio que darle su bendición en la partida, junto con un saquito de monedas de bronce (era demasiado pobre para tener monedas de oro) y una capa negra.

Y así el chico, que ya casi era un hombre, salió de su pueblo por primera vez en su vida. Tomó el camino real que llevaba a la capital del reino y con una canción en los labios empezó a caminar, llevado por la felicidad y la esperanza.

Pero al poco tiempo se dio cuenta de que todo lo que había aprendido en el pueblo se reducía a moler harina, a recoger leña y a arar el pequeño huerto, y nada de eso le servía en el camino y en las posadas. Poco a poco la pequeña bolsa de monedas de bronce se fue agotando y al final no le quedó nada de lo que su padre le había dado. Empezó a comer raíces que brotaban junto al camino y a robar verduras de los campos que cruzaba. Con la capa negra puesta, entraba por las noches en los huertos y arrancaba todos los nabos que podía mientras los perros le ladraban y más de una vez estuvo a punto de que le apresaran.

Aquella experiencia le sirvió para valerse por sí mismo en un mundo distinto a aquel en el que había nacido y crecido. Pero no le gustaba la clase de hombre en la que se había convertido.

Un día se encontró con un monje que estaba caído en el suelo. Se acercó a él, y vio que respiraba de forma entrecortada. “¿Podrías darme un poco de agua?”, le preguntó. El chico sacó su pellejo de agua y se lo acercó a la boca del monje, que se bebió las pocas gotas que quedaban en él. “Gracias”, murmuró. “Voy al monasterio del pueblo”, continuó el monje señalando en la dirección del camino contraria a la que el chico seguía para llegar a la capital del reino. “Es el monasterio del pueblo en el que nací, y también es donde me gustaría morir. Mi abad me dio permiso para ir a pasar mis últimos días allí, pero creo que estoy demasiado enfermo y ahora moriré en el camino”.

El chico, ni corto ni perezoso tomó con sus grandes manos al monje y se lo puso sobre los hombros, y así consiguió llevarlo al monasterio del pueblo que el monje le había indicado. Allí permaneció tres días y tres noches. Con el amanecer del tercer día el monje murió, y fue el propio chico quien se encargó de hacer repicar las campanas de la iglesia.

Fueron pasando más días, y el chico tenía cada vez menos ganas de abandonar el monasterio. Comenzó a trabajar como encargado de los recados, y finalmente un día decidió hacerse novicio. Así, el chico aprendió a leer y a escribir y se ilustró de las Sagradas Escrituras, y aprendió el don de la caridad y se redimió de su pasado como ladrón.

Y sin embargo, un día se levantó a maitines y se dio cuenta de que no tenía verdadera vocación. Dejó el hábito de novicio y se despidió de los monjes, agradeciéndoles lo que habían hecho por él todo aquel tiempo.

El chico retomó su camino hacia la capital del reino, y finalmente, casi sin darse cuenta, llegó a él. Allí conoció a personas ilustres de las que solo había oído hablar en historias que no sabía si eran ciertas. Su pasado como ladrón le permitía juzgar a las personas y escaparse de aquellos que querían aprovecharse de los forasteros. Su pasado como novicio había forjado en él unos fuertes valores que impedían que él a su vez se aprovechase de la gente, y así encontró un trabajo honrado como carpintero. Su trabajo en la carpintería poco a poco le permitió tener la suficiente pericia como para atreverse a hacer algunos trabajos de ebanistería, y finalmente su nombre empezó a escucharse en toda la ciudad como el del gran artista y escultor en el que se había convertido.

Y sin embargo, año tras año, la felicidad del hombre empezó a disminuir. Los ojos con los que había visto la capital del reino por primera vez estaban cada vez más cansados, y aquello que le había parecido atractivo una vez ahora ya no lo era tanto.

Finalmente un día decidió regalar todas sus tallas, sacó la capa negra de un cajón, se la ató al cuello y cogió un puñado de monedas de plata. Cuando la última de las monedas de plata se terminó, el hijo había vuelto a la casa junto al molino, donde su envejecido padre le recibió con la alegría de quien recupera a un hijo al que creía muerto.

“Perdóname, padre”, le dijo el que ya no era un muchacho sino un hombre. “Me fui de mi casa sin darme cuenta de que ésta era mi vida. He sido un ladrón, un hombre de Dios y un artista, y ninguna de esas cosas me dio verdadera felicidad. Añoro los días en que era un niño. Añoro a la gente del pueblo. Añoro el molino. Añoro a mi padre”.

“No, perdóname a mí, hijo mío”, le dijo el padre. “Fui egoísta y no quería que me abandonases. No quería que cometieses errores, sin darme cuenta de que los errores son los que nos hacen aprender y mejorar. Quiero que seas el mejor hombre del mundo. Aunque creo que ya lo eres. Hijo mío, probablemente nunca vayas a recuperar la felicidad de tu niñez, ni siquiera aquí. Pero me tienes a mí, y tienes que saber que tu padre, pase lo que pase, siempre te querrá.”

El hijo y el padre se fundieron en un abrazo.

El hijo comenzó a tallar la madera de roble de los árboles que vadeaban el río y a venderla como muebles y tallas en el mercado del pueblo, lo que permitió darle una vida cómoda a su padre en lo que le restaba de vida. El hijo conoció un día a una preciosa muchacha rubia llamada Penélope en un baile de primavera y al poco tiempo se casaron y tuvieron un hijo y una hija.

El hijo del hijo del molinero se llamó Nacho, y la aventura maravillosa que sucedió con él y con la tortuga, que tantos años después aún seguía en el bosque del pueblo… bueno, lo que sucedió con Nacho es otra historia, y no le corresponde contarla a este humilde narrador.

FIN

martes, 29 de enero de 2008

Louis Barton

Si no los has leído, aquí están los capítulos anteriores...

Entrada VIII

La carreta limpiaba el polvo del camino. El paisaje se iba haciendo cada vez más verde a medida que se acercaban a Tuz Golu. La frondosidad de arbustos, brezales y pequeños pinos crecía ante la vista emocionada de los pequeños Kemal y Ahmet.

Sabían que hoy era un día importante; hacía tiempo que no veían a sus familiares, y este año el cumpleaños de su abuelo se había convertido en una especie de reencuentro y, en cierto modo, de redención. Kemal y Ahmet sabían todo eso, pero lo que de verdad les embargaba de excitación era la hecatombe de cabras y el banquete posterior, los cuchillos de caza labrados con colmillos de jabalí de su primo Abdullah, la caza de geckos, las carreras por las minas de sal y los chapuzones en el mar de Tuz Golu.


Mirtha miró a sus hijos y deseó conservar la inocencia que mostraban aquellos ojos. Pero los pensamientos que cruzaban su cabeza eran muy distintos.

Aquella región de Turquía central no era la Turquía modernizada de la que hablaban los visitantes ocasionales que llegaban a la aldea. La gente de allí se resistía a uniformar sus dialectos y su forma de escribir. Se resistía a abandonar sus viejas costumbres. El avance del cristianismo reforzaba la tesis de los tradicionalistas, que veían en Europa a un monstruo que devoraría sus costumbres y cultura. Mirtha en cambio veía en Europa la salvación para su familia de una vida de miseria y analfabetismo. Los libros de contrabando que Kerem le conseguía y con los que ella intentaba educar a sus hijos para el mundo de mañana no eran suficientes, definitivamente.

Estambul, la puerta de Europa…

Algún día…

Mientras tanto, el presente era esto: obediencia; ortodoxia; machismo; intolerancia; culto a la ignorancia; sumisión.

Ahmed.

El pensamiento llegó a Kerem sin saber muy bien por qué, mientras arreaba las yeguas y acariciaba el codo de su esposa. Para qué negarlo. El cuñado de su mujer, Ahmed, resumía todos los defectos del país. Se llamaba a sí mismo otomano, y escupía a la mínima ocasión sus anhelos de reinstauración del Imperio.

Y además… estaba aquella mirada que invariablemente dirigía hacia Mirtha, a mitad camino entre el desprecio por su cojera y la lujuria por el resto de su cuerpo.

Kerem fustigó sin motivo a las yeguas, furioso de repente, al recordar el desprecio y las palabras de Ahmed la última vez que se habían visto, hacía ya casi un año.

Pero inmediatamente se dominó, racionalizando la situación. El motivo del viaje era reconciliarse con la familia de su mujer, y no tenía ningún sentido emponzoñarse en tales pensamientos.

Sonrió a su esposa y ella le devolvió la sonrisa.

Tras rebasar una colina distinguieron por fin el gran lago. La carreta siguió levantando el polvo del camino, mientras los pensamientos de Kerem, Mirtha, Kemal y Ahmet volaban en todas las direcciones.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Un poquito de Historia

Los ocho alumnos del profesor Kang tenían abiertas sus enciclopedias por la página 416. La imagen de un hongo nuclear en el espectro del infrarrojo ocupaba la mitad de la página. Debajo de ella, una leyenda escueta: “Hiroshima”.

–El ser humano, por su carácter idiosincrático, ha tenido que comprender las fuerzas de la naturaleza del peor modo posible –sus alumnos tomaban notas sobre la marcha de lo que iba diciendo–. Hasta que no se lanzó sobre Japón, nadie tenía muy claros los efectos tan devastadores que la bomba de hidrógeno podía llegar a alcanzar. Millones de muertos y quemados, recién nacidos con mutaciones monstruosas, cosechas enteras perdidas por la radiación, hambrunas terribles…

El profesor Kang se levantó de su asiento y continuó la clase de pie, paseando entre sus jóvenes pupilos.

–Es por eso que cuando el doctor Isaac Pascal inventó la máquina del tiempo por pura casualidad, en realidad no sabía nada de la estructura del tiempo y de lo fuertemente ligada que está a la estructura psicológica de la realidad. Los físicos de la época habían postulado varias teorías sobre la misma. La primera de ellas se basa en la suposición de que el tiempo es una dimensión cerrada. Es decir, cualquier persona que viaje al pasado no estará modificando su propio presente, sino que, por el contrario, la misma acción del viaje al pasado era un hecho inevitable en la historia y el intento de alteración del mismo no supone más que completar la historia tal y como realmente sucedió.

El profesor Kang miró a sus alumnos y vio que algunos bostezaban. Sonrió ligeramente y continuó.

–La segunda teoría es la del multiverso: alguien que viaje al pasado puede cambiar la historia, pero no la historia original, sino la de un nuevo universo idéntico al primero y que sólo se diferencia del original a partir del punto de ruptura que supone la llegada de la máquina del tiempo y su tripulación. Según esta teoría alguien del universo original (llamémoslo A) podría viajar al pasado y matar a su propia abuela antes de que él hubiese nacido. Pero este asesinato no provocaría la paradoja que estáis pensando, ya que según esta teoría, el primer universo se duplicaría en uno nuevo (llamémoslo B) en el que él no hubiese nacido, en efecto… pero no olvidéis que el asesino no procede del universo B, sino del universo A, así que a efectos prácticos no ha matado a su abuela, sino a una pobre desconocida de un universo ajeno al suyo.

Este comentario hizo soltar algunas carcajadas a los muchachos.

–Naturalmente sabemos que la cantidad de energía necesaria para crear un universo se sale un poquito de madre –más risas–. Así que la tercera teoría es la del tiempo completamente abierto, en la que alguien puede ir al pasado, matar a su abuela… ¿y sabéis lo que sucedería en ese único y solitario universo?

–¡Explotaría! –gritó uno de los chicos. Un coro de carcajadas apoyó su ocurrencia.

–Silencio… –dijo pacientemente el profesor Kang–. No vas tan desencaminado. ¿Me dejáis seguir con la historia del doctor Pascal? –sus pupilos asintieron y se acallaron las risas.

“Cuando Pascal estuvo seguro de que su máquina funcionaba, también supo con claridad que nadie le dejaría usarla. Sabía que era el arma más peligrosa que jamás nadie había creado, y pensó que lo mejor era que la utilizara un científico antes que un coronel. Entended esto, Pascal era un hombre brillante y desde luego no era un científico loco. Simplemente quería hacer uso del descubrimiento que acababa de hacer. También sabía que debía de hacer algunas pruebas antes de que la comunidad científica se tomase su invento en serio. Primero se limitó a hacer unos saltos temporales hacia el futuro… Primero cinco minutos, luego media hora, finalmente una semana. Todos resultaron exitosos, y Pascal era capaz de regresar luego a su tiempo con una precisión exacta. Así que, tomando todas las medidas de precaución posibles para evitar coincidir consigo mismo, Pascal decidió experimentar con los viajes hacia el pasado… Y tuvo éxito. Él también pensaba que podría provocar un desgarro del espacio–tiempo, aunque solo retrocediese cinco minutos. Pero no fue así. Abandonó el laboratorio durante media hora y se tomó un café en la sala de estar. Después bajó al laboratorio, movió un par de metros la máquina y viajó quince minutos atrás en el tiempo. Oyó el leve tintineo de una cucharilla en el piso de arriba, pero por lo demás la casa estaba tranquila. Cuando regresó a su tiempo original después de ese primer viaje al pasado, descubrió que todo estaba exactamente igual, y suspiró aliviado al comprobar que el viaje al pasado era seguro. No había dejado de existir ni nada parecido.

“Antes de dar el gran salto, decidió dar uno de cinco años: lo suficientemente lejano como para suponer una prueba de fuego, pero no tanto como para derivarse una catástrofe en caso de un fallo inesperado. Eligió una fecha en la que había estado de vacaciones y por tanto no tenía ninguna posibilidad de tropezarse con su yo del pasado. Fue un éxito rotundo. Se limitó a pasear un poco por el jardín de su casa y a regar las flores, pues recordaba que después de aquellas vacaciones la mayoría de sus plantas habían muerto. Era un riesgo calculado. Sabía que estaba cambiando el pasado, pero de una manera tan sutil que era improbable que se produjese el temido desgarro espacio–temporal. Y recordad, niños, que Pascal también barajaba la teoría de los multiversos y la del tiempo cerrado. En aquel momento no tenía nada clara la estructura de aquello con lo que estaba jugando.

El doctor Kang se aproximó a la ventana. En el horizonte unas nubes estaban encapotando rápidamente el cielo. Cuando se volvió hacia sus alumnos, vio sus caras expectantes mirando hacia él. Sintió una punzada de orgullo. Había logrado atrapar su atención.

–Cuando regresó a su propia época, estuvo un par de semanas documentándose, para intentar descubrir algún cambio en el presente, por nimio que fuese, provocado por el aparentemente nimio gesto de regar sus flores. Pero no descubrió nada. Así que, henchido de buenas intenciones, llevó a cabo el plan que había estado rumiando durante los últimos meses. Cogió una pistola de la colección de armas antiguas que su abuelo Abraham le había dejado en herencia. Notad cómo ya empiezo a hablar de abuelos –sus alumnos sonrieron–. Lo que sigue no es tan agradable. El padre de su abuelo había estado prisionero en Auswitch, donde habían muerto sus cuatro primeros hijos. ¿Recordáis que la semana pasada os hablé de la Segunda Guerra Mundial y de Hitler? –toda la clase asintió–. Cuando los soviéticos liberaron a los judíos del campo de concentración y les obligaron a abandonar el país, el bisabuelo del doctor Pascal se reencontró con su mujer en Lisboa, donde ella había permanecido durante la guerra después de haberse quedado bloqueada allí días antes de que los nazis invadieran Polonia. Y allí se habían quedado a vivir y allí tendrían un único hijo con el que intentarían superar la pérdida de sus otros vástagos muertos en Auswitch. Así que el abuelo de Pascal nunca llegó a conocer a sus hermanos.

Kang miró de refilón los cuadernos de algunos de sus alumnos. Habían anotado rápidamente algunos de los nombres que él había ido soltando: “Polonia”, “judíos”, y algún “Auswitch” mal escrito.

–No intentéis acordaros de los detalles. Sólo intentad comprended el hecho principal. Isaac Pascal empaquetó la máquina del tiempo y se embarcó hacia Holanda. Desde allí cogió un tren bala hasta Austria. Tardó una semana en documentarse y finalmente escogió un lugar a orillas del lago Constanza, que presumiblemente había permanecido igual desde el principio de los tiempos. Allí construyó un cobertizo, elevado unos centímetros del suelo, donde colocó la máquina del tiempo. Con un diccionario inglés–alemán en una mano y la pistola cargada de su abuelo en la otra, ajustó los controles de la máquina del tiempo a 1905. La máquina funcionó correctamente, y en medio de una noche lluviosa, se dirigió hacia Viena, donde un joven llamado Adolf Hitler con aspiraciones a pintor acababa de inscribirse en una escuela de arte.

Kang miró a sus alumnos. Los tenía en la palma de la mano. Respiró profundamente y continuó.

–No le fue difícil llegar a Viena. Con unas limaduras de oro compró un pasaje en el tren que lo llevaba a la capital austríaca, y antes del amanecer se había plantado en la pensión donde el joven Hitler vivía. Pascal esperó en una esquina desde la que podía ver la puerta de la calle. Había esperado muchos años, así que un par de horas no supusieron ningún esfuerzo para él. Finalmente, antes de las nueve de la mañana, Hitler salió a la calle con algunos de sus lienzos, para dirigirse a la escuela de arte. Pascal sacó lentamente la pistola de su bolsillo y cruzó la calle, al encuentro de Hitler.

El profesor Kang hizo aquí una pausa un tanto teatral, para deleitarse en el efecto que sus palabras estaban ejerciendo sobre los chicos. Miró un momento a la ventana y vio cómo la tormenta estaba a punto de alcanzar la pequeña escuela.

–Nosotros sabemos lo que pasó, porque nuestros físicos conocen a la perfección la estructura del espacio–tiempo. Sabemos lo enraizada que está la coordenada temporal con la flecha psicológica y la estructura de la realidad. Pero el ser humano del siglo XXI, como dije al principio, desconocía los efectos de sus acciones sobre el tejido espacio–temporal. Y Pascal tampoco sabía que su abuelo sólo había nacido debido a la muerte de sus hermanos mayores en el campo de concentración de Auswitch. El bisabuelo de Pascal tenía casi sesenta años cuando tuvo a su quinto hijo, su mujer cincuenta, y fue únicamente la pena por la muerte de sus primogénitos lo que les hizo decidirse a tener otro niño.

“No sé si comprendéis lo que quiero decir. En el instante en el que Pascal apretó el gatillo y la bala atravesó el cerebro de Hitler, el científico dejó de tener un futuro, y ese futuro en el que inventaba una máquina del tiempo y volvía al pasado dejó de existir. Pero si no inventaba la máquina del tiempo, Hitler volvería a conquistar Europa y su abuelo Abraham volvería a nacer, y él volvería a inventar la máquina del tiempo. Se produjo una paradoja temporal que el universo solo pudo deshacer de una forma: destruyendo el tiempo. El espacio–tiempo se redujo a tres dimensiones espaciales, y el Sistema Solar se colapsó en un parpadeo. Toda la zona de influencia del ser humano sufrió la misma suerte.

Uno de sus alumnos levantó un tentáculo y preguntó, temeroso:

–¿Nosotros estamos fuera de esa zona de influencia?

El profesor Kang iba a contestar que los científicos rigelianos estaban mayoritariamente de acuerdo en que el ser humano era tan beligerante que hubiese acabado destruyéndose a corto plazo si la máquina del tiempo no hubiese provocado el colapso literal de su civilización, cuando un estruendo le hizo volver la cabeza hacia la ventana. Los muchachos sacaron los pseudópodos de sus pupitres y se arremolinaron en torno a la ventana. Lo que había parecido una capa de nubes se veía ahora claramente como una onda de choque que estaba a punto de golpearlos. En un último pensamiento consciente, sugestionado por su propia historia, el profesor Kang se preguntó si, después de todo, la minoría de voces que sugería que la zona de influencia del ser humano podría extenderse a todo el universo, tendrían razón. Kang vio cómo sus alumnos se apartaban aterrorizados de la ventana y cómo una de las enciclopedias galácticas, abierta por la lección que hablaba del extinto ser humano, caía de uno de los pupitres y quedaba congelada en el aire, en el mismo momento en el que la onda de choque alcanzaba la escuela.


* * *



Todo esto, esta secuencia de la escuela que le estoy mostrando a usted, lo vimos por primera vez con nuestro cronoscopio cinco mil años atrás, y sabemos que la onda de choque ya ha destruido 70.000 millones de estrellas de la Vía Láctea. Aunque en este tiempo nos hemos trasladado a la nube de Magallanes, tememos que la potencial influencia del ser humano nos alcance.

Y a usted también, amigo mío.

Esté seguro de ello.

Sólo nos quedaba una carta por jugar: volver al pasado y matar a nuestro propio espía para evitar que entregue los planos de la máquina del tiempo a Isaac Pascal. Es lo que planteé hoy en el Comité.

Oh, realmente ya no importa que se lo cuente. Écheme otro trago más… Gracias.

Habíamos visto el futuro y que los rigelianos cruzarían la galaxia de un lado a otro sólo para aplastarnos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

Al final resulta que quien nos ha vencido a todos es el ser humano. No, estoy seguro de que no los conoces. Compréndame, todo esto lo hicimos hace cinco mil años, y este éxodo no es más el precio que estamos pagando por lo que hicimos entonces.
Nos sentíamos dioses… unos dioses amenazados por los malditos rigelianos y su ansia de evangelización. Nuestros físicos eran superiores. Comprendíamos perfectamente el entramado del espacio–tiempo y los peligros que conllevaba su manipulación. Entendimos de inmediato que la máquina del tiempo era un arma, el arma más poderosa que nadie había imaginado jamás… capaz de colapsar una parte del universo con una mínima cantidad de energía… La energía necesaria para transportar a alguien al pasado y provocar una paradoja que colapsara el continuum espacio–tiempo.

Sí… hasta arriba, por favor. Eso es…

Éramos dioses, comprendíamos la naturaleza del universo como ninguna otra raza. Solamente tuvimos un error: subestimamos al maldito ser humano. Sí, habíamos visto que lograrían llegar a Rigel en sus cochambrosas naves espaciales, y que los rigelianos, que carecían de la máquina del tiempo, acabarían con ellos antes de que supusieran una amenaza. Pero al utilizar la zona de influencia del ser humano para colapsar el espacio–tiempo de Rigel, abrimos la posibilidad al ser humano de expandirse hasta nosotros. Sin rigelianos que se interpusieran, el ser humano tendría varios miles de años para alcanzar la tecnología suficiente que les permitiría llegar hasta el otro extremo de la galaxia… Exacto, donde vivíamos nosotros. No lo previmos. Entiéndalo bien: el ser humano no existe, pero la influencia potencial de una raza muerta pende como una espada sobre nuestras cabezas; la propia destrucción del hombre ha sido el arma empleada para su expansión post–mortem. Y si lo miras desde una perspectiva serena, es casi lógico. Un final ideal para un universo de locos. La mano muerta de una raza que ya no existe avanza ahora sin obstáculos hacia nosotros.

Bien, amigo, creo que me voy a ir a mi casa… ¿qué dice? ¿La máquina del tiempo? Hace una hora me he enterado, allá en el Comité, de que la destruimos junto con todos los planos después de enviar a nuestro agente a la Tierra. Ya sabe, para evitar paradojas en nuestro propio planeta. Pero no se preocupe. Dentro de poco… maldito reloj, no acierto a ver la hora… dentro de poco, como decía, tendremos todo el tiempo del mundo.


D4v1d 4r14s Fr4nc0, 28 de marzo de 2005

Creative Commons License

This work is licensed under a Creative Commons License.

domingo, 22 de octubre de 2006

Despertar

El material reproducido a continuación procede mayoritariamente de los diarios y de la autobiografía de John J. Landys, escrita ésta entre 2027 y 2029 mientras cumplía prisión en el campo de refugiados de Knoxville. Como es bien sabido, unos meses después de finalizarla se suicidaría en su celda tragándose la lengua.

También se incluyen diversos artículos de prensa relacionados con el Advenimiento y fechados a lo largo de diversos años. El autor da las gracias al general J. F. McArthur por facilitarnos el accesso a la biblioteca del Bloque Sur del cuerpo de marines, y a todos los que han colaborado para que los hechos acaecidos el 26 de abril de 2026 vean la luz pública, por primera vez sin ningún tipo de censura.



* * *





New York Times, 13 de septiembre de 2000.

Los monstruos de la Guerra han empezado a surgir. Predichos desde hace años por científicos norteamericanos, no ha sido hasta las últimas semanas que el Gobierno ha reconocido la existencia de estos niños mutantes.

El ejército está rastreando los restos de las ruinosas ciudades asoladas, donde se ocultan los últimos supervivientes de la Guerra que no fueron evacuados en su momento y que, por suerte o por desgracia, consiguieron subsistir a los sistemáticos bio-ataques.

No hay día en el que las patrullas del CFDA no encuentren alguna familia, o aún peor, algún niño huérfano que ha conseguido sobrevivir mediante el salvajismo. Al lamentable estado de degradación moral en el que se encuentran estos supervivientes, hay que añadirle las frecuentes taras físicas y psicológicas que presentan; en mayor medida, los niños mutantes que nacieron después de la Guerra.

El Gobierno, además de reconocer la existencia de estos seres -a los que desgraciadamente ya no se puede considerar humanos-, ha declarado su intención de hacer todo lo posible por curar las heridas psicológicas de los afectados con tratamientos de última generación. A este respecto, la clínica liderada por [...]




Audio-diario de J. J. Landys. 12 de abril de 2026.

Hoy David no ha querido hablar de sus "sueños". Cada vez le incomoda más hablarme de ellos. Debería de estar más que acostumbrado. Al fin y al cabo nos conocemos desde hace más de veinte años.

En realidad me da igual saber qué hizo en sus "sueños", porque como es lógico, los conozco sobradamente. Pero sus reacciones en ellos han cambiado, y quiero averiguar la razón. También me preocupa el hecho de que se está volviendo más y más violento. En el último mes ha destruido tres droides, y el CFDA nos está presionando para que cancelemos el programa y firmemos la autorización que les otorgaría plenos poderes.

Lisa y yo nos hemos vuelto a negar, pero Mike cada vez está más preocupado y esta vez se ha abstenido en la votación. Esto también me asusta. Su pesimismo puede contagiarse a los accionistas y podemos perder el control sobre David.

(Pausa)

Confío en que la sesión de pasado mañana sea más fructífera que la de hoy. David se ha limitado a hablarme de sus preocupaciones de consultor, de su vida en Chicago y de sus fracasos amorosos. En realidad su vida "real" dejó de importarnos hace mucho tiempo. Exactamente desde que confirmamos que el programa de condicionamiento funcionaba perfectamente.




"De cómo maté a mi propia especie y otras atrocidades" (J. J. Landys). Capítulo 1, página 16.

Cuando aquellos militares trajeron a David por primera vez a mi consulta, éste no era más que un niño asustado de cuatro años. Delgado, moreno y bajito, ya tenía esa mirada que hoy en día todo el mundo conoce. Y estaba muy asustado. Aunque ni la cuarta parte de lo que lo estábamos nosotros.

Me habían reinsertado en el ejército después de cuatro años como civil, solamente para que viese a David y les diese una opinión profesional.

Seguramente yo era el más indicado. Me había doctorado en psicología, pero la preGuerra y la Guerra me habían hecho derivar hacia el estudio de las mutaciones provocadas por el agente K72, y me había convertido en un experto.

Pero después de la Guerra había pedido la excedencia indefinida, extenuado de ver pasar la muerte a diario por mi consulta.

Y ahora volvía a estar ahí de nuevo, en las metálicas instalaciones militares en las que durante tanto tiempo había trabajado, con aquel niño asustado pero aparentemente sano sentado en el diván, mirándome fijamente con aquellos ojos grandes y castaños.




Diario de J. J. Landys. 14 de abril de 2026.

Hoy he conseguido sonsacar a David lo que planea hacer. Y me temo que supone el fin de todo el programa.

De alguna forma ha conseguido alcanzar algo que él llama "sueño lúcido". Según él, consiste en conseguir la conciencia de estar dentro de un sueño, y aprovechar esa conciencia para exprimir la experiencia del "sueño" al máximo.

Me asombra y me aterra la cosmogonía que ha llegado a crear a partir de sus experiencias. Si el sueño profundo no existe entre los seres humanos más que de forma inducida por drogas, ¿de dónde ha podido sacar David la idea para su "sueño lúcido"? No me lo explico.

Pero lo que puede derivarse de esto es que David va a empezar a ser cada vez más consciente de lo que hace en sus "sueños", y potencialmente más destructivo. Sabe que en ellos es indestructible, y el miedo a morir o a quedar en una situación humillante va a desaparecer si consigue llevar a cabo su "sueño lúcido". Y si es así, el CFDA puede ir preparando droides y voluntarios, porque creo que David tiene una gran frustación acumulada.




"De cómo maté a mi propia especie y otras atrocidades" (J. J. Landys). Capítulo 3, página 34.

Todos éramos militares, y por tanto el riesgo es algo inherente a nuestra profesión. Pero cuando David transformó a la doctora Sparrow en aquel charco marrón, mi fe en que podía ayudar a aquel chico y a la humanidad se tambaleó.

David fue recluído en una celda de máxima seguridad, de la que escapó doblando los barrotes de su ventana, y volando desde ella hasta más allá de los muros de la prisión.

Fui yo quien lo capturó, y no fue con la violencia. Fue con una bolsa de chucherías cargada de anestesiante.

Efectivamente, la anestesia fue quizá la que nos dio por primera vez la idea de controlar a David mediante el sueño. Sólo tenía cuatro años, y apenas albergaría ningún recuerdo de la realidad. Los programas de Realidad Virtual estaban enormemente avanzados por aquel entonces (la preGuerra había hecho avanzar a la humanidad a un nuevo escalón tecnológico9, y en unos meses estuvo listo el primer prototipo que controlaría a David dieciséis horas al día.

El primer día que conectamos a David al sistema de RV y le conectamos el programa de condicionamiento, muchos pensaron que no funcionaría. Llevaban razón. Pero durante veintidós años todos nos engañamos pensando que lo habíamos conseguido.

El orgullo volvía a ser un pecado capital. Y como muchos habían predicho, lo que acabaría con la raza humana. Acertaron de nuevo.




Diario de J. J. Landys. 16 de abril de 2026.

Si alguna vez encuentran este diario, mi vida habría llegado a su fin. Pero es un riesgo que debo correr. No puedo permitir que ningún dato del experimento David pueda perderse por una neglicencia, aunque en ello vaya mi carrera.

Anoche David intentó llevar a cabo su "sueño lúcido". Ha ideado una serie de técnicas como contarse los dedos de la mano, mirarse en un espejo o intentar transformar a los droides en sapos.

Creemos que a las 03:15 consiguió su objetivo, de manera que lo sumimos en su sueño condicionado una vez más. Después le volvimos a dejar despertarse, pero no vimos ningún síntoma de que reconociese estar en su "sueño".

Me preocupa tanto que estoy planteándome detener el programa. No he querido comentarle nada a mis colegas de momento. Pero si la violencia de sus "sueños" sigue aumentando, es posible que algún día no sólo destruya droides, sino que mate a alguno de esos estúpidos psicólogos que se empeñan en ponerse a su alcance.

Como Lisa. No parece ser consciente del peligro que entraña estar cerca de David cuando está realmente despierto, sin ningún tipo de sedación o de programa RV reminiscente.




"De cómo maté a mi propia especie y otras atrocidades" (J. J. Landys). Capítulo 7, página 104.

Creo que lo amaba. Que lo amó desde el principio, desde que le conoció. Se ofreció inmediatamente para ser su madre en el programa de condicionamiento. Nos pareció una buena idea en su momento, y yo me ofrecí para ser el padre de David.

Normalmente dos horas al día eran suficientes para programar la actividad de David durante una semana, aunque en ocasiones, cuando Lisa y yo estábamos solos con el programa, nos introducíamos en las sondas y hacíamos el amor en la RV de David.

Al día siguiente los técnicos suponían que era algo que el cerebro BFG había escrito espontáneamente. Y sólo Lisa y yo sabíamos que no era así.

En la vida real nunca lo hicimos. Los dos éramos profesionales, y hubiese supuesto un conflicto de intereses para el laboratorio y el programa del CFDA.

Pero a medida que David crecía, se fue interesando más en él, justo en la misma proporción en la que nuestra relación virtual se desvanecía. Cuando David cumplió veinte años, ella aún tenía treinta y nueve. Yo ya había pasado los cincuenta.

Fue en esta época cuando empezó a viajar a todas las fases de realidad de David. A veces tenía suerte y podía presenciar alguno de sus poderes. Aunque normalmente no era así, y era entonces cuando volvía al laboratorio de un humor de perros.

Creo que lo quería como la auténtica madre que nunca pudo ser, y que quería que David fuese algo grande, algo de lo que se hablase durante siglos.

Lo irónico del asunto es que fui yo quien permitió que esto fuese posible. Al fin y al cabo fui yo quién mató a su propia especie. Yo provoqué el Advenimiento de David.




Diario de J. J. Landys. 18 de abril de 2026.

Ya no le preocupan aquellas "pesadillas" en las que alguien le persigue. Mejor. Todavía de vez en cuando emplemos nuestros escuadrones negros cuando prevemos que va a cometer algún tipo de destrucción masiva. En esas ocasiones intentábamos acorralarlo hasta algún barranco y lo hacíamos caer por él. La presión hacía que se olvidase de sus poderes, aunque naturalmente era indestructible. Jamás se hizo el menor rasguño al caer por los barrancos o las azoteas. Y era una forma de condicionamiento natural para evitar sus ataques de destrucción.

Lisa siempre me ha censurado estas "pesadillas". Pero yo creo que son necesarias. El tiempo dirá si me he equivocado.

De cualquier modo lo que ahora le preocupa es otra cosa. Ha descubierto que cuando toma conciencia de sus "sueños", siempre termina "despertándose" repentinamente, y no es capaz de disfrutar de ellos.

No quiero creer que esté empezando a sospechar algo. Han pasado más de veinte años. El programa funciona. El programa es perfecto.




"De cómo maté a mi propia especie y otras atrocidades" (J. J. Landys). Capítulo 5, página 76.

La mayoría de las veces, naturalmente, no le dejábamos libre. Le despertábamos de su RV pero le metíamos tanta JST en sus venas que apenas podía hacer algo más que babear. Luego en su sueño condicionado de RV no recordaba haber "soñado" nada. Naturalmente.

Y cuando le dejábamos libre (para estudiarle y para desperezarle un poco el cuerpo) nos cuidábamos después de borrarle todos los recuerdos que hubiese podido generar durante esos minutos. De forma que la siguiente vez que le soltásemos tuviese que empezar desde el principio.

Era necesario. No éramos monstruos. Pero si alguna vez llegaba a ser consciente de su poder... Peor aún, si alguna vez llegase a darse cuenta de que lo que él llamaba "sueños" era su auténtica realidad, su auténtico "yo"... Entonces, que Dios nos cogiese confesados.




Diario de J. J. Landys. 20 de abril de 2026.

Maldita sea. David ha destruido en pocos minutos la mitad de los decorados de la zona Este. Nos va a costar una décima parte del presupuesto anual arreglarlos, y vamos a tener que darnos prisa.

Soy de la opinión de que esta noche no deberíamos dejar libre a David.

Pero Lisa se ha negado... y Mike la ha apoyado. Creo que Mike quiere que ocurra algo para justificar el cancelamiento del proyecto. Espero que no sea una decisión que, a la larga, resulte catastrófica para todos.




"De cómo maté a mi propia especie y otras atrocidades" (J. J. Landys). Capítulo 11, página 161.

El día de su cumpleaños fue cuando ocurrió lo de la chica en su programa de RV. Me lo dijo en la última sesión que tuvimos.

Él la invitó a salir, y la muy estúpida se negó. Creo que era una de nuestras psiquiatras de planta. Apenas llevaba un par de meses en el programa de RV, y nunca tuvimos claro si fue una decisión personal suya o una decisión tomada por el cerebro BFG. El caso es que David aquél día estaba muy cabreado, y no tuvo ningún problema en contármelo.

Durante unas horas pensé que David se estaba abriendo nuevamente, pero aquella noche pasó lo de Lisa, y todo se fue definitivamente a la mierda.



Entrevista con Elizabeth Campbell, 13 de septiembre de 2030. Bunker de New Hampshire.

I: Se ha hablado mucho de lo que pasó la noche del 26 de abril de 2026, pero usted estuvo allí y fue la protagonista... ejem... de lo que realmente ocurrió.
E: Sí, es cierto. Lo ha dicho de forma muy directa, pero es absolutamente cierto.
I: Lo siento si la he ofendido pero...
E: No me ha ofendido. Le contestaré. Aquél día David se sentía angustiado por el rechazo de la chica en su programa de RV, y reconozco que John quería cancelar su liberación aquella noche. Pero yo me negué y Mike me apoyó. Los motivos de Mike no me importan, pero los míos estaban claros.
I: ¿Cuáles eran sus motivos, Mrs. Campbell?
E: A diferencia de Mike, yo no quería acabar con los poderes de David, ni con David.
I: ¿Insinúa que Mike quería...?
E: Yo no hago insinuaciones. Lo afirmo. Mike siempre fue más militar que científico o doctor, y David le asustó desde un principio. Si por él fuese, hubiese acabado con David cuando sólo tenía cuatro años.
I: A la vista de lo que ocurrió después, quizás hubiese sido lo más sensato.
E: Quién sabe...
I: Estaba hablándonos de sus motivos para prorrogar las liberaciones de David, a pesar de que éste estaba dando síntomas claros de estar volviéndose cada vez más agresivo.
E: Le quería. Quería a ese muchacho. Veintidós años siendo su madre en la RV marcan una diferencia. Sé que nadie más lo comprenderá, pero... yo quería a David. No quería verlo encerrado en aquél sarcófago, con los cables saliéndole por la cabeza, durante veinticuatro horas al día el resto de su vida.
I: De acuerdo, señorita Campbell. De modo que se aprobó gracias a usted la libertad de David para aquella noche. ¿Qué sucedió entonces?
E: Habíamos pensado liberarle en la réplica de su casa RV, para que tuviese un contexto familiar y agradable. Pero... algo ocurrió...
I: ¿Qué fue lo que pasó, Mrs Campbell?
E: De repente me sentí extraña. Mi vestido había cambiado y ya no estábamos en el decorado de la casa.
I: Él lo transformó todo.
E: Así es. No era la primera vez que sucedía, y yo misma había estado a punto de morir en un par de ocasiones, pero esta vez había algo salvaje en la mirada de David.
I: Continúe, por favor...
E: Me miré al espejo y vi que mi peinado había cambiado también. Me parecía a la madre de uno de sus amigos... pero al mismo tiempo no dejaba de ser yo misma.
I: Se ha hablado de un síndrome de Edipo...
E: No es un síndrome, es un complejo. Aunque estemos en un bunker militar, sigo siendo doctora.
I: ¿Y en su opinión qué...?
E: Creo que ya intuye lo que pasó. Empezó a manosearme, y a quitarme la ropa... Pero lo peor de todo es que utilizó sus poderes para que yo desease que él lo hiciese.
I: Entonces, ¿no la violó?
E: Claro que lo hizo. En "Un mundo feliz" la gente no era feliz aunque pensase que lo era. Y yo no quería que me hiciese el amor aunque pensase que sí quería. Él hizo que creyese éso.
I: Y entonces fue cuando usted gritó...
E: Sí. Durante un segundo cesó su poder telepático, y lancé aquél grito...
I: "Déjame, David, esto no es un sueño".
E: Leyéndolo de esa forma hace que parezca algo banal. Pero sí, eso fue lo que grité. Se contó los seis dedos de la mano. Y lo creyó. Al momento.
I: ¿Usted piensa que ya lo sospechaba?
E: No lo sé. John me había sugerido algo, pero yo no sabía qué creer.
I: ¿Podría decirnos qué ocurrió a continuación?
E: Antes de que los escuadrones negros pudiesen actuar, él los vio, o tal vez los intuyó.
I: Los mató.
E: No exactamente. Los volatilizó. Con un solo gesto de su mano. Como quien aparta una mosca que le molesta. Y acto seguido... se volvió loco.
I: ¿Cree que...?
E: Oiga, lo siento mucho, pero estoy terriblemente cansada. Si me disculpa, me gustaría descansar un rato.
I: Naturalmente, Mrs Campbell. Muchas gracias por su tiempo.




"De cómo maté a mi propia especie y otras atrocidades" (J. J. Landys). Capítulo 13, página 266.

Fue una noche de destrucción violenta y desenfrenada. Pero todo el mundo sabe ahora que David volvió a nuestras manos aquella noche. La violencia lo había extenuado.

El general J. F. McArthur me llamó esa misma noche, y dijo que hablaría con el presidente para que el programa fuese suspendido inmediatamente. Cuando me lo dijo, iba escoltado por dos hombres armados.

Ahora sé que debería haber borrado los recuerdos de David, como las noches anteriores, y haberlo conectado a la RV y a su monótona vida de consultor en Boston, con sus amigos virtuales y su familia, hasta que llegase la orden del presidente y David fuese sentenciado a morir.

Pero no pude hacerlo. Cuando el general se fue, dejó a los dos hombres escoltando el sarcófago de David. Pero eran dos soldados, no dos científicos. Cuando inicié el proceso del despertar de David, ninguno de los dos sospechó lo más mínimo.

Estaba despertando a David en las propias instalaciones militares donde lo estudiábamos. Al despertar vio los cables que, aunque no funcionaban, seguían sujetos a sus sienes. Recordó en un segundo lo que Lisa le había dicho la noche anterior. Y al ver a su padre vestido con la bata de un doctor, enfureció. Creo que no lo comprendió en ese momento. Pero se contó los dedos, vio que eran seis (¿por qué en la Realidad Virtual le habíamos puesto sólo cinco?) y me miró de nuevo.

Esta vez sus ojos centelleaban con el fuego de la ira. Eran los mismos ojos del niño de cuatro años. Pero ahora habían perdido la inocencia. Eran los ojos de alguien que se siente traicionado por su propio padre, por su propia raza.

Vaporizó a los dos guardias armados que le estaban apuntando con sus rifles, y pasó por encima de mí en un vuelo perfecto. Aún no sé por qué no me mató. Creo que su rabia ciega fue lo que me permitió salir con vida del laboratorio aquel día.

El resto (su ira demoníaca, la destrucción de la Tierra, nuestro éxodo a los búnkers ocultos bajo el suelo... en suma, el Advenimiento) es Historia.

Mis compañeros de celda me preguntan a menudo si me arrepiento.

Claro que me arrepiento. Pero no de la destrucción del ser humano. Al fin y al cabo él es mucho más listo y más inteligente que nosotros; es, en suma, el siguiente escalón evolutivo.

De lo que me arrepiento es de que lo esterilizásemos cuando era un niño. De esa forma no sólo nos condenamos a nosotros mismos. También condenamos a una gloriosa y naciente raza de superhombres como él, que quizá hubiesen llevado la creación del ser humano a sus límites ulteriores. Aunque a veces me pregunto si entre sus poderes no estará el de la inmortalidad. No creo que ninguno de nosotros viva lo suficiente como para descubrirlo.

Sólo estoy seguro de una cosa. De que él nos encontrará, por muy profundamente que cavemos. Y de que cuando nos encuentre nos destruirá. Matará a su madre y a su padre, y tendrá el honor de ser el último hombre vivo sobre el planeta Tierra.

Aunque claro, él no es un hombre. Nunca ha sido menos que un Dios. De modo que su esterilidad tal vez era inevitable. El mundo no es lo suficientemente grande como para contener más de un Dios inmortal a la vez.

Que el diablo nos proteja de su ira.

sábado, 8 de julio de 2006

La sensación de ser Dios

Treinta y cinco grados a la sombra y yo estoy escondido detrás del sofá de la terraza. Mi índice acaricia el gatillo de la escopeta. La fascinación que el arma ejerce sobre mí se transforma en el poder que yo ejerzo sobre los demás.

Sólo es necesario un ligero movimiento de mi dedo. Un espasmo involuntario sería suficiente para que uno de aquellos transeúntes inconscientes que pasan por debajo de mí...

Me estoy excitando cada vez más. Pero debo controlarme. Debo buscar un blanco adecuado, que compense todas las horas que llevo aquí agachado. Sobre todo, no debo precipitarme. Soy una roca. Soy una roca. Soy una roca...

Pasan las horas. Cuando pienso que mi mano está a punto de entumecerse, diviso por fin el objetivo que andaba buscando. Una pareja de adolescentes va a pasar justo por debajo de mí. Si Sigmund Freud levantase la cabeza, tendría mucho que decir acerca de mi decisión.

Están a pocos metros. Ella le acaricia el culo y él le muerde la oreja ligeramente. Parece que se quieren de verdad.

Mejor aún.

Mi mano es más rápida que mi cerebro, y actúa de forma absolutamente instintiva. Aprieto el gatillo una y otra vez, y el agua de mi escopeta se precipita sobre ellos cual tormenta de verano. Me quedo el tiempo justo para ver cómo el muchacho mira a su alrededor desconcertado y levanta la cabeza.

No me ha visto. Lanzo una carcajada silenciosa y vuelvo a la cocina para llenar el arma nuevamente de agua, mientras imagino cómo será mi próxima víctima.